Sociedad

30 años después de un Muro que no se ha caído del todo

Alemanes de distintas partes del país reflexionan para el DIARIO sobre la unificación que acabó con el régimen comunista de la RDA, al conmemorarse hoy el XXX aniversario de una cita histórica

Graffiti con la imagen de uno de           los encuentros entre Leonid Brézhnev, presidente de la URSS entre 1966 y 1982, y Erich Honecker, líder de la República Democrática Alemana entre 1976 y 1989. D.A
Graffiti con la imagen de uno de los encuentros entre Leonid Brézhnev, presidente de la URSS entre 1966 y 1982, y Erich Honecker, líder de la República Democrática Alemana entre 1976 y 1989. D.A

En 1955, cuando tenía seis años, Gottfried abandonó el régimen comunista de la República Democrática Alemana (RDA) con su hermano en una guagua de los americanos rumbo a la ciudad de Stuttgart, que formaba parte de la República Federal Alemana. “A mi padre, que era un ingeniero muy bueno en un fábrica de aparatos de aire acondicionado, su jefe le dijo que, si quería ascender, se tenía que afiliar al Partido Socialista Unificado de Alemania (SED)”, cuenta Gottfried desde Hamburgo con un español casi perfecto. “Y él le respondió que no, que una cosa era el trabajo y otra la política. Así que habló con mi madre y decidieron marcharse”. Como Gottfried y su familia, 2,7 millones de personas abandonaron la RDA rumbo al Oeste entre 1949, fecha en la que se constituyeron oficialmente los dos países, y 1961, cuando se construyó el Muro en Berlín, un punto permeable para el régimen comunista, al tener una parte bajo mandato de la RFA. 155 kilómetros de hormigón y alambrada alrededor de la ciudad donde murieron 79 personas intentando cruzarlo -140 en la frontera completa entre los dos países-. Treinta años han pasado ya de su caída, pero continúan las historias y la sensación de que la unificación de las dos Alemanias todavía no se ha culminado.

“Cuando nosotros nos marchamos, ya era peligroso”, cuenta. “Fuimos con mis abuelos desde Leipzig, que era donde vivíamos, hasta Berlín Este. Entonces todavía ir en metro de un sitio a otro de la ciudad, así que fuimos hasta el Oeste y cogimos el autobús. Creo que mi tío tenía relación con algunos americanos”, relata. “Nos dieron una pastilla para que nos quedáramos dormidos y, en el control de frontera, los guardias de la RDA no se dieran cuenta de que éramos alemanes. Más tarde nos reunimos con mis padres en Stuttgart, a donde llegaron en tren, pero no sé cómo lo consiguieron”.

A los 14 años, Gottfried volvió con sus padres a ver a sus abuelos a Leipzig, cuando celebraron sus bodas de oro. “Habían pasado 20 años desde el final de la guerra, pero parecía como si hubiera sido el día anterior. Todo estaba sucio, gris, era horrible. Para mí, fue una impresión muy grande”. Pero tan grave como el aspecto físico de la ciudad era el proceso de control político del régimen comunista. “En mi familia eran muy cristianos y no estaban vinculados a la política, pero había colaboradores de la STASI -el servicio secreto- y miedo a hablar de política. Mi padre me advertía: ‘No digas nada, no critiques nada”. Gottfried recuerda una vez que iba a competir con su equipo de fútbol a Berlín Oeste y no pudo ir en tren con otros compañeros de la expedición, porque pasaba por Berlín Este. “Teníamos unos 19 años y, en aquella época, una ley de la RDA permitía reclutar para hacer el servicio militar a los jóvenes nacidos en la Alemania Oriental, aunque ya no viviéramos allí”.

Esa atmósfera de siniestro control policial y frío uniforme dejó bastante impresionada a Uthe en dos viajes que hizo al Este. En uno, con el colegio, tuvieron a su hermano dos horas bajo interrogatorio por llevar una chapa en la solapa protestando contra las armas atómicas. En otro, por carretera, cuenta que tuvo que pararse a orinar en el arcén porque no podía aguantar más. “Ahí no se veía a nadie, y de repente aparecieron unos policías. Era increíble el control”.

