la palma

El legado musical de Alejandro Henríquez cumple 125 años

La obra más destacada del autor palmero es la Loa de recibimiento a Nuestra Señora de Las Nieves, unida inexorablemente a la Bajada
Interpretación de la obra más afamada del artista en la plaza de España de Santa Cruz durante las Lustrales de 1975. DA

Por SERGIO ARMAS PÉREZ

La Semana Santa virtual que acabamos que vivir, reducida únicamente al seguimiento de las celebraciones a través de Internet, nos ha privado del conjunto de elementos artísticos y etnográficos que la circundan, herencia que muchas veces trasciende su primigenia función catequética para agregarse a la nómina de tradiciones que definen y distinguen a un pueblo. En el caso de Santa Cruz de La Palma, cuya Semana Santa fue declarada en 2014 Fiesta de Interés Turístico de Canarias, junto al paso de la espléndida colección de imágenes que atesora la ciudad -todas ellas dispuestas según el orden cronológico del relato evangélico y acompañadas por las 11 cofradías penitenciales que tienen su sede en los templos capitalinos- hemos echado de menos los múltiples géneros musicales que reúne.

El más común de todos ellos es la marcha procesional, gracias en buena medida al colosal trabajo de la banda municipal San Miguel, que cada Semana Santa programa en torno a una cuarentena de piezas para las distintas procesiones. Entre ellas, resulta imposible dejar de referirse a Amor eterno, original del palmero Alejandro Henríquez Brito, de cuyo fallecimiento se cumplen 125 años en este 2020. La interpretación recurrente de esta marcha a la salida y entrada de la Magna Procesión del Santo Entierro, a la que ya Alberto-José Fernández García se refiere como “partitura muy arraigada” en un artículo publicado en DIARIO DE AVISOS el 6 de abril de 1963, se ha convertido en uno de los hitos ineludibles de las jornadas pasionistas de la capital de la Isla, hasta el punto de llegar a considerarse el himno de su Semana Santa. Tal es el significado de esta obra, que incluso ha sido interpretada para despedir a grandes figuras de la música palmera como Luis Cobiella Cuevas o Julio Hernández Gómez.

Alejandro Henríquez vino al mundo el 26 de febrero de 1848, en el seno de una de las dos sagas de músicos mas fructíferas -junto con la de los Santos- de la historia de Santa Cruz de La Palma. Hijo de Manuel Henríquez Martín y de María Catalina Brito Hernández, era nieto del lutier Rafael Henríquez Rodríguez y sobrino de Manuel Henríquez Pestana, también lutier y célebre constructor de órganos, además de director de la banda La Lira. Entre otros familiares, casi todos relacionados con la música, destacan en especial su primo Enrique Henríquez Hernández, que fue el primer director de la banda de El Paso y estuvo al frente de la banda del Batallón de Reserva número tres del Ejército Territorial de Canarias, o su hermano Manuel Henríquez Brito, quien ejerció muchos años como organista de la parroquia de El Salvador y fue padre del malogrado pianista y compositor Manuel Henríquez Arozena. Profesionalmente, se desempeñó como oficial de la Intervención de Registros de Puertos Francos de Santa Cruz de La Palma, y falleció en la misma ciudad de su nacimiento el 28 de agosto de 1895.

Sin estudios formales de música, dominó el piano y el órgano, aunque destacó entre sus contemporáneos como intérprete de guitarra, instrumento con el que también creaba las inspiradas melodías que, a la postre, lo hicieron inmortal en el ámbito local. Y es que la obra más destacada de Henríquez está unida de manera inexorable al momento cumbre de las Fiestas Lustrales de la Bajada de la Virgen, que aspiran a ser reconocidas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Se trata de la Loa de recibimiento a Nuestra Señora de Las Nieves (1880), o por antonomasia, la Loa, que se interpreta cuando la imagen mariana llega a la Plaza de España al mediodía del Domingo Grande. El arraigo de esta elegante composición, por la que el autor percibió 80 pesetas del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, estriba tanto en su sencillez como en la emotividad del momento en que se ejecuta.

En cuanto a su apariencia física y personalidad, su sobrino segundo, Manuel Henríquez Pérez, en un artículo publicado en DIARIO DE AVISOS con motivo de la Bajada de la Virgen de 1950, traza la siguiente semblanza de Alejandro Henríquez, obtenida a buen seguro de fuentes familiares, ya que no fueron coetáneos: “Era nuestro músico moreno, poco agraciado físicamente, poseedor de una nariz larga y encorvada y de un poblado bigote, alto, muy delgado y de andar desgarbado (…) Hombre dotado de una gran inteligencia y, por tanto, bueno, simpático y alegre, perteneció a la bohemia, de tono menor, como solamente pudo ser una bohemia palmera en la segunda mitad del siglo XIX. Veía la vida a través de un cristal optimista, coloreado a veces por las rubias tonalidades del malvasía”. Al respecto de esto último, cabe apuntar que en la tradición oral existe la leyenda de que el origen de la Loa estuvo en una de esas “noches de bohemia” y que su génesis fue el resultado de una apuesta, o más bien de un reto, que tuvo lugar -vino mediante- en la fonda que ocupaba la casa Salgado, situada justo al lado de la Parroquia de El Salvador, y que hoy acoge una conocida joyería.

El grueso de la producción de Henríquez nunca se editó y se halla en su mayoría perdida. Nos constan, eso sí, algunos títulos y fechas de estreno obtenidos de diversas fuentes, amén de unas pocas partituras que han llegado hasta nosotros gracias a los impagables desvelos de Juan García Martín. El compositor formó un fecundo tándem artístico con el poeta y dramaturgo Antonio Rodríguez López, autor de la letra de la Loa, junto con quien también firmó otra loa para una de las novenas de la Bajada de 1875, una danza infantil coreada para las Fiestas de la Patrona, representada en Los Llanos de Aridane en 1876, el Carro Alegórico y Triunfal de la Bajada de 1890 (edición para la que además aportó una danza coreada, ejecutada por el Urcéolo Obrero) o el Himno a San Sebastián, que aún hoy se interpreta cada 20 de enero en el popular barrio capitalino. En solitario, su catálogo incluye una Sinfonía -estrenada en 1877- una Plegaria a la Virgen, la canción Rayo de Luna, el vals A dormir, el pasodoble Sorpresa en una noche, la polca Los chicharritos, Salto y corro por La Dehesa, y otras piezas cortas bailables, principalmente polcas y mazurcas. De hecho, varios estudiosos especulan con que Alejandro Henríquez pudo haber compuesto alguna de las polcas de enanos que existieron antes de la actual. En definitiva, estamos ante un músico que vivió en un periodo de extraordinaria efervescencia cultural, denominado con gran acierto por Juan Régulo Pérez como el Siglo de Oro de La Palma, y cuyo nombre ha tenido la fortuna de quedar ligado al instante más solemne de los dos eventos públicos de carácter religioso más relevantes de cuantos tienen lugar en Santa Cruz de La Palma.

TE PUEDE INTERESAR