El charco Hondo

Quienes se ponen purpurina (yo no)

Elaborada con aluminio y tereftalato de polietileno, fue a un maquinista de New Jersey, Henry Ruschman, al que se le ocurrió pulverizar plástico para generar enormes cantidades de glitter, lo que carnavaleramente se conoce como purpurina (tal es el daño que hace a los ecosistemas marinos que, bromas aparte, bien podrían acelerar medidas para que ...read more →

Elaborada con aluminio y tereftalato de polietileno, fue a un maquinista de New Jersey, Henry Ruschman, al que se le ocurrió pulverizar plástico para generar enormes cantidades de glitter, lo que carnavaleramente se conoce como purpurina (tal es el daño que hace a los ecosistemas marinos que, bromas aparte, bien podrían acelerar medidas para que deje de fabricarse). Sea como fuere, y esperando que se haga algo para reducir su consumo, la realidad es que la purpurina sigue siendo el elemento que, más que ningún otro, ayuda a identificar al buen carnavalero. No se discute que la maraca ha sido, es y será protagonista, un símbolo, ese complemento que distingue al carnavalero con pedigrí, ese (o esa) que milagrosa e inexplicablemente es capaz de no perder nunca la marca, conservándola así caigan tantas horas como rones. A los profesionales se les localiza fácil, son los que prefieren una maraca pequeña porque así pueden sostener en una sola mano maraca y cigarro (en la otra mano el vaso, claro). Tampoco se pone en duda que pelucas, bolso cruzado o riñonera para llevar lo imprescindible, tenis viejos o base para la pintura son también elementos identificadores de los auténticos. Ahora bien, es la purpurina lo que, por encima de cualquier otro complemento o recurso, identifica a los carnavaleros top: dícese de aquel (o aquella) que habiendo terminado los carnavales hace un montón, meses después de piñata en el transcurso de una entrevista de trabajo, boda, almuerzo familiar o reunión genera un destello que, asomando desde algún punto de su cara, del cuarto trastero de la oreja o de la nuca, desconcierta a quienes, receptores de tan inesperado brillo, ignoran que está provocado por una purpurina que ha hibernado en la cara, oreja o nuca del buen carnavalero, y que, después de meses apagada, ha decidido encenderse para que los presentes en la entrevista de trabajo, boda, almuerzo familiar o reunión sepan que tienen delante a un carnavalero con pedigrí, auténtico, pata negra, de los de verdad (el maquinista de New Jersey es uno de los padres del carnaval; bien podrían citarlo en una gala). Son cosas que volverá a pasarles a quienes salgan en carnavales; a mí no, porque este año tampoco salgo. A un amigo se le encendió una purpurina en octubre, eso dice (lo dice él, yo no, porque yo siempre me voy al sur).