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Penélope

Le he pedido a Alexa que me ponga Penélope, la bella canción de Serrat, que el Nano compuso cuando yo era un adolescente lleno de amoríos. Y el hecho de vivir en los mismos paisajes de antaño me ha traído un montón de recuerdos, mientras suena la melodía. Parece mentira cómo acerca la música a los tiempos vividos y cómo agita los recuerdos. Ya saben que la historia no se escribe tal y como sucedió sino como el historiador la recuerda. Pues igual pasa con la vida de uno, que no es la vida que vivió -la repetición es intencionada- sino la vida que recuerda. Con Penélope he sufrido un traslado en el tiempo. La gente que conocí joven y que creía que sigue joven, ahora es vieja. Y yo, que vivo interiormente como el chiquillo que fui, también lo soy; lo noto en los dolores: ya no me puedo tirar al suelo a jugar con mis perros de entonces, porque han muerto; y Mini no vivió aquellas carreras por la avenida de Colón, como Snowie, el pastor alsaciano que cada veinte o treinta pasos se paraba para buscarme con la mirada. Ahora a los perros hay que llevarlos atados, porque perro suelto, perro muerto, como dice Richard, el veterinario. Demasiados coches, demasiados elementos hostiles en el entorno. Bueno, pues me desenvuelvo en los mismos escenarios de antañazo y si encima me ponen la música vivida y bailada y amada, pues te hacen polvo, porque ya no eres el mismo sino un vejete con camisetas de colores para disimularlo. Como aquellos viejunos medio hippies que de vez en cuando aparecían por el Puerto de la Cruz y nosotros los mirábamos como a bichos raros. Hay que ver cómo adopta uno las costumbres que entonces le asombraban.

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