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Cogí entre los tejados de Katmandú una carretera larga sin saber que llevaba al colegio de Harry Potter

Mientras paseo, empiezan a moverse algunas ideas que se habían quedado empozadas entre las rutinas, el trabajo y los almendrados que compro en la frutería y que tienen pinta de ir cargados de manteca de cerdo
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A veces, cuando los jefes me piden que escriba este ‘Diario de cuarentena’, la cosa sale como un torrente. Pero otras me tengo que ir a caminar a la azotea, entre fachadas de barrio obrero y patios que prometieron ser vergeles pero se quedaron en trastero, con alguna canasta envejecida por los años. Pero se respira bien, y mientras paseo, empiezan a moverse algunas ideas que se habían quedado empozadas entre las rutinas, el trabajo y los almendrados que compro en la frutería y que tienen pinta de ir cargados de manteca de cerdo.

Quien sí tiene un mundo grande estos días es mi hija Gabriela. Donde yo anticipaba hace unas semanas traumas de posguerra, ahora veo unas historietas tremendas que ella sola se monta, con una amiga imaginaria, la abeja Nardi. O mil preguntas sobre Harry Potter -al que acaba de descubrir en película-, interrogando a Vanessa, su madre, sobre el bien, el mal y las posibilidades que transitar de un lado al otro.

A solo un día de comenzar los paseos de una hora con la infancia, pregunto a los padres de sus compas de la escuela -pública-, y muchos me dicen que sus hijos están contentos, que algunos ni siquiera hablan de salir a la calle. Quizá porque son más pequeños, todavía creen que sus padres somos lo más y les basta estar con nosotros. “Muchas familias lo están llevando bien”, me dice alguien que trabaja con menores. “Pero luego hay otras con poco espacio en la casa, y los niños se suben por las paredes y solo duermen un par de horas. Incluso los han tenido que llevar al pediatra”.

Una de mis azoteas favoritas está en el Café de Patan, un estrecho hostal cutrón de varias plantas en el valle de Katmandú donde se desayunaba un yogur denso como la argamasa, se veían los templos y casas de aluvión y se olía el aire con regusto a residuo quemado que tiene la capital de Nepal. Pero entonces solo teníamos por delante una carretera larga sin niños en el horizonte ni mapa para transitarla.

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