conversaciones en los limoneros

“Yo sólo quiero que a mis hijos les digan que fui una buena persona”

Hace 30 años que se compró el jeep Mitsubishi -yo tuve uno igual- que todavía conduce y que le salió barato, “porque lo saqué para agricultura”.

Yo mismo redacté aquella leyenda, que aún figura sobre el cabecero: “Aquí, en esta cama, para desgracia de la Humanidad, fue concebido el periodista Andrés Chaves”. Cuando se quemó su casa de La Montañeta, los amigos le llevaron muebles, otros le regalaron la madera para reconstruir la vivienda. Yo le doné la cama que fue de mis padres, una pieza de caoba, con dosel, que mi padre, recién casado, le compró a una vieja en Tacoronte y luego restauró. De ahí la leyenda, que yo mismo redacté. Me olvidaba: estoy hablando en Los Limoneros con mi amigo Lorenzo Dorta García (Buenavista, 1939), 18 años alcalde de Garachico, casi 20 presidente del Consorcio de la Isla Baja (Buenavista, Los Silos, Garachico y El Tanque), exviceconsejero de Presidencia, exdirector general en la Consejería de Educación, entrenador de fútbol, maestro por oposición. Y 33 años consejero del Cabildo de Tenerife. Joder, casi no termino. Ah, es directivo de la Federación Tinerfeña de Fútbol.

“Tú no sabes lo que la gente se ha reído con lo de la cama. Todo el mundo tiene que ver con la historia, sólo a ti se te ocurre poner eso en el cabecero”. Hoy ha superado un cáncer jodido -los médicos lo dan por curado-, es feliz con su mujer, Bienve Paniagua, y sus cuatro hijos -uno de ellos, el mayor, periodista-. “¿Recuerdas que tú y yo, Lorenzo, y algunas personas más, estuvimos a punto de morir en un avión?”. “No me lo nombres, coño, que los paquetes volaban, las azafatas lloraban y nosotros nos agarrábamos a lo que fuera”. Fue durante un viaje de promoción turística que Lorenzo presidía. En la ruta aérea entre Belfast (Irlanda del Norte) y Edimburgo, nos cogió una tormenta que estuvo a punto de tirar el avión al mar. Era un Vickers Viscount, cuatrimotor, de hélice, que finalmente aguantó el embate de la tormenta. “Antes”, me recuerda, “habíamos estado en Bradford, Inglaterra, donde jugamos un partido de chicos contra chicas y Alfonso García-Ramos hizo de portero de nuestro equipo con zapatos y calcetines, jersey y gorra”. “Sí, es verdad, se parecía al mítico Ricardo Zamora, pero en mago”.

“Tú no sabes estarte quieto”. “No, ahora le dedico mi tiempo al Consorcio de la Isla Baja, donde he sido reelegido una y otra vez por todos los alcaldes de la comarca, sin cobrar sueldo, ni dietas, ni gasolina. Las cosas se hacen bien o no se hacen”. “Sigues consiguiendo cosas para tu isla Baja”. “Pues el Consorcio (Cabildo y ayuntamientos, al 50%) ha logrado, entre otras muchas cosas, el campo de golf y el hotel para Buenavista; la variante de Los Silos, que evitó que el centro del pueblo fuera una carretera general; el nuevo puerto de Garachico y el eco-museo de San José de Los Llanos” (El Tanque). Tan solo por eso vale la pena haber trabajado tanto todos”.

Hace 30 años que se compró el jeep Mitsubishi -yo tuve uno igual- que todavía conduce y que le salió barato, “porque lo saqué para agricultura”. Me recuerda una anécdota: “Una vez me llamó don Antonio González para que le construyéramos una planta, encima del edificio de su facultad, para que él montara su centro de investigación. Nadie le hacía caso. Se lo conseguimos en unos cuatro meses, gracias al Cabildo, que no tenía nada que ver con aquello. Don Antonio estaba muy agradecido; valió la pena”. No fue lo único.
“Pero he aquí que Manolo Alcaide, presidente del TSJC, se entera de aquello, o a lo mejor fue casualidad, y me pide un edificio nuevo para el Instituto de Medicina Legal. Y también se lo fabricamos. “Pues te convertiste en un conseguidor, Lorenzo”. “No, cuando uno le echa horas y tiene vocación de servir a la Isla, todo sale”.

