cultura

Los gritos del artista coraje

César Manrique pintaba mucho, pero no solo con su paleta de colores. Su mensaje reivindicativo en defensa del patrimonio natural, que caló hondo en la sociedad lanzaroteña, se convirtió en un gemido desgarrador, expresado en dos manifiestos públicos, ante la explosión turística y el afán constructor de los años 80
Una de las imágenes más icónicas de César Manrique, altavoz en mano, liderando una protesta contra la construcción de un complejo hotelero en Los Pocillos (Lanzarote) en los años 80. F.C.M.
Una de las imágenes más icónicas de César Manrique, altavoz en mano, liderando una protesta contra la construcción de un complejo hotelero en Los Pocillos (Lanzarote) en los años 80. F.C.M.
Una de las imágenes más icónicas de César Manrique, altavoz en mano, liderando una protesta contra la construcción de un complejo hotelero en Los Pocillos (Lanzarote) en los años 80. F.C.M.

Él mismo se definía públicamente como un hombre libre y feliz, y “no hay destino más hermoso que ese”, solía apostillar. Con la misma libertad que usaba la paleta de colores, trazaba el contorno de una escultura o dibujaba la planta de una arquitectura, César Manrique expresaba sus ideas sin buscar complacer a nadie. Solo rendía cuentas a su consciencia y a su compromiso irrenunciable de crear belleza en armonía con la naturaleza. Tampoco le hacía falta pegar la oreja a la tierra como los indios americanos para detectar si venía el enemigo o se acercaba una manada de búfalos. Él formaba parte del suelo que pisaba, del aire que respiraba, de las olas que bañaron su infancia y del volcán que cinceló su alma rebelde.

Sus cinco sentidos estaban conectados a la naturaleza, a la que abrazaba cada mañana al despuntar el sol paseando descalzo sobre la grava de picón junto a su perro Corcho. Por eso sufría, como si fuera en carne propia, los zarpazos de las excavadoras, tractores y hormigoneras sobre la piel de su isla. Mientras el paisaje gritaba, él sangraba. Entonces, ese torbellino de creatividad en permanente efervescencia se transformaba en cuestión de segundos en un ciclón desatado para denunciar los dislates urbanísticos que surgían al socaire del boom del turismo en los años 70 y 80 y que iban en dirección contraria a la idea que siempre defendió con uñas y dientes desde que en 1968 cambió para siempre Nueva York por Lanzarote: apostar por un desarrollo turístico responsable y convertir Lanzarote en “la mejor isla del mundo”.

Líder de protestas

La galopante especulación que trajo la época dorada del turismo, una vez superada la crisis económica que comenzó en 1973 a raíz del boicot de los países árabes al suministro de petróleo, encendió todas las luces de alarma en Manrique, que lideró actos de protesta contra la barra libre de licencias para edificar complejos turísticos en Lanzarote en la década de los 80. Además de sus frecuentes denuncias públicas en los medios de comunicación, el artista reflejó su angustia en dos gritos desgarrados en forma de manifiestos en el plazo de un año: Momento de parar (1985) y Lanzarote se está muriendo (1986).

En el primero de ellos, Manrique reflexiona sobre su idea de buscar lo imposible a través de la estética y que supuso el leitmotiv de sus creaciones. “Por profecía del destino, en la isla de Lanzarote se logró el milagro de la utopía”, afirma, pero de inmediato advierte sobre lo que él describe como la “destrucción de la armonía, del medio y de la identidad”.

“Lo que realmente no se puede creer es que, después de haberse conseguido en la isla de Lanzarote el milagro de la unidad armónica, y de ese nuevo concepto Naturaleza-Arte, no se haya comprendido en absoluto y sin la más mínima visión de futuro, lo que podría haber sido su brillante porvenir. De haberlo entendido, podríamos haber dado un ejemplo a nivel mundial con orgullo y una riqueza permanente, y no se daría el suicidio que estamos provocando, por un torpe egoísmo sin límites”.

“Lo verdaderamente dramático es que después de los esfuerzos y trabajos realizados con un desbordante entusiasmo de amor y entendimiento de la enorme belleza escondida y sin catalogar de nuestra vulcanología, para elevarla al más alto nivel, surjan ahora una serie de personajes con el solo propósito de explotar ese prestigio conseguido por nuestro pueblo, sin importarles en absoluto la ruina de la isla, exterminando, en el más mínimo tiempo, el legado de centenares de milenios de evolución vulcanológica y geológica”.

En el manifiesto, el César más activista se pregunta quiénes son los responsables de lo que denomina “esa barbaridad que se nos echa encima”, y aclara que “cualquier gobierno tiene la obligación de cuidar el espacio que nos sirve para el desarrollo de nuestras vidas, de la educación y cultura, de nuestras riquezas y, sobre todo, de la permanencia de esa riqueza”.

Momento de parar

No obstante deja una puerta abierta a la esperanza al afirmar que “todo se puede corregir”, aunque apostilla que “depende del entusiasmo, de tener una verdad en las manos y una valiente y honrada decisión”, para concluir indicando que “el caso no puede ser más evidente, descarado y elemental para darse cuenta que ha llegado el momento de PARAR”.

