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Abducidos

David Vincent los ha visto. Seres extraños de un planeta que se extingue. Destino la Tierra. Propósito adueñarse de ella”. Así empezaba la serie televisiva de Los Invasores que, con 43 capítulos, se pasó en España en los años 67 y 68. La serie recogía la paranoia social del momento, en el género de la ciencia ficción. Metáfora de la guerra fría de la época, temerosa de ser invadida desde dentro por el comunismo. Se conoce por abducción el fenómeno de apoderarse de alguien sometido a una poderosa atracción, que rapta su voluntad o razón. Parecida es la seducción de quien cautiva el ánimo de otros, persuadido con argucias o halagos. Vivimos en España abducidos/seducidos en la guerra fría de la política, en el rally electoral de abril y mayo. Resulta estimulante la figura de la abducción aplicada a la política, donde los egos se enardecen singularmente en tiempos electorales. Pedro Sánchez abduce y es abducido por su propio ego. Que se apodera de su propia razón conduciéndolo al ejercicio sin límite de la política. No ha sido capaz de trasmitirnos otra utilidad a sus fines que la ocupación del poder. Ni mayor asombro de sus competidores ante el salto de todas las barreras. Aprovecha el poder para abducir la razón de los colectivos dependientes, que pierden su voluntad seducidos en sus halagos; pensionistas, parados, funcionarios y féminas. No importa la economía, cuando ella debe plegarse a su razón social, a la justicia para los nuestros.

José Borrell es un humano raptado por los alienígenas, como en la serie de Los Invasores. Abducido por su propio ego, cuando todos hemos sido incapaces de reconocer su valía. Arrastra la caída del árbol del poder, luego de ganar las primarias del PSOE, por lo que aquí se reconoce con Sánchez. Vuelve hacia atrás en busca del tiempo perdido, cuando el río ya ha pasado, con el espejo que ya no lo refleja. Abducido por los tiempos, quien ha sido el primer europeísta y el más jacobino del PSOE, cuesta entender sus razones.

Carles Puigdemont y su valido Quim Torra, anclados en la república imposible. Han sido capaces de abducir a parte del pueblo catalán, hasta paralizar la acción política. El rapto de la razón viene a estar construido sobre la ensoñación de las guerras carlistas que cíclicamente atacan Cataluña, cuando la “república no existe”. En este caso impulsada por las crisis de los Gobiernos nacionales, que con sus dejaciones competenciales, escuela, idioma, financiación, han desconfigurado la nación abducidos por los nacionalismos.

Iñigo Urkullu en el PNV, ha vivido estos días la desaparición física de Arzallus, siempre atento a “recoger las nueces del árbol que otros movían”. Ya Sabino Arana fue abducido en la ensoñación carlista del PNV, que esconde en la historia la imposibilidad de construir naciones unitarias sin ley, mercados sin competencia. Fenómeno que se renueva en las actuales globalizaciones, donde desde Europa se plantean los retos solo asumibles desde su escala. No se puede ser europeo sin ser español y leal.

Pablo Iglesias, de Podemos, en su “multiculturalismo plurinacional” es abducido por su realidad, que antepone votos a ley. Se autosecuestra aplicando igualdades de género, mezclando lo público con lo privado, al igual que con la compra de su casa. Y la amazona Irene Montero, preparada para la alternativa peronista. Al tiempo Errejón y Pedro Sánchez se han comido sus galletas, mientras él defiende ideales bolivarianos, que soportan una ideología carente de respuesta a los tiempos. Encontrarnos en el múltiple fenómeno de las políticas debe ser antídoto para no perder la razón. No vernos seducidos con argucias y halagos que nos alejan de una realidad posible para todos. Sin el peligro de los invasores.
David Vincent los ha visto.

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