“Tú debes ser el político más condecorado del mundo”, le digo. “Nada de eso vale nada. Tengo muchas condecoraciones españolas y venezolanas, que agradezco, pero nada es comparable con el trabajo honrado de un político. De acuerdo, te digo que agradezco esas medallas, civiles y militares, pero no dejan de ser meros recuerdos. Yo lo que quiero es que a mis hijos les digan que he sido buena persona y no un hijo de puta. Y creo que lo he conseguido”. Le recuerdo aquel pedo que cogimos en Estocolmo, durante una fiesta. Y cuando me encontré al inolvidable Opelio (Rodríguez Peña), a la sazón delegado de Información y Turismo, gateando por el pasillo del hotel sueco, buscando su habitación. ¡La había perdido!

Cómo se trabajaba en esas promociones, pedo excepcional aparte. “Tú no te puedes quejar de la vida, Lorenzo: te llevaste a casa a la mujer más guapa de Fuerteventura”. “Sí, que me ha hecho muy feliz y me ha dado cuatro hijos estupendos. Bienve era la hija de mi jefe, cuando yo fui destinado como alférez de Milicias a aquella Isla. Casi no me sacan de allí. Todavía tenemos allí un apartamento, que hemos heredado. Te invito cuando quieras”. “Gracias”.

Las viejas de Garachico lo llaman don Lorencito y ya dije que tiene otro récord: 33 años de ejercicio como consejero del Cabildo de Tenerife, el político que más tiempo ha ocupado ese cargo desde la fundación de los cabildos insulares, que me parece que fue en 1912, o así. Y otro: “Sí, con 28 años me convertí en el alcalde más joven de España”. “Ya maestro”. “Sí, había estado ejerciendo en Torrecilla del Pinar”, en Segovia. Pusieron mi nombre a una plaza del pueblo, porque fundé el equipo de fútbol que le dio jugadores hasta al Real Madrid. De vez en cuando voy y me agasajan en el bar de la plaza. No me olvidan”. “Como dice Sabina, era un pueblo con mar…”. “No, en Segovia no hay mar. Había calles llenas de barro y una pobreza extrema. No existía ni siquiera una pensión. Logré que el alcalde me admitiera en su casa. Pagaba 900 euros al mes por todo: cama, comida, lavado de ropa. Yo ganaba 1.200. Mi padre me mandaba unas perras también. Era el año 60”.

“El alcalde de Torrecilla era un crack, entonces”, le digo, “hacía de todo”. “Bueno, fui a ver al gobernador civil, don Andrés Marín, que lo había sido de Santa Cruz de Tenerife. Y le llevé un regalo de las monjas de clausura de Garachico, café de Cuba, que había que tostar. El gobernador era un hombre muy piadoso y las monjas lo estimaban mucho. Estaban a punto de cargarse al alcalde de Torrecilla, pero me dijo: “Vete a verlo en mi nombre y que te busque casa”. ¡Y me admitió en la suya! Y además logré que no lo destituyeran, que continuara en el cargo. Hoy, su hijo, que vive en Bilbao, es gran amigo mío. Lo he ido a ver y me enseñó los monumentos del País Vasco”. Y se echa a reír. “¿De qué te ríes, don Lorencito?” “Es que hay cosas que no se pueden contar”.

El Instituto de Garachico lleva su nombre. “¿Y por qué no una calle?”, le pregunto. “No sé, se ve que no quedan calles”. Cada día (menos los lunes y martes, que anda por Santa Cruz) se reúne con los amigos en la plaza del kiosco, que algunos -pocos- llaman de la Libertad: los médicos Andrés Soler y José Ángel; el maestro y cronista y poeta y amigo Carlos Acosta; el amigo entrañable de Venezuela, hombre de la radio que fue, Quico Gutiérrez; gente muy querida. Jubiletas. “Bueno, allí hay de todo; hasta Andrés Soler pasa consulta bajo los árboles, con un cortado delante, a todos los que le vienen a hablar de sus dolencias; y José Ángel se cabrea porque un pivote no le deja entrar en su garaje; y Carlos Acosta protesta de sus divertículos. Así es la vida. Yo me curé de un cáncer gracias a los mejores médicos (cita a su pariente, el doctor Javier Dorta y al doctor Ríos) y a unas pastillas que cuestan una millonada y que sólo te las prescriben en los grandes hospitales.