En su defensa inexcusable del cuidado de la belleza natural, de la arquitectura integrada en el paisaje y de la creación de nuevos espacios sin alterar el medio ambiente, César dio un paso más allá en abril de 1986 con un segundo manifiesto aún más crítico y dramático que comenzaba con una pregunta que recordaba la advertencia de un padre a un hijo sin la madurez suficiente para detectar los peligros que acechan en la vida: “¿Sabes, Lanzarote, lo que puede significar tu muerte? Si te mueres, será ya para siempre, siendo imposible recuperar tu vida”.

“Nosotros, los nacidos en tu tierra, los que sabemos de tu magia, de tu sabiduría, de tu importante vulcanología, de tu revolucionaria estética; los que hemos luchado por salvarte de tu sometido olvido histórico y de la pobreza que siempre tuviste, hoy empezamos a temblar de miedo al observar cómo te destruyen y masifican, nos damos cuenta de la impotencia de nuestras denuncias y gritos de socorro, ante la avaricia histérica de los especuladores y la falta de decisión de las autoridades que permiten y a veces estimulan la destrucción irreversible de una isla que podría ser una de las de mayor prestigio y belleza de este planeta”.

El Manrique de mediados de los 80 ya hablaba a tumba abierta, como si no tuviera nada que perder, consciente de que su mensaje había calado en las conciencias y en el corazón de los conejeros, que lo entronizaron como un líder social capaz de enfrentarse a autoridades y promotores a los que les estampaba en sus caras sus denuncias y su compromiso con los valores culturales y paisajísticos. Ese discurso reivindicativo frente a poderosos enemigos lo proyectó como un artista coraje a escala nacional. César pintaba mucho.

“La insensibilidad reinante, unida a la falta absoluta de entusiasmo están aniquilando el amor que había en un principio. Lo único válido para ellos es el éxito de vender en masas y ganar millones, sin tener en cuenta todo lo realizado en los comienzos. Indigna que esta torpe facilidad de ventas al por mayor se base en todos los grandes atractivos que hemos creado en Lanzarote, ya que, de no existir éstos, no venderían ni una perra chica. Esto es verdaderamente desmoralizador, es tirarse piedras sobre su propio tejado”.

El artista ya manejaba las coordenadas de un progreso responsable que, años más tarde, se denominaría desarrollo sostenible, demostrando que sus ideas siempre fueron por delante del tiempo que le tocó vivir. “Lanzarote es una isla pequeña, con una lógica cabida y un tamaño que permite un número determinado de habitantes. Si realmente queremos tener una isla con el espacio vital para su desarrollo armónico, una inteligente planificación tendría que parar urgentemente la irracionalidad de su caótico crecimiento, que se apoya en unas normas que por muy legales que parezcan resultarían, en cualquier país culto y civilizado, auténticamente delictivas”.

Destrucción irreversible

“Lo que no podemos comprender, teniendo la experiencia que supusieron los grandes fracasos urbanísticos en toda la costa del Mediterráneo, es que las autoridades sigan tolerando toda esta destrucción irreversible del futuro”.

“La postura inteligente de los lanzaroteños, colaborando conjuntamente con el gobierno, sería rechazar y denunciar a los que, aprovechándose del prestigio y renombre internacional que alcanzó la isla, pretendan ahora hacernos caer en la triste y repetitiva vulgaridad que impera en la mayoría de los lugares turísticos del resto del mundo. Hemos conseguido cumplir la Utopía, vivir en un espacio vulcanológico de la Atlántida único en el planeta. No permitamos que el afán de lucro y las malas intenciones de los especuladores hagan de nuestro entorno un infierno estándar y masificado, que destroce nuestro brillante futuro”.

Manrique no se cansó de reprochar a las autoridades su incapacidad para abrir los ojos a una oportunidad que la historia puso en sus manos y que significaba marcar los tiempos del desarrollo desde cero, aplicando el sentido común, con una estricta apuesta por la planificación, el buen gusto en las construcciones y con una visión de rentabilidad a largo plazo. Pero las prisas por subirse al caballo desbocado del turismo, sin importar demasiado que fuera pan para hoy y hambre para mañana, dinamitaron la idea de César de crear una industria turística inteligente y largoplacista. Aunque, como buen soñador, nunca perdió la esperanza de parar el reloj y recuperar el tiempo perdido.

“He repetido hasta la saciedad el cuidado que había que tener, viendo llegar con la mayor rapidez el egoísmo de algunos cretinos que no han sabido ver nunca las enormes posibilidades de una isla que podría haber sido y puede ser la más rentable y original del mundo. La solución está en manos del propio Gobierno Autónomo, y ahí queda su gran responsabilidad, para que luego no se rasguen las vestiduras cuando ya sea demasiado tarde. Tenemos la esperanza de que con el esfuerzo de las autoridades y de los canarios de buena voluntad, podamos salvar la superviviencia de una isla única como Lanzarote, y del resto de las Islas Canarias”.

“Con esta fecha que hoy anoto, quiero hacer constar mi denuncia ante el caos urbanístico y las barbaries arquitectónicas que se están cometiendo; quiero dejar clara mi actitud y mi conducta con respecto a lo realizado por los lanzaroteños y todo lo creado por mí en la isla, sin que se pueda pensar en una posible indolencia”.

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