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El dios de la lluvia también llora por los que están lejos del hogar

El mismo día en que se prolonga el estado de alarma hasta el 11 de abril retornan las precipitaciones a Canarias; mientras que a unos atrapados fuera del Archipiélago les sonríe la fortuna de volver, a otros les esperan duros tiempos
David, un tinerfeño, regresó de Alemania en un vuelo con apenas cinco pasajeros. Cedida

Mientras los codiciosos aún suspiran porque prosperen sus mentiras sobre el cambio climático, la primavera trae las primeras lluvias importantes de un invierno que se fue dejándonos encerrados en casa por una pandemia que asombra al mismísimo Alberto Vázquez Figueroa, a pesar de tantos viajes y aventuras como ha vivido y escrito este novelista de talla mundial que vino al mundo en Santa Cruz de Tenerife, allá por 1936.

Otro novelista, László Passuth, nacido en Budapest allá por 1900, tituló con maestría su visión sobre el romance de Hernán Cortés y la india Malinche, que dio paso, conquistador y conquistada, guerrero e intérprete, a la bella historia del mestizaje entre dos razas. El dios de la lluvia llora sobre México. Así nombró su novela el húngaro en alusión a Tlaloc, una de las divinidades más importantes del Olimpo azteca, y la melancolía que se desprende de dicho título rebrota en la memoria al contemplar, desde la ventana, desierta y gris una ciudad como Santa Cruz, por lo general perla soleada en medio del Atlántico.

Con semejante panorama, el anuncio presidencial de que se prolonga este aislamiento hasta el 11 de abril confirma lo que cantaba/recitaba Silvio Rodríguez:

Hoy viene a mí
La damisela soledad
Con pamela,
Impertinentes y botón
De amapola en el oleaje
De sus vuelos.
Hoy la voluble
Señorita es amistad
Y acaricia finalmente
El corazón,
Con su más delgado
Pétalo de hielo.

Mas el trovador reconoce, finalmente, que disfruta en realidad en compañía de la melancolía, a la que termina por reconocer como una amante dichosa de placer arrebatador. Semejante complacencia con el dolor propio se antoja egoísta al recordar a quienes no tienen tanta suerte de pasar estos días en la mejor de las guaridas. El gran remedio contra la intemperie, sea física o mental, es el hogar de cada uno.

Por eso hay que dejar volar la mente hacia otras tierras, como hace Vázquez Figueroa cuando pone negro sobre blanco lo que brota su fértil imaginación, y pensar, por ejemplo, en como estarán Aridani y su familia, un grupo de cincos majoreros atrapados en Paraguay sin que nada se sepa sobre cómo podrán ganarse el sustento, mientras llega el soñado día en que un avión los traiga de vuelta a esa Isla de grandes playas con la pequeña Emily, quien a sus dos años ignora todas las preocupaciones que inquietan el alma de los adultos en estas fechas de tanta zozobra.

“Seguimos sin saber nada”, cuenta el majorero con tono jovial, sin duda debido a la llamada del periodista que sigue interesado por su caso y por el de la veintena de compatriotas que le acompañan en Paraguay sin que lleguen, siquiera, atisbos de que la promesa de la ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, de que todos serán atendidos, vaya a cumplirse pronto. Son más de 4.000 españoles los que hoy siguen atrapados en el extranjero, todos con su particular historia y su personal inquietud al comprobar que, de un día para otro, se desmoronan las claves sobre la que construyeron su presencia de espíritu en esa calma que, como la ignorancia, suele ser un remedio tan eficaz a corto plazo como necio en cuanto el viento cambia de dirección. Está claro que el dios de la lluvia vuelve a llorar sobre nosotros, a pesar de estar guarecidos.

La tarde llega a su ecuador y, con una puntualidad exquisita, la fraternidad disipa las grises nubes que asedian la mente con tantas malas noticias como disparos desde las catapultas del dolor que las generan. En los balcones, fieles a la cita de las siete de la tarde, vuelve el amor, elegante con sus galas de agradecimiento a los sanitarios. Como la alegría es amiga íntima de la fraternidad, tras los aplausos se sucede la galería de los innovadores. Está el solemne que pone el himno español por un altavoz, pero en los corazones gana por goleada quien apostó por rendir pleitesía a su majestad, Queen, y HOR se baila al son de otro himno, I want to break free (Quiero escapar).

La mente viaja ahora hacia David, otro canario. Él si ha podido volver desde Alemania, su segunda tierra. Voló el pasado sábado desde Stuttgart hasta Tenerife en un avión que compartió con otras cuatro personas, dos de ellas también isleños que retornan. Mientras los atrapados en países como Paraguay y Perú siguen sin respuestas, a David apenas le costó abonar los 49 euros del billete que compró tres días antes de venirse. La suerte sonrió al paisano, dado que ese avión tenía previsto volver ayer mismo con un buen número de germanos que, también, habrán sido reconfortados por el bálsamo de volver a casa. Gracias a Binter y a las autoridades canarias, otros isleños también están volviendo desde Marruecos, Senegal y Cabo Verde,

Ojalá que el fuerte viento que se espera sople esta noche [la madrugada del domingo al lunes para el lector] traiga consigo mejores noticias para tantos que las esperan desde tierras lejanas, como Milagros en Venezuela o Roberto en Filipinas, y que pronto puedan recibir de los suyos un abrazo tal que sirva como tutorial en las escuelas para koalas.

A todo esto, un trompetista alivia al vecindario con una versión de Guantanamera tan dulce que la miel de sus notas amortigua el carraspeo de la incertidumbre. Tlaloc sigue llorando tras los cristales, pero ahora es por su derrota ante quienes queremos seguir viviendo la vida, aunque sea otro poquito.

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