el charco hondo

Beso y medio

En algún momento el Gobierno deberá coger el toro por los cuernos. Más pronto que tarde, la presión social forzará un acuerdo parlamentario que defina sin ambigüedades un marco de comportamiento, unas pautas, un protocolo sin cabos sueltos, una directriz que los años reconviertan en uso y costumbre. Las instituciones no deben mirar hacia otro lado. Los colegios profesionales hacen un flaco favor a sus colegiados desentendiéndose, quitándole hierro al hierro. Tampoco los clubes pueden sentirse ajenos. Qué decir de las comunidades de vecinos, fundaciones, confederaciones empresariales, franquicias, asociaciones sin ánimo de lucro, colectivos ecologistas, pymes, grandes superficies o asociaciones de amigos de la bicicleta. Algo hay que hacer, y ya, pronto, de forma inmediata. Hemos acumulado años suficientes, demasiados, y en ningún momento se ha dado el paso de poner fin al vacío legal, social, emocional y facial que día a día dos millones de canarios padecemos en propias carnes, y mejillas. Es hora de que se decida si en las Islas los saludos debemos gestionarlos con uno o dos besos. Dígase. Legíslese. Háganse los desarrollos normativos correspondientes. Actúese. Póngase punto final a la diaria incomodidad de ignorar si toca uno o dos besos cuando se saluda a alguien. Entre otras razones, y por encima de cualquier otra urgencia, porque el beso y medio, entendiéndose por medio beso esos dos o tres segundos en los que quedamos con la cara en aire de nadie, nos debilita y desprestigia a ojos (y mejillas) de terceros. ¿Qué puede esperarse de una sociedad que no tiene claro cómo se saluda?, ¿cómo puede un país decirse avanzado si no sabe abordar algo tan primario, tan básico? Los canarios cruzamos los siglos dándonos solo uno, pero pasó lo que pasó, entre tú y yo, y ojo, encantados de dejarnos llevar por costumbres de otros espacios geopolíticos, claro que sí, vale, pero son ya muchos años en beso de nadie, naufragando en una transición entre el beso único y los dos besos, haciendo gárgaras en esta interinidad que no acaba, sumergidos en el espacio que separa el beso único canario del beso doble peninsular, condenados a dejar la cara puesta mientras la otra parte contratante ya está a otra cosa, improvisando, haciendo como que no hemos hecho el ridículo -no por repetido, menor-. Señorías, decidamos, y lo que aquí se acuerde, que sea de obligado cumplimiento, ¿damos un beso o damos dos? Promuévanse firmas dentro y fuera de las redes. Acabemos con el limbo del beso y medio.

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