Pedro Sánchez ha dado cumplidas muestras de que es un aventurero de la política, que defiende sus intereses y busca conseguir sus objetivos sin reparar en ningún principio y a costa de lo que sea. Un aventurero sin valores, que ha encontrado en el sectarismo de la extrema izquierda una herramienta idónea, un instrumento útil que, por cierto, disfraza de socialdemocracia cuando adopta el disfraz de moderado y de razonable. Una socialdemocracia a cuyos representantes ha perseguido con saña dentro del partido.
Pero lo que ha perpetrado, revelando en su libro de propaganda electoral sus supuestas conversaciones y complicidades con el Rey, de cuya veracidad no tenemos ninguna prueba, es intolerable y vulnera los principios y las exigencias de la buena crianza no solo en la vida pública, sino también en la privada. Porque si son mentira, malo, y si son verdad, peor. Se trata de unas conversaciones y relaciones que se han producido en la esfera privada y que la decencia y el más elemental decoro impiden revelar. Sobre todo en este caso, en que el Rey no puede decir nada y tiene que callar, asistiendo en silencio a esta ofensa y esta deslealtad públicas, que, además, lo presentan como un trasgresor de su obligada neutralidad política, y un partidario de un dirigente político y de un partido en detrimento de los demás.
Promocionarse y hacerse propaganda de esta manera es una forma intolerable, miserable y mentirosa de hacerlo. Una forma que Pedro Sánchez y su Gobierno practican a menudo, como ocurrió con las mentiras de la vicepresidenta sobre la supuesta opinión del secretario de Estado vaticano relativa a la exhumación de los restos del general Franco. Y lo más negativo fue que Carmen Calvo no aprovechó la lección de diplomacia, prudencia y saber estar que le dieron en el Vaticano; y que le ha dado la Conferencia Episcopal española. Para esta gente no hay límites y todo vale.
Después están las críticas y descalificaciones a sus compañeros de partido -Susana Díaz incluida-, que luego, en los mítines, fingen una inexistente unidad con él; la propia -e insólita- publicación del libro en un período electoral y desde el poder y la presidencia del Gobierno, lo que ningún presidente anterior había hecho; su entrevista mitinera en la 1 de Televisión Española, que ha convertido en una sucursal de La Sexta; y tantas y tantas otras vulneraciones de los usos y costumbres que conforman una democracia y un juego político limpio y creíble.
Pensó que podía engañar a los independentistas catalanes y agotar la Legislatura. Pero han resultado ser más astutos que él, y entre ellos y el relator le han obligado a convocar unas elecciones que nunca quiso y por las cuales puede perder el poder. Sabe que esa es una posibilidad muy real, y, para evitarlo, no ha dudado en instrumentalizar al rey y conculcar la deontología más elemental que debe respetar todo gobernante que se reclame democrático.
El presidente del Gobierno no tiene principios ni vergüenza; y cada vez produce más vergüenza ajena. España y los españoles no merecen que siga gobernando.
