fotocrónica

La ‘fotocrónica’ de Pedro Suárez

El presidente de la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife se siente un afortunado haciendo las cosas que le han tocado hacer, pero, sobre todo, en este momento, por su recién estrenada condición de feliz abuelo
Pedro Suárez. DA

Las imágenes de una vida cotidiana se van repitiendo, amontonándose casi como un solo recuerdo de lugares, tareas o personas. Algo primario y agradable casi siempre te ancla a tu lugar y a los que amas, o a situaciones que han marcado tu vida. Afortunadamente, a todos esos recuerdos de vez en cuando se suma alguna fotografía más que ya formará parte de mi existencia para siempre. Supongo que todas estas fotos de la memoria son las notas, los apuntes, que describen el agradecimiento que siento por la vida, por lo afortunado que me siento haciendo lo que hago, viviendo las cosas que me han tocado. No tienen por qué ser siempre agradables o buenas, pero sé que forjan un camino. Y así recorro la distancia que separa mi casa, mi familia, mi nieta que acaba de nacer (y a la que tengo el reflejo de tener en brazos todo el tiempo que su madre y su abuela me permitan), de la oficina que ocupo, muy temporalmente -pero con todas las ganas del mundo- en La Autoridad Portuaria.

Aparco la moto por allí, en una esquina de la entrada y al quitarme el casco, me quedo unos instantes disfrutando de ese magnífico edificio.

Un lugar que, con mi padre, recorrí a menudo siendo niño. Él era el médico de la Junta del Puerto. Para mí aquella casona era una prolongación del muelle, del olor del mar que se abría inmenso sólo a unos metros. Me fascinaba igual que hoy. En aquella época, me gustaba pensar que tal vez algún día acabaría trabajando ahí, me parecía algo natural. Ahora, con todos esos pensamientos, me quedo un instante frente al edificio y soy consciente de la cantidad enorme de responsabilidad que me espera cuando cruce el umbral. El reto es llevarme unas cuantas preocupaciones menos a casa cuando regrese esta tarde. El día sólo acaba de empezar. Las reuniones, llamadas, expedientes, conflictos, soluciones. Los temas que vienen de viejo, y los que llegan nuevos, todavía a mayor ritmo, me hacen reflexionar sobre lo poco que me gusta dejar tareas inacabadas, aunque sé que la gestión del Puerto no se termina nunca. Entro, me ponen al día, despacho con el director, firmamos las resoluciones que concluyen asuntos en losque llevábamos tiempo trabajando. Hablamos de La Palma, Los Cristianos, San Sebastián, La Estaca. En todos hay temas. Un café rápido y visita a la Terminal de Cruceros. Esta chaqueta me da calor. Cuando sales de La Laguna, frío y cuando estás en Santa Cruz, te das cuenta del error, demasiado abrigado… pero ya es tarde.

Observo, sigo las conversaciones, las negociaciones para esto o lo otro: qué equipazo tenemos; siempre pensando en más trasbordo de contenedores, más cruceristas, más tráfico de buques. Aman el Puerto y quieren verlo rendir al máximo. Son guerreros para lo bueno y alguna vez para lo no tan bueno, pero es que hay mucha competencia. Otra imagen que me llevo conmigo.

Después, un acto protocolario. De camino, el policía portuario y yo vamos de cháchara en el coche, nos echamos unas risas hablando de algún tema candente, o de la anécdota que le ocurrió a un conocido común.

Llego al Muelle de Enlace. Todo preparado. Me gusta,porque tenemos gente dentro y fuera de la Casa que trabaja para conservar el inmenso legado histórico de esta isla a través de lo que pasó aquí, en esta costa. Comenzamos. Fusileros de época disparan una salvas… discursos, algo de música. Pienso en la gente de Santa Cruz y estoy en la duda de si quieren y conocen este sitio como nosotros. Hay que hacer algo más para acercarlos.

Sigo. Me esperan en el despacho, hay que preparar el próximo Consejo de Administración. No veo la hora de quitarme la chaqueta y esta tarde me esperan en mi hogar. No puedo pedir más.

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