tribuna

La Orotava, villa de migrantes

Las Alfombras de La Orotava -muestra universal del arte efímero- tanto de arenas volcánicas como de flores, estuvieron de moda en junio de 2019. No solo por cumplirse el centenario de la primera alfombra plasmada en la plaza del Ayuntamiento, por entonces denominada de Alfonso XIII, diseñada y ejecutada con flores por Felipe Machado y Benítez de Lugo en 1919, en honor del Corpus Christi, sino también por el contenido del tapiz principal de la alfombra volcánica. Se refería a los necesitados de este siglo XXI, marcado por un nuevo orden internacional derivado del cambio climático, del terrorismo y de las migraciones.

La noche del martes, 25 de junio -cuando Humboldt salió hace 220 años del puerto de Santa Cruz de Tenerife hacia las Américas en el correo Pizarro, después de conocer la Villa y Puerto de La Orotava- me acerqué al salón noble del Ayuntamiento de La Orotava para escuchar el pregón festivo pronunciado por el periodista Pedro Hernández Murillo. Como siempre, me trajo recuerdos emotivos de mi vida municipal en el consistorio local, entre 1979 y 1987, pero más aún en este año, por cuanto Pedro se concentró en la historia de las alfombras y su exportación. Esa noche estaba lloviznando y la alfombra magna de la plaza seguía protegida con carpas de las inclemencias climáticas. Sin embargo, me acerqué con cuidado por la escalinata hasta donde se podía y pude sacar unas fotos del tapiz central donde resaltaba la cara de un niño, foráneo, mendigo, que demandaba una limosna del público que le observaba. Entonces evoqué a un personaje que me marcó políticamente: Rómulo Betancourt, senador vitalicio y presidente de la República de Venezuela, que había venido invitado a la Villa de La Orotava en 1981 por el ayuntamiento que presidía mi hermano Francisco, a propuesta de la Asociación de Vecinos del Farrobo. Le acompañé durante su estancia en la isla y la noche del Corpus contemplamos desde el balcón del ayuntamiento la procesión del Corpus Christi entrando a la plaza. Fue cuando entonces me confesó que, a pesar de ser agnóstico, era el acto religioso más solemne que había visto en su vida. Asimismo, me recordó a su familia orotavense cuando a finales del siglo XIX, aventada por la pobreza que reinaba en la Villa, tuvo que emigrar a Venezuela.

Este año de 2019, la foto del niño mendicante en la Alfombra de La Orotava se ha hecho viral en las redes de los medios de comunicación de habla hispana, entre otras razones por la divulgación de la web del Ayuntamiento. Algunas personas incluso la han comparado con la imagen de los dos salvadoreños ahogados en la frontera inhumana del río Bravo, al norte de México, en su intento de buscar un mundo mejor. Todo un ejemplo del drama humano que se está viviendo en esa frontera sur de los Estados Unidos de América, donde casualmente hace algunos años conocí en Miami a una joven pareja salvadoreña que pudo alcanzar su sueño migratorio. Sin embargo, me impactó su entrega a una doctrina religiosa, la Cienciología, que los tiene atenazados económicamente con la entrega de una parte importante de su trabajo y de su tiempo, de su vida, en definitiva.

Volviendo a La Orotava, quisiera felicitar al equipo de maestros de Artearena de la Villa tinerfeña, dirigidos por Domingo González, por su magnífico trabajo en el tapiz volcánico, explosivo, humanitario de los refugiados de la Tierra. Y a todos los maestros de Alfombras que se han venido sucediendo desde 1919 hasta la actualidad.

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