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El talegazo de mi hermano Pepe

Como ustedes bien saben, mi hermano Pepe está como una tapia. Ha pedido a la Liga que ponga el lenguaje de sordos en los partidos, en una esquinita, porque no se entera de los comentarios de Valdano, Robinson y compañía. Pero no le han hecho puto caso. El otro día, su mujer lo llevó al duelo de un familiar, y Pepe que se sienta en una silla, se queda dormido en el mismo velatorio, rompe la silla, se cae al suelo y lo levantan, aturdido –avergonzado, no, porque él no conoce la vergüenza—, y lo reaniman como pudieron, en presencia muda del propio difunto. Hace poco se fue a mirar la próstata al Hospital Universitario de Canarias y salió, nadie sabe cómo, con un montón de fundas de los aparatos de diagnóstico rectal en la mano (una especie de condones grandes); a lo mejor para inflarlos en su cumpleaños. Pepe, el año pasado, en Venecia, y al querer tocar una figura de Murano, derrumbó el escaparate entero con un estrépito terrible, pero milagrosamente se salvaron todas las figuras. La empleada lo echó de la tienda, no por el daño económico, que no lo hubo, sino porque le había costado a la pobre Dios y ayuda montar el escaparate y no era cosa de que alguien lo destruyera de ese modo. En cierta ocasión me alojaba yo en el Meliá Fénix de Madrid, entró Pepe y el portero lo paró porque parecía un sin techo de Nueva York que se había equivocado de país y de hotel. Tuve que intervenir para que lo dejaran entrar. Por el camino se mamó todos los bolígrafos que vio en un carro de limpieza. Años después sigue escribiendo con ellos. Es un tipo muy particular, con anécdotas inconfesables en su haber. Pero ya digo que son inconfesables.

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