Lorenzo come despacio y habla sin parar. Alejandro, camarero de Los Limoneros, se esfuerza porque no nos falte de nada. Lorenzo Dorta mantiene varias tertulias: una con funcionarias, semanal; otra, también semanal, con un grupo, Los Marañuelos, en el que figura el gran Tinito Ramos, uno de los componentes de la mítica orquesta Nick and Randy, en la que también destacaba, y mucho, mi amigo Nicasio Ramos. Tinito Ramos es el autor de la canción Santa Cruz en Carnaval. Y, como Nicasio, un grandísimo músico. Y una tercera tertulia, una vez al mes, en la que figuran cónsules, eclesiásticos, militares de alto rango, etcétera. Se llama Los Harry Potter. No está mal.

“Tienes casi 80 años, el Collar de Simón Bolívar, la Orden del Libertador, la de Alfonso X el Sabio, cruces civiles y militares, la Orden de Cisneros. Coño, Lorenzo, sí que te han recompensado”. “Vale, pero mi mejor título es el que ya te dije: que me reconozcan que he sido buena persona y un hombre honrado. Eso compensa todas las cruces que guardo en una gaveta de mi mesa de noche”. “¿Qué es lo más estrafalario que has hecho?”. “A lo mejor viajar a Venezuela, con Manuel Hermoso, a hacer campaña entre los canarios a favor de Rafael Caldera. Y pensar que Fraga le suspendió una conferencia a Caldera en Madrid porque se creía que era de izquierdas”.
“¿Y tu muy conocida amistad con Adolfo Suárez?”. “Cuando reuní a 10.000 personas en Garachico, más del doble de su población de entonces, que le aclamaron, me eché a llorar de la emoción. Estábamos en la terraza de entrada al Ayuntamiento y Suárez no empezaba el discurso. Le pregunté, bajito. “¿Qué pasa, presidente?”. Y me dijo: “Es que se me ha perdido un ministro”. Y era verdad. Otero Novas se había quedado entre el público hasta que se dio cuenta y subió”.

“Suárez fue generoso con Garachico, ¿no?”. “Le debemos mucho. Yo estaba en la UCD hasta el final y ya digo que aquel día me eché a llorar de la emoción al ver tanta gente reunida en mi pueblo. Entonces Suárez me dijo: “Lorenzo, pide, porque niño que no llora no mama”. Y se volcó con Garachico, nos ayudó en la avenida marítima y en un montón de cosas más”.

Yo soy amigo de Lorenzo desde tiempo inmemorial. Ha sido este hombre una de las personas públicas con las que mayor sintonía he tenido. De vez en cuando nos vemos en El Trasmallo, a comer pescado y burgados en vinagre. Número 1 en todo: en el magisterio, en el fútbol, en la política pero, sobre todo, en la amistad. Dos veces he sido mantenedor de las fiestas de Garachico, a Garachico doné mi colección de postales antiguas y mi cama con dosel, como queda dicho, a la casa de La Montañeta, que Lorenzo ha alquilado, “porque con las pensiones de Bienve y mías andamos muy justos”. Lorenzo guarda, como un tesoro, el reloj con leontina de oro de su bisabuelo, que ha ido pasando, de padres a hijos, a todos los Lorenzos de la familia. Su hijo mayor, Loren, periodista de La Opinión, será el tenedor hasta que su hijo, que también se llama Lorenzo, lo reciba.

Tengo que terminar porque la semana pasada me pasé de texto y se comieron cinco líneas. Se queda mucho en el tintero, pero esto es un periódico. Una anécdota final: una vez visitamos el Chinyero mi sobrino Sergio y yo, en el jeep de Lorenzo, y este ponía el intermitente, cada vez que cambiábamos de vereda. ¿A quién temía, a la Guardia Civil de Tráfico?

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