coronavirus

Tenerife ‘se queda en casa’: así lucen las calles de Santa Cruz y La Laguna

Los ciudadanos de las Islas acatan masivamente la orden gubernamental de permanecer recluidos en sus domicilios como medida para frenar la expansión de la pandemia de coronavirus que paraliza España
Calles de Santa Cruz. Fran Pallero
La céntrica calle Castillo de Santa Cruz, como todas las calles de las ciudades canarias, presentaba ayer un aspecto desértico, casi fantasmal, por la insual ausencia de transeúntes. Fran Pallero
La céntrica calle Castillo de Santa Cruz, como todas las calles de las ciudades canarias, presentaba ayer un aspecto desértico, casi fantasmal, por la insual ausencia de transeúntes. Fran Pallero

El anuncio de Pedro Sánchez, a primera hora de la tarde de ayer, que se verá ratificado en la mañana de hoy, sobre la declaración de estado de alarma de España, por segunda vez en la democracia, actuó de espoleta para que los ciudadanos se movilizaran en sentido inverso, es decir, acataran su mensaje sobre “el heroísmo” de permanecer en casa y dejaron de deambular por las calles, de acudir a los bares y restaurantes, de pasear por las ciudades y de, lisa y llanamente, de asomar la cabeza. La vía pública (las imágenes de Santa Cruz y La Laguna desérticas hablan por sí solas) adquirió un carácter ensimismado y triste, sin presencia humana, como tras el paso de un temporal que lo arrasara todo, en este caso el rastro de la población. La medida, sin duda la más drástica y severa de cuantas podían imaginarse cuando comenzó esta crisis del coronavirus, consiste en autorrecluirse en las viviendas, evitando el contacto humano para poner coto a la propagación del virus.

El presidente de Canarias, Ángel Víctor Torres, abundó a última hora de la tarde en las palabras de Sánchez: el “sacrificio” de un retiro voluntario que ayude a evitar males mayores, dado el ritmo de contagio de una enfermedad que ayer se cobró la primera víctima mortal en las Islas. Será “un sacrificio transitorio”, prometió Torres, consciente de que en las última fechas los canarios se han visto obligados a afrontar continuos disgustos y contratiempos de notable gravedad.

Junto a la desertización de las calles (hoy, presumiblemente, será decretado un cierre comercial riguroso, que intensifique esa parálisis de la sociedad), no se contuvo el miedo. De ahí que en las horas que abrieron un paréntesis en la fuga de los ciudadanos hacia sus domicilios, estos, en una gran parte, no dudaron en acudir a los supermercados y grandes superficies para proveerse de alimentos por doquier, en lo que constituyó todo un récord nacional. Jamás Canarias se había visto en las actuales circunstancias con hoteles cerrados y restaurantes vacíos, con comercios de capa caída, sin un alma, cuando cesaron las compras compulsivas y con una perspectiva de caída sin precedentes en la afluencia turística durante la próxima Semana Santa.

A partir de hoy, con el estado de alarma consumado, se abre un escenario que no permite comparaciones con el decretado con motivo de aquella huelga de controladores aéreos de hace una década. Esta vez nos enfrentamos a una crisis sanitaria sin precedentes, acompañada de una crisis económica impredecible y, por si fuera poco, de un estado de psicosis cuyas consecuencias se desconocen por ahora.

Todo, prácticamente todo, está en suspensión. Vivimos, y lo haremos durante dos semanas, a puerta cerrada. Este primer fin de semana sin deporte ni diversión ya es de por sí inédito, y a ello se suman los centros culturales clausurados y una fiebre de cancelaciones de actos de toda naturaleza.

Solo permanece en alto el propósito de librar este combate contra un enemigo invisible desde la certeza de que, estando en casa a buen recaudo, será más fácil vencerle.

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