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Alexander von Humboldt y su viaje a Canarias

En este 2019 se celebra el 220 aniversario de la estancia en el Archipiélago del célebre barón prusiano, que nació hace 250 años y fuera decano de la geografía botánica y la vulcanología
Retrato de Alexander von Humboldt realizado en 1843 por Joseph Karl Stieler. DA

Por Nicolás González Lemus

En 2019 se celebra el 220 aniversario de la estancia del barón Alexander von Humboldt (1769-1859) en Canarias. Por su parte, en Berlín se están celebrando los 250 años del nacimiento del prusiano que fuera decano de la geografía botánica y la vulcanología científica. Fue seguramente el naturalista más importante que visitó Canarias. Su holgada situación financiera, tras heredar una fortuna en 1796, le permitió satisfacer su curiosidad intelectual y su pasión por los viajes. Precisamente, dos años después pudo emprender su viaje de exploración a América con el botánico francés Aimé Bonpland. Regresó a Europa en 1804, aunque aún tardaría unos veinte años en redactar los datos recogidos en su expedición americana y en sus otros viajes.

Los intereses científicos de Humboldt no se limitaron a una sola materia, sino que se dirigió fundamentalmente a los campos de la geología, la geografía física, la oceanografía, la meteorología, la botánica y también la antropología -aspecto que se suele omitir-, pues él se preocupó como ilustrado por el hombre y su relación con la naturaleza, siendo de esa manera el padre de la ecología, aunque nunca utilizó el término porque no se conocía entonces.

Pero por encima de todo, su objetivo era ampliar el dominio de la naturaleza. Estudió las corrientes del Pacífico; introdujo el empleo de las isobaras e isotermas en la confección de los mapas climáticos; realizó el estudio de la geografía de la tierra; fue el primero en estudiar la caída de la temperatura media con el aumento de la altitud; descubrió que el campo magnético terrestre decrece desde los polos al ecuador; investigó los volcanes, demostrando que su aparición dependía de la formación de las fallas en el terreno, y muchas otras aportaciones. Al iniciar Humboldt su labor, la geografía no era tenida todavía como una ciencia, tal como hoy la entendemos. La geografía se convirtió en una ciencia autónoma solo cuando Humboldt completa su viaje por América. Desde muy temprana edad, Humboldt mostró un gran interés en la historia natural, tanto que en su casa le apodaron “el pequeño boticario”. Flores, mariposas, escarabajos, conchas y piedras eran sus juguetes, y se dedicaba a deambular solo por los bosques y dunas de Tegel en su búsqueda, ordenando y clasificando las colecciones en la habitación que compartía con su hermano, Wilhem. La vida del joven Humboldt estuvo marcada por dos hechos históricos que destinarían las coordenadas de su vida: la Europa napoleónica y la amistad con Goethe, veinte años mayor. Sus mentores, profesores y amistades personales y sus estrechas vinculaciones con los círculos intelectuales de entonces despertaron en Humboldt las ansias de realizar largos viajes.

Uno de los ramos más distinguidos de los estudios en Prusia era la ciencia de la mineralogía, por la aplicación a la industralización del país. Alexander von Humboldt pudo inscribirse en el Instituto Superior de la Academia de Minas de Freiberg, que, junto con la Universidad de Gotinga, fue el que más lo estimuló en sus años de estudio. Aquí Humboldt participó en el círculo internacional alrededor de su profesor Abraham Gottlob Werner, hombre de ciencia que ejerció un influjo enorme en el mundo espiritual en toda Europa, y sobre Humboldt en particular. A él pertenecían también quienes serían sus amigos más cercanos, el profesor Johann Friedrich Freiesleben y Leopold von Buch.

Hacia fines del siglo XVIII, la Academia era el centro europeo más importante para la ciencia de la minería. Marcha como superintendente de Minas de Franconia a los ducados de Ansbach y Bayreuth, que por entonces pertenecían a Prusia, y dos años después llegó a ser primer consejero de Minas, categoría máxima después del ministro del ramo. Un buen trabajo. Humboldt sufría al tener que lidiar entre la profesión en la minería y su vocación de viajero investigador de la naturaleza.

El Teide fue el primer volcán activo que visitó Humboldt. DA

Pero, tras el fallecimiento de su madre en 1796, parte de la herencia que recibió era cuantiosa para aquel entonces y se retira de la administración de minas prusiana, a la cual había servido cinco años. Desde que había comenzado a pensar en el mundo de las exploraciones y con los medios suficientes para su independencia económica, Humboldt se impuso a su existencia una tarea: emprender un viaje de investigación de gran estilo y de significado universal. Nunca bahía ocultado que su única ambición era convertirse en explorador, sentimiento no muy prusiano, ya que el pueblo alemán no era tan viajero y aventurero como lo habían sido el inglés o francés. Precisamente, Humboldt inaugura un nuevo espíritu en el pueblo germano, el de viajero, que se desarrollará en el siglo XIX, y que se consolidará en las últimas décadas del siglo con el liderazgo económico e industrial de Alemania.

