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Resumen de una vida

Hay muebles que son resumen de una vida. He escrito alguna vez sobre esto. Los muebles guardan las huellas de las lágrimas, el dibujo de los viejos corazones traspasados por las flechas del amor y no digamos nada si nos ponemos escatológicos con los bajos de las mesas de nuestra infancia y juventud. Mis hijas conservan un escritorio de caoba de mi bisabuelo, que era abogado, alcalde y cuyo título tengo colgado en mi despacho. Estudió en Sevilla, en cuya facultad de leyes se licenció en Derecho Civil y Canónico. Supongo que esa mesa de escritorio conserva sus huellas, y las de mi abuelo, y las de mi padre, y las mías: me fue entregada como una reliquia familiar y yo la traspasé a mis hijas, que de momento no le han dado el uso que merece. Pero lo tendrá. Una mesa es una huella indeleble del paso del tiempo, un estuche de conversaciones y de estados de ánimo. Pero la mesa no habla, se queda muda ante el paso del tiempo, hace un mutis discreto y se resguarda como puede del deterioro que le causan los años. La caoba es una madera noble que apenas se inmuta cuando los meses y más meses la van convirtiendo en algo digno de un rincón. La mía, no. La mía se mantiene fiel a sus recuerdos y a esas lágrimas que la destiñeron un poco y a esos corazones dibujados con un lápiz de joven estudiante enamorado. Abres una gaveta y te encuentras los restos del lacre de una carta antigua, de un cuño desteñido del casino, marcas que no hacen sino avivar la historia del mueble, sacar a la luz algunos de sus secretos. Voy a ver si, antes de que la restauren, rescato la vida oculta de mi vieja mesa de despacho.

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