Durante mucho tiempo la percepción que hubo sobre la RDA fue la de un país comunista con una capacidad de desarrollo económico superior a otros países del bloque comunista. En su libro Posguerra, Tony Judt cuenta: “Cuando el primer secretario del partido Erich Honecker presumió en octubre de 1989, durante las conmemoraciones del cuadragésimo aniversario aniversario de la formación del país, de que Alemania Oriental era una de las diez economías más sólidas del mundo, se escuchó a su invitado Mijaíl Gorbachov emitir un sonoro resoplido; pero, al régimen, aunque solo fuera en eso, se le daba bien fabricar y exportar datos falsos: muchos observadores occidentales creyeron a Honecker”.

“Es verdad que fracasaron, pero no se puede negar que tenían productos de mucha calidad a precios baratos”, afirma Alois, sentado en el sillón de su casa junto a su mujer, María, con la que llevaba hace unos años una sala de fiestas en el Puerto de la Cruz llamada Caballo Blanco. “Tenían buenos muebles, buena ropa, y exportaban una carne que muy buena. Otra cosa diferente es que no la distribuyeran en el mercado interior. Yo creo que a la RDA la mató la falta de libertad y los enormes gastos militares”.

La caída del Muro fue abrupta, pero empezó a larvarse con el creciente descontento en el campo comunista y el desarrollo de la política aperturista que Gorbachov impulsó con la Perestroika. En 1989, transición hacia de la democracia pluripartidista en Hungría, gobernada desde el propio régimen comunista, convirtió la frontera de Alemania con ese país en un coladero para escapar de la RDA. Todo ese proceso estimuló manifestaciones populares de descontento con el sistema, la dimisión de Honecker -sustituido por un líder más reformista, Egen Krenz- y los intentos de establecer una ley de viajes más aperturista, pero con algunas restricciones. Pero la suerte estaba echada, y la noche del 9 de noviembre de 1989, no se sabe si por desconocimiento de las nuevas normas, torpeza o un interés democratizador nunca reconocido, un burócrata del partido llamado Günter Schabowski dijo en rueda de prensa que, desde esa misma noche, los alemanes del Este podían pasar sin tener que pedir permisos. Y así cayó el Muro.

“A Gottfried lo cogió cerca de otra ciudad fronteriza, Lubeck, y allí celebró con muchos alemanes del Este el histórico cambio entre risas y sueños fronterizos”. Dice Reinherdt que él vivía cerca de Turingia, en un pueblo fronterizo con RDA, y que al poco tiempo decidió irse de viaje para visitar a algunos familiares que se habían quedado al otro lado y ciudades que nunca había podido visitar. Cuenta Stefan, que vivía en el Este y tenía siete años cuando cayó el Muro y que, en las siguientes Navidades, se cogieron el Trabant, el coche de la Alemania comunista, y se fueron rumbo al Oeste a visitar también a parte de su familia. Otro Reinherdt afirma que, al año siguiente, al instituto empezaron a llegar chicos del Este y le sorprendió lo buenos estudiantes y deportistas que eran, y la capacidad que tenían para arreglar las cosas. “En el capitalismo estamos más acostumbrados a cambiarlas, pero ellos sabían improvisar, arreglar, eran flexibles”.

Pero treinta años después, en plena calle del Puerto de la Cruz, se nota que no es un tema cómodo para hablar en vacaciones. A pesar del enorme cambio en el Este, la rehabilitación de las ciudades y la enorme inversión pública, aún hay menor nivel de desarrollo y los salarios son más bajos. El primer Reinherdt afirma que muchos alemanes del Este se sienten ciudadanos de segunda y que “se necesitará tiempo, otra generación para que se supere la división de Alemania”. Según Marcus, que ayer paseaba por San Telmo en camiseta, a pesar de lo frío que estaba el día, el Este se descapitaliza porque las empresas grandes y poderosas, que están en el Oeste, se llevan a muchos de sus trabajadores formados.

Mientras, en el Parque Taoro, un señor con gorra sube caminando. “Yo soy del Este y escapé al Oeste en 1985”. ¡¿Cómo, cuénteme?!” “Otro día”. “Pero ¿cómo lo hizo?”. Nadando… Y así se marchó, parque arriba….