En abril de 1798 Alexander von Humboldt decidió abandonar su país para encontrarse con su hermano, Wilhelm, en París. En aquellos momentos se estaba planeando en la capital francesa un viaje alrededor del mundo. Debía de estar dirigido por Louis-Antoine de Bougainville. Humboldt fue invitado a tomar parte. Sentía una gran admiración por el gran explorador francés y la idea de viajar con él le fascinaba. Pero Bougainville tenía 70 años y como el viaje duraría unos cinco, el veterano almirante fue sustituido por Thomas Nicolas Baudin. Sin embargo, la expedición de Baudin fracasó como consecuencia de los efectos de las guerras napoleónicas.

Humboldt vio frustrado sus deseos de viajar a las Indias Occidentales. Pero en París conoció a Aimé Goujaud Bonpland, un médico y botánico francés cuatro años más joven que él. Comienza una amistad leal entre los dos naturalistas, al tiempo en que en la capital francesa conoció al cónsul de Suecia, quien le invita a ir a Argelia desde Marsella. Los deseos de viajar de Humboldt eran tan grandes que, sin pensarlo dos veces, le propone a Bonpland que le acompañara en el viaje que pretendía hacer con el cónsul de Suecia. Humboldt soñaba con recorrer la cordillera del Atlas marroquí. Bonpland aceptó y se dirigieron a Marsella para tomar el barco allí. Pero el buque sueco nunca regresó para recogerlos y el viaje a África se vería frustrado. Pudo haber hecho un viaje a Túnez después de varios meses, pero llegaron las noticias de la persecución que los musulmanes sometían a los europeos provenientes de los puertos franceses y desistió de la idea. Una vez más, sus viajes a tierras exóticas se vieron frustrados. Ninguno de los dos deseaba volver a París. Querían permanecer cerca del mar, pues las posibilidades de embarcar eran mayores. Deciden ir a España.

Visita a Tenerife

Desde Marsella, Humboldt y Bonpland se trasladaron a Barcelona y a continuación a Valencia, pero en lugar de continuar hacia el sur (Cádiz), se dirigen a Madrid, que alcanzaron en febrero de 1799. No podían estar allí en mejor momento. Llegan a Madrid en una época en la que la monarquía empieza a presentar síntomas evidentes de apertura de América a las exploraciones científicas lideradas por extranjeros, además existía una cierta relación entre naturalistas españoles y alemanes heredera de los buenos contactos en años anteriores.
En la capital del reino, Humboldt conoce al barón Forell, estrechamente relacionado con el grupo de naturalistas del Real Gabinete de Historia Natural, quien le presentó al secretario de Estado, Mariano Luis de Urquijo. Este logró una audiencia de Humboldt con el rey. El naturalista alemán presentó una memoria de su proyecto a la América española y obtuvo dos pasaportes, para él y para Bonpland, uno del primer secretario de Estado, y otro del Consejo de Indias. “Nunca había sido concedido a un viajero un permiso tan alto; nunca un extranjero había sido honrado con tal muestra de confianza por parte del Gobierno español”, comentó Humboldt.

Dejaron Madrid a mediados del mes de mayo para viajar a La Coruña, donde debían de embarcarse para Cuba. El puerto estaba bloqueado por un bajel y dos fragatas ingleses. Estos barcos estaban destinados a interrumpir la comunicación entre la metrópolis y las colonias de América. El primer secretario de Estado les había recomendado al brigadier Rafael Clavijo y Socas, sobrino de José Clavijo y Fajardo, que desde hacía poco era el encargado de la dirección general de los correos marítimos y de los barcos postales a las colonias. Rafael Clavijo trató exquisitamente a Humboldt y Bonpland durante la permanencia en el puerto, y les aconsejó que embarcaran en la corbeta Pizarro, destinada al correo de La Habana y México.

Tuvieron que esperar diez días más para el embarque. Humboldt le pidió que al alcanzar las Canarias el barco se detuviera en Tenerife algunos días para visitar el Puerto de Orotava y ascender a la cima del pico del Teyde, la única razón por la que deseaba visitar las Islas. Por fin el 5 de junio de 1799 partieron rumbo a América. 13 días tardó la Pizarro desde la Coruña a las Islas Canarias. Llega a la pequeña isla deshabitada de La Graciosa, creyendo que era Lanzarote. La Pizarro continúa rumbo entre las islas y Humboldt y Bonpland llegan a Santa Cruz de Tenerife el 19 de junio. El gobernador general de las Canarias, Andrés de Perlasca, dio orden al capitán de la corbeta de hacer llevar a tierra los pliegos de la Corte para los gobernadores de las colonias, el dinero embarcado y la correspondencia particular.

