tribuna

Maldito Parkinson

Victoria Pérez, nace en Güímar (Tenerife, Islas Canarias) en el año 1943. Es hija de Domingo Pérez Campos y María Jorge Jorge. Casada y con cinco hijos, su vida ha girado – y gira- en torno a la familia y al trabajo. Estudió mecanografía y contabilidad en casa de don Pablo, en Güímar.

A los 17 años empezó a trabajar como secretaria en la empresa “Pérez Campos” –contratistas de obras -, empresa que lideraba su padre. En esa época el trabajo era abundante; abrieron y asfaltaron mil y una carreteras que hoy en día muchos de nosotros transitamos cada día. Cuando la empresa cerró, – tras el fallecimiento de su padre- se dedicó a trabajar como vigilante de comedor en varios colegios hasta el 2006. Ese mismo año le detectaron párkinson. Quiso seguir pero, no podía ejercer sus funciones. Le era difícil y hasta embarazoso servir las bandejas de comida a los niños porque los movimientos involuntarios de su mano no la dejaban. Resignada, dejó el trabajo y durante un tiempo estuvo inmersa en una depresión de la que salió cuando empezó a asimilar lo que le ocurría.

El párkinson, es la segunda patología neurodegenerativa después del alzhéimer. Actualmente, y según la Federación Española de Parkinson más de 150.000 familias en España conviven con esta enfermedad. Es una afección neurológica del sistema nervioso central que afecta al tono muscular, al movimiento y a la coordinación. Aún no se sabe cuál es su causa, ni cómo prevenirla y curarla.

Victoria Pérez se encuentra en el estadio cero, donde sus principales síntomas son: ligero temblor en el brazo y pierna derecha, postura erguida y disminución del movimiento de la mano al caminar, arrastrando un poco los pies. Su enfermedad le ha producidos grandes y bruscos cambios en su vida. Le gustaría “caminar, dormir, respirar, ver o comer” como lo hacía antes; coger el coche sin miedo, relacionarse con las personas sin sujetarse la mano o meterse en el mar sin preocupación. Para aliviar los síntomas de la enfermedad sigue correctamente la administración de sus medicamentos; seis pastillas diarias. Además, para no anquilosarse sale a caminar, hace gimnasia, va a la masajista y dedica una hora diaria a escribir en su diario y hacer actividades de estimulación cognitiva para no “perder la cabeza”.

A sus 74 años, su vida ha cambiado y mucho pero, su capacidad de superación no la han frenado para “pegarse” varios viajes al año con el Imserso. Se ocupa de su casa como siempre lo ha hecho, con paciencia porque ya no tiene la misma autonomía y libertad que antes. Después de tantos años con la enfermedad, se aferra a la vida como lo deberíamos de hacer todos; disfrutando del presente y de los pequeños momentos.

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