tribuna

Primarias y dedazos, por Arturo Trujillo

Resulta que ese invento de los procesos de primarias que se celebran en casi todos los partidos políticos, y que creímos sería una buena solución para seleccionar los candidatos a las diferentes elecciones, se ha convertido en un cuento chino, cuyo argumento se puede modificar en función de los intereses de los líderes políticos de turno. Y así lo corroboran las recientes actuaciones de los propios partidos políticos, que han permitido que esa sensación haya trascendido, no solo entre su dirigencia, sino también y, sobre todo, entre sus militantes de a pie. Y es que hoy los procesos de primarias sirven para casi nada. Al final se ignora a los militantes, a quienes se les asignan dos encomiendas muy diáfanas: pagar las cuotas y asistir como claque a los mítines de sus líderes con la obligación incondicional, claro está, de vitorearles y aplaudirles, mientras son los dirigentes quienes imponen sus preferencias electorales mediante dedazos. Por eso no se entiende muy bien ese cabreo que algunos se han cogido con la confección de las listas. Casi todos sabemos, porque no es la primera vez que ocurre, que esto funciona así. Que, en el PSOE, PP, Cs, etcétera, Sánchez, Casado, Rivera… son quienes colocan en primera línea a sus más fieles conmilitones. Y hacen bien. Porque en política se puede confiar, pero en muy pocos.

Sin embargo, dicho todo lo anterior, entre la ciudadanía en general hay quienes se preguntan si realmente Sánchez es el mejor candidato posible de entre los socialistas. Yo no lo sé, pero a juzgar por sus hechos o, mejor dicho, por lo que no ha hecho, parece que no. Pero también es cierto que nadie en el PSOE ha dado un paso al frente para exigir la convocatoria de un proceso de primarias, como el que celebraron en mayo de 2017, que pudiese dar una idea de hasta dónde llega la aceptación interna del candidato. Pero no ha sido así, y en todos los partidos, no solo en el PSOE, se han decantado por utilizar como procedimiento selectivo el de proteger al líder mediante la designación directa. Y aunque hay dedazos que no se discuten, entre los socialistas, por poner un ejemplo, también hay barones y dirigentes históricos que no están muy de acuerdo con que Sánchez lidere la lista electoral que tiene como única e importantísima misión, la de llevar de nuevo a los socialistas hasta la Moncloa. Y hasta algunos comentan, off the record, claro, que a pesar de los falibles sondeos con los que el CIS les intenta convencer de que Sánchez es el mejor, deja de ser así en cuanto se analiza desde el punto de vista de las expectativas postelectorales. Porque, desde el momento en que el líder de Cs, Albert Rivera, anunció que “bajo ninguna circunstancia” va a pactar “con el PSOE de Sánchez”, lógicamente ha quedado bastante claro que este acudirá a esa cita electoral bajo una manifiesta inferioridad. Porque para cualquier candidato no es lo mismo tener la posibilidad de elegir con quien pactar, si hacia la izquierda o hacia el centro, que verse obligado a hacerlo exclusivamente en una dirección, y que además esta sea la de una extrema izquierda que no tendrá otro remedio que cargar en su mochila con los independentistas, para poder sumar.

Pero, a esta prueba de limitación de sus expectativas postelectorales, el propio candidato se ha encargado de reafirmarla, al hacer pública su intención de no cerrar la puerta a un pacto postelectoral con independentistas y podemitas. Y, claro, ese innecesario posicionamiento no ha gustado a muchos de sus conmilitones, que comienzan a señalar a su líder como el infortunio de su formación política y, en su consecuencia, como una fábrica de hacer votos para el centro y la derecha.
No obstante, serán los votantes quienes nos saquen de dudas.

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