Cultura

El autor que escribía para ser oído

Se cumplen 10 años de la muerte de José Saramago, al que Lanzarote acogió con los brazos abiertos en 1993, cinco años antes de recibir el Nobel de Literatura. “La muerte definitiva es el olvido”, confesó en el Ateneo de La Laguna

José Saramago, premio Nobel de Literatura / EP
José Saramago, premio Nobel de Literatura / EP

Una leucemia apagó su vida a los 87 años en A Casa, la residencia de José Saramago en Tías (Lanzarote), la isla que colocó en el mapa César Manrique y que recibió con los brazos abiertos al escritor portugués en 1993, cinco años antes de que la Academia sueca le concediera el Premio Nobel de Literatura por “su capacidad para volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”. Ayer se cumplieron diez años de su muerte, con un acto en su casa de Tías.

En el Ensayo sobre la ceguera, una de sus obras más célebres, Saramago trazó una distopía que abocaba a la población a una pandemia de sinrazón con la que parecía adelantarse a los tiempos de la Covid-19 que ha confinado al planeta más de dos decenios después. Pero el escritor de Azinhaga tenía su propia teoría vírica y así lo expresó en una conferencia pronunciada en 1998 en el Ateneo de La Laguna. “¿Quién puede asegurar que los seres humanos no somos un virus en relación a lo infinitamente grande que es el Universo?”, preguntó. Su hipótesis se basaba en lo que él mismo definió como la “ironía de la cosmoagonía”, según la cual “nuestro destino sería poblar el Universo, pero Dios se dio cuenta de que había hecho un mal negocio y nos recogió a todos para ponernos en un solo planeta como si esto fuera una jaula de grillos o un manicomio. Se arrepintió de lo que hizo y nos puso aquí para siempre”.

En ese encuentro, Saramago desveló que su cabeza no le daba vueltas a lo que escribiría en los próximos años. Su método de trabajo funcionaba a golpe de inspiración. “No tengo nada planificado, simplemente espero a que me llegue una idea, y el día que no las tenga os daréis cuenta que no tendré nada más qué decir. Lo peor que me podría ocurrir, y espero que mis amigos me salven de esa tentación, es seguir escribiendo cuando ya no tenga nada más que decir”.

Pero ningún amigo le llegó a advertir, porque las ideas, plasmadas en una intensa producción literaria, siguieron brotando hasta el final de sus días. El Nobel portugués confesó en la noche lagunera que no escribía para ser leído, sino para ser oído. “Yo quiero que los lectores se comporten, en relación a una novela mía, como si estuvieran escuchando dentro de sus cabezas la voz que está diciendo lo que está escrito”.
Habló también de la pérdida de la razón, la alegoría que articula el Ensayo sobre la ceguera, obra muy leída y reeleída durante la pandemia, en la que ahonda sobre el deterioro de la relación humana. “Si miro a una araña tejiendo su tela, me sorprenderá el rigor de su construcción. Podría decir que es un animal racional, y que cuando mira a una mosca atrapada lo hace sin crueldad, todo eso es su cuchillo y su tenedor. La araña no tortura, el ser humano sí. Esto debería plantearnos muy seriamente el problema de la razón”.

Preguntado sobre la dureza del argumento y el relato del Ensayo sobre la ceguera, el novelista luso admitió que numerosos lectores le habían planteado cómo había sido capaz de crear una historia tan violenta, a lo que él siempre respondía con naturalidad: “¿Usted soporta la realidad actual y no aguanta la lectura de un libro, que no es más que papel y tinta?”.

En su mirada pesimista sobre la vida influyó el denominador común que ha acompañado al ser humano desde el inicio de su existencia. “La historia de la humanidad es la cosa más sencilla del mundo: lo que siempre está en juego es el problema del poder, quién es el que lo tiene y quién es el que no lo tiene. Todo se reduce a la lucha entre estos dos campos, esa es la raíz de todo”.

Destacó que nadie tiene “ninguna obligación de amar a todo el mundo, pero sí de respetar a todo el mundo”, aunque al hablar de amor recurrió a su abuelo Jerónimo, pastor de profesión que, gravemente enfermo, cuando iba a ser trasladado en tren a un hospital de Lisboa, entró en su huerta a despedirse de sus hijos. “Fue de árbol en árbol, de olivo en olivo, dos o tres que tenía, abrazándose uno a uno, llorando, porque sabía que no volvería”.

Su abuelo inspiró su última reflexión antes de despedirse del Ateneo. “No olviden que la muerte definitiva es el olvido; el hecho de que los muertos no estén aquí no nos debe hacer olvidar que ellos siguen contando”. Fue la última lección que impartió el sabio de Azinhaga aquella noche de abril y que hoy, diez años después de su desaparición, no debe caer en el saco roto de la desmemoria.