Después de una larga espera, el gobernador les dio permiso para bajar a tierra. Gracias a las recomendaciones de la Corte de Madrid, los dos viajeros son recibidos de la manera más amable, como en el resto de las posesiones coloniales españolas. José Perlasca les concede permiso para recorrer la isla y los naturalistas pernoctaron en la casa del coronel madrileño y segundo jefe del Batallón de Infantería de Canarias, José Tomás de Armiaga y Navarro. Al capitán de la Pizarro se le había dado permiso para permanecer bastante tiempo en Tenerife a efecto de que Humboldt y Bonpland pudiesen subir al Teide, pero se les advirtió que no contaban con un plazo superior de cuatro o cinco días a causa del bloqueo de los navíos ingleses.

Desesperadamente, Humboldt y Bonpland se trasladan al Puerto de Orotava (hoy Puerto de la Cruz) para desde allí emprender la excursión al Teide. Para Humboldt el viaje a la cumbre del volcán no es solamente interesante a causa del gran número de fenómenos que concurren a sus investigaciones científicas, sino que lo es mucho más aún por las bellezas pintorescas que ofrece a los que sienten vivamente la majestad de la naturaleza. También estaba el sublime espectáculo de “la sombra del Teide”, el espectro de su sombra en forma de triangulo perfecto sobre el horizonte oeste, encima de La Gomera, proyectado antes del alba con la salida del sol.

El Teide es el primer volcán activo que visita Humboldt de una serie de volcanes americanos y europeos que ayudarían a despejar uno de los dilemas más controvertidos entre los vulcanólogos de aquellos años: ¿cuál era el origen de las piedras basálticas? Los geólogos estaban divididos en dos grupos: los neptunistas, que atribuían su configuración exclusivamente al papel del agua, defendida por el maestro de Humboldt, Abraham G. Werner, y como tal el joven Humboldt también era defensor; y los plutonistas, que atribuían su configuración exclusivamente al papel del fuego, defendida por el geólogo escocés James Hutton, en contradicción con la doctrina de la Iglesia. Pero la excursión al volcán de Eifel (Alemania) le hizo dudar de la autoridad de su maestro.

La ascensión al Teide acentuó la duda y después de la visita a los volcanes latinoamericanos (Cotopaxi, Tungurahua, Popocatépetl y Chimborazo, entre otros) confirma lo que venía cuestionando: los conos de los grandes volcanes se forman a partir de material magmático de las profundidades de la Tierra arrojados por el cráter. Lavas calientes y fluidas escapan desde el cráter. Como buen científico, abandona definitivamente las erróneas tesis neptunistas, ratificando las bases científicas de la moderna interpretación de la evolución geológica a lo largo del planeta establecidas por James Hutton en 1785. Tarea que continuarían destacados vulcanólogos como Von Buch, Scrope, Lyell, de Beaumont, Fouqué, Sainte-Claire, Sartorius y muchos otros. Se dio paso a una nueva ciencia: la vulcanología. Mientras ascendía a los volcanes, Humboldt se percató de que la distribución de las diversas especies botánicas variaba según su altitud. Es el primero que hace una ordenación de las plantas, clasificándolas según los diferentes pisos vegetales en función de la topografía del terreno, los microclimas, las diferencias de temperatura y niveles de altitud. Pone así las bases de la geografía de las plantas o la geografía botánica. De nuevo en Santa Cruz, la tarde del 25 de junio de 1799 zarpó la Pizarro para tierras hispanoamericanas, con gran pena de Humboldt. En julio llega al puerto de Cumaná en Venezuela, donde su enfermedad desapareció totalmente por el resto de su vida. Había sido muy enfermizo durante su niñez y juventud.

Humboldt regresó de su viaje americano en 1804. Lo narró en lengua francesa con el título Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent (Relato Personal del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente), publicación con la que acabó de dilapidar toda la fortuna.

La contribución de Alexander von Humboldt al conocimiento de la naturaleza supuso un impacto decisivo en el desarrollo de la ciencia y la cultura en el mundo, incluso en su país natal, Prusia, a la que vio como una isla de atraso. Pero a partir de él, Alemania empezó a destacar en la ciencia. Como afirma Leoncio López-Ocón Cabrera, la actividad científica de Humboldt se hace especialmente consistente y adquiere una autoridad cada vez mayor en círculos científicos gracias a su innegable capacidad y talento para despejar potentes y heterogéneas fuentes de comunicación.

*Presidente fundacional de la Asociación Cultural Humboldt

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