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Venezuela, a negro

El jueves, Venezuela se fue a negro. Caracas y 11 estados se quedaron sin luz durante muchas horas

El jueves, Venezuela se fue a negro. Caracas y 11 estados se quedaron sin luz durante muchas horas. A los peligros habituales de un Estado fallido se unieron los derivados de la falta de energía, que paralizaron el metro de Caracas, cortaron las telecomunicaciones en ciudades y pueblos enteros, provocaron que la gente se quedara atrapada en los ascensores, originaron el caos en los servicios de transporte público y todo eso. Venezuela es un país que se ha acostumbrado a sufrir, pero no hasta el punto de tener la gente que recorrer kilómetros a pie para llegar a casa, en un día para olvidar. Como es habitual, el régimen anacrónico, disparatado y caótico de Maduro achacó el problema a un sabotaje, cuando todo el mundo sabe que no lo fue. Sencillamente, los gobernantes ya no pueden con el país y sólo un Ejército cuyas gorras grandes están ligadas al narcotráfico y los sicarios a sueldo del régimen apoyan al dictador, además de los comisarios enviados por Cuba, infiltrados en el poder como las termitas de Tacoronte, que se meten en los muros más resistentes. Venezuela es, sencillamente, la crónica cotidiana de un caos y esta situación durará lo que dure la resistencia del pueblo: 800.000 niños pasan hambre cada día, los hospitales hace seis meses que no atienden a nadie porque no disponen de medicinas, los pacientes de diálisis se mueren a docenas, los enfermos con tratamientos de cáncer no reciben su quimio y también adelantan su triste final. Y el mundo civilizado dice que no puede hacer nada; y las naciones de la vieja y organizada Europa apuntan que no pueden injerirse en los asuntos de otro país y prefieren que los niños y los enfermos sigan muriendo. Es decir, que nadie tiene poder para deponer a ese animal, al que sólo le falta rebuznar para rematar su faena.

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