por qué no me callo

El agorero ocaso de Cuba

En Cuba la política ha mutado en un caso extremo de supervivencia. Estamos viendo a Venezuela disfrazada de protectorado del Tío Sam en un continente ultra. Y la siguiente es Europa, un plató electoral empezando por España, a la vuelta de la esquina. Al mundo no hay quien lo reconozca, las prioridades de ayer son hoy una mera anécdota.

Ya nadie se acuerda de Puigdemont, recién amnistiado. Estamos a 50 días de unas elecciones y a 50 años de una erupción, si el volcán no se adelanta como ocurrió con las urnas. Es la gran aceleración, que lo devora todo como los huracanes de Miami.

En Cuba nadie se olvida de Fidel, ni partidarios ni detractores. Trump no puede invadir la isla, ese fue el compromiso histórico para poner fin a la crisis de los misiles en 1962. Se lo tiene callado, pero es así.

Y ahora nos debe sacudir la denuncia del Gobierno canario sobre las trabas a la ayuda humanitaria por parte del “norte revuelto y brutal”, como llamaba a EE.UU. el paisano José Martí. Más de la mitad de la población cubana tiene orígenes canarios, como aquel poeta libertador, hijo de Leonor Pérez, santacrucera de la calle Puerta Canseco. El busto a la madre de Martí, del Parque García Sanabria, es obra de Fernando Garciarramos.

Tener a Fidel presente en este bloqueo desalmado es inevitable. En la crisis de los misiles, el Comandante entró por la Embajada soviética hecho un basilisco y puso el grito en el cielo: si los yanquis no cedían, que Kruschev amenazara con apretar el botón. Eran los días más críticos del duelo entre las dos potencias, estaba en juego la inviolabilidad de la isla. La URSS sembró Cuba de misiles nucleares frente a Florida ante el amago de una nueva invasión de EE.UU. tras el fracaso, un año antes, de Bahía de Cochinos (Playa Girón). Y el conflicto acabó bien. No habría más invasiones de Cuba jamás. Palabra de Kennedy. Firmado y sellado. Alguien le habrá pasado ya ese papelito a Trump.

Pero estos días, en la senectud de Raúl Castro y la debilidad de Miguel Díaz-Canel, el que se sienta en el Despacho Oval y su ‘Sancho Panza’ Marco Rubio someten a Cuba a un embargo asfixiante, a oscuras y a riesgo de inanición. Putin no es Kruschev, y acuerda tratos petroleros con el de la Casa Blanca, pero deja tirada a Cuba. Como le pasa en el puerto de La Habana a los contenedores con alimentos y medicinas que envía el Gobierno canario, según protesta el viceconsejero de Acción Exterior, José Luis Perestelo. Cuba, la de Fidel, puso aquella vez el grito en el cielo, y después Vázquez Montalbán escribió ‘Y Dios entra en La Habana’ sobre la visita de Juan Pablo II.

En España estamos a la espera de un resultado electoral -bajo la anomalía de que no puedan votar todos los españoles- que nos sitúe en el cielo o en el infierno. Una casta obscenamente adinerada de tecnócratas estadounidenses aboga a pecho descubierto por tumbar las instituciones heredadas de la Ilustración del XVIII, el siglo de las luces, y del final de la Segunda Guerra Mundial, jubilar a la democracia y convertir a los países en empresas dirigidas por CEOs. Les gusta hacer experimentos en plataformas flotantes o islas (ojo con una Cuba augural). La generación de Peter Thiel, Elon Musk y la basca de Silicon Valley nos ha puesto el foco.

En España, algunos hacen la tarea, llevados del insulto, como Ayuso y Feijóo, que no dudan en llamar “hijo de puta” al presidente del Gobierno. En el desfile de la Fiesta Nacional, Sánchez fue recibido con esa consigna por un grupo de conmilitones de la causa. Nadie se pregunta qué piensa la madre del susodicho, doña Magdalena Pérez-Castejón. Bien es verdad que Feijóo ha advertido a los españoles de algunos “sacrificios”.

¿Está la gente común que se dispone a votar al tanto de lo que se cuece en esos ‘palacios’ que rigen los destinos del mundo con ayuda de la inteligencia artificial? Es ovio que no. Cuba es la metáfora perfecta. Pero no se trata solo de una isla condenada por haber hecho una revolución, sino de Europa entera si se le ocurre no seguirle la corriente en las urnas a América, el patio trasero.

Y lo que se cuece en esas factorías de superricos mesiánicos no son lucubraciones narrativas de una distopía como la de Orwell en ‘1984’. Son profecías filosóficas de autores como Nick Land, con ‘La Ilustración oscura’ y otras obras tremebundas como ‘La república tecnológica’, de Alex Karp, CEO de Palantir (la empresa de software civil y militar y de IA, de la que es socio el más delirante de todos, Peter Thiel), en coautoría con Nicholas W. Zamiska. A esta burbuja de lunáticos les ha salido al paso un filósofo español, Carlos Fernández Liria, con otro libro, ‘Contra la Ilustración oscura’.

No pretendo que para ir a votar haya que documentarse hasta ese punto. Pero, dada la envergadura del ciclón que se nos viene encima (que dirían en Ceuta, adonde hoy llegan los reyes), que se sepa que no es Cuba ‘la linda’ un hecho aislado. Que somos todos, toda América y Europa, los que estamos en capilla.

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