otras coordenadas

Ruralizar el campo

Con los cambios ligados a la globalización en Europa aparecen los del mundo rural, difíciles de entender desagregados de lo urbano. Los chalecos amarillos de Francia, las recientes manifestaciones de las asociaciones agrarias en Madrid, los resultados de las elecciones andaluzas, reflejan las dificultades del campo, amenazado desde múltiples frentes. La globalización ha venido para acelerar procesos en marcha, que nos conducen hacia sociedades hiperurbanizadas, con tendencia a concentrarse cada vez más en ciudades mayores. La Unión Europea, si la analizamos desde sus presupuestos, dedica más del 50% a pagar la Política Agraria Común (la PAC), tiene claro, por tanto, que lo rural es estratégico. No existe soberanía sin que esta sea alimentaria y sin el campo en producción no se mantiene el paisaje ni el medioambiente. Ni pueden gestionarse los ciclos del agua, ni el mix de la energía. Turismo, cultura, identidades, se suman en una ecuación que pide equilibrio. El paso de una sociedad agraria a otra de servicios y hoy de conocimiento, acelera el fenómeno. Se hace una lectura urbanita ajena a las realidades rurales, analizando sus procesos ajenos a su naturaleza. Hoy lo agrario en Europa no es posible sin usos complementarios, no solo en términos de producción, sino por competencia diferencial de rentas y servicios. Para entrar a competir, además del soporte de las transferencias públicas, es obligado ampliar las cadenas de valor de todos los procesos productivos agrarios, diferenciación y calidad. Complementando además con turismo, restauración, comercio, deporte, cultura y ciencia. Todo vale, obligados a adaptarse al lugar. Desde lo público, mejorar la sanidad y escuela. Generar una nueva estructura rural más funcional. Ligada a la globalización, con conexión a internet, transporte e infraestructuras, que permitan el retorno al mundo rural abandonado, incluso al urbanita que puede ya deslocalizarse. La alimentación es un factor de bienestar, de salud y de cultura, como el turismo lo es de la experiencia, que el campo también nos ofrece. Pasar de una cultura de prohibiciones a otra de oportunidades, la caza, la pesca, la tauromaquia (hoy Patrimonio Cultural desde 2013), permiten integrarse en las cadenas de valor referidas. Dos ejemplos, la dehesa mediterránea española es hoy un modelo de desarrollo agrario a nivel europeo. Suma a sus elementos productivos, corcho, aceituna, cerdo, toros, la cadena de sus productos y la amplitud de los servicios agregados trasladados a lo urbano, caso de las plazas de toros, con acceso libre y voluntario. Como el monte en sus múltiples expresiones, donde las cadenas de uso evitan que se queme y permiten su aprovechamiento inteligente y sostenible, asociado a la ciudad. Canarias también pide un campo ruralizado y más activo. No acabamos de resolver su relación con el turismo, integración o conflicto. Aquí aparece el déficit de su soporte urbanístico-territorial, ahogado por la singular inflación normativa canaria y una sociedad descreída del emprendedor. Al que atiende a la defensiva, y le permite legalizar lo existente, sin pensar en poner las bases de soporte de su desarrollo futuro. Cuando cuenta con los mecanismos europeos, soportados en los fondos Feder y Feader, desarrollos rurales y agrarios, con ayudas singulares para las Canarias RUP. La mejora de las bajas tasas de autoabastecimiento y el producto en kilómetro cero, impulsan el campo. Que en Canarias debiera reconvertir su gran fuerza nostálgica sobre el mundo agrario, mostrando la cara positiva de tantos que precisan ruralizar el campo, con iniciativa y conocimiento.

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