cultura

El pintor que escuchó la paz metafísica

El italiano Davide Battaglia vino a la isla buscando un lugar asequible donde vivir y abrió un estudio en La Laguna donde pinta y da clases
Davide Battaglia, junto a su cuadro ‘Esperando en La Puerta del Sol’. Sergio Méndez

Sostiene el pintor genovés Davide Battaglia que nunca antes había escuchado tan intensamente el silencio de la humanidad como en las semanas que estuvo trabajando en su casa durante el confinamiento, con las ventanas de casa bien abiertas. “No había ningún ruido en la calle. Todo era viento, pájaros y nada más. Si no fuera por toda la gente que ha vivido este momento como una tragedia, diría que era un silencio de paz, como si hubiera llegado el momento en que la humanidad tenía que echarse a un lado y dejar a la tierra volver a la armonía y a su ritmo. Pero claro, si eso se lo contara a alguien que ha sufrido, me diría: ‘Paz, ni de coña, ha sido una tragedia’. Por eso digo que no era una paz bonita, sino la paz de una humanidad que ha tenido que cambiar. Una paz impuesta, rara, metafísica, como las pinturas de Giorgio De Chirico, que pintaba la Plaza de Italia vacía, con estos muñecos en lugar de personas”.

Llegué a Davide Battaglia porque tiene abierto un estudio de pintura en pleno centro de La Laguna, en la Calle Núñez de La Peña. Y al pasar por ahí y ver el cartel, ‘Estudio Battaglia’, era inevitable preguntarse quién era ese individuo italiano que daba clases y pintaba cuadros con la puerta abierta a solo unos metros de Víveres Martín, donde Juan Félix vende un queso tierno estupendo de Arico. A un tiro de piedra del Bar Carrera, donde Manrique prepara los barraquitos. A nada de Casa Peter, donde uno se come los perritos y enchumba las papas fritas con salsa universal.

Davide abrió un 22 de agosto de 2016. A los pocos meses, cuando empezaba a tener algún cliente, le hicieron la calle peatonal. Estuvo a punto de tener que cerrar durante las obras. Pero resistió, como ha resistido siempre en él la vocación artística que nació desde la infancia. “De las primeras cosas que recuerdo es ponerme en las rodillas de mi padre, que es pintor autodidacta y pintaba por las noches cuando venía del trabajo”. Un obrero del sector metalúrgico que llegaba a casa y se ponía delante del lienzo. “Mi padre es un pintor raro, tiene el pelo largo y aspecto bohemio, estuvo en el Festival de la Isla de Wight, también vio a The doors en concierto, pero luego es una persona con una gran capacidad de autocontrol. No creo que haya tocado una droga en su vida”.

De niño, Davide empezó dibujando guaguas. Luego se dedicó a los personajes del cómic. Pero no pintaba óleos. Hasta que, con 18 años, cuando ya estaba en la Academia de Pintura, vio que había un concurso y se presentó: “ Y desde ahí se desbloqueó algo y, sin programarlo, la pintura se convirtió en mi manera de crear”.

Ganarse la vida de pintor no es fácil, pero él lo consiguió: “Hubo una época en la que solo me dediqué a eso. Saqué un montón de obra, participé en exposiciones internacionales. Hice una estancia de mes y medio en París. Luego conocí a una escenógrafa y trabajé en algunas películas en el estudio de Cine Cità, en Roma. Una de ellas, con Carlos Saura. Mi nombre empezaba a circular. Y me encargaron el mayor reto de mi vida: hacer 32 retratos en siete meses de jugadores de la Sampdoria, un homenaje a figuras históricas del equipo para exponerlas en el estadio. La gente me conocía, salía en los periódicos, en la televisión, me llamaban”, cuenta.

Dice Davide que su pintura ha evolucionado. “Yo empecé buscando, y creo que lo encontré, el hiperrealismo. Aunque nunca he querido ser tan fotográfico como para perder la pintura. Ahora me gusta más explorar, dejar la pincelada, me he aburrido con la búsqueda incesante del detalle”. En la pared de su estudio cuelgan dos cuadros que reflejan estas épocas: en ’Jamin-a’ se representa el encuentro entre un marinero y una prostituta. Ella, en la habitación. Él, en el baño. Es un lugar real, le pidió a una prostituta que le dejara sacar una foto. “Sus ojos se encuentran a través de un espejo, no se miran directamente. Hay sordidez, pero no daña”. En el otro cuadro,‘Esperando en la Puerta del Sol’, aparece un juego de reflejos: su mujer, desnuda, está tendida sobre la cama. Y hay un balcón madrileño y una niña que pasea por la calle. “En esa época, estábamos buscando un hijo”, cuenta.

En estos años, también ha habido momentos complicados. Algo después de terminar los cuadros de La Sampdoria, la ola bajó. “Empecé a tener problemas para ganarme la vida. Y abrir un estudio en mi ciudad, en una calle con el mismo poder comercial que esta, podría costar 2.500 euros”. Así fue como se embarcó para trabajar de director de la televisión de un crucero. “Pero es incompatible con una vocación como la mía y con tener una pareja. Así que, después de tres años, lo dejé. Y fue cuando nos pusimos a buscar por aquí. Conocía el lugar. Es el último puerto antes de ir a Sudamércia y el primero para venir a Europa. Yo había estado en Santa Cruz, en Las Teresitas, y un día nos vinimos con mi hermana y mi cuñado para explorar la isla”. Y decidieron empezar su aventura en Tenerife.

“Me enamoré de La Laguna, te transmite cultura, patrimonio. Y pensé que era raro que no hubiera un estudio así. Mira, yo estoy enamorado de mi ciudad, pero aquí la vida es más sana, no hay tanta mirada triste, no todo te cuesta un pastón. Y luego, mi mujer, que llevaba cinco o seis años sin un trabajo fijo allá, encontró uno enseguida en Tenerife”. En el camino también se le han caído algunos prejuicios. “Cuando llegué aquí, me sentía como si, por ser un artista italiano con cierta trayectoria, fuera algo así como el mesías. Y luego descubrí que hay un montón de artistas buenísimos en la isla. Pero muy buenos, quiero recalcarlo. Y algunos de ellos son amigos míos”.

En su estudio, Davide combina horas delante del lienzo con clases de pintura. Donde antes cabían cinco personas, ahora, tras la crisis del coronavirus,caben dos. Cada uno con su material, para no compartir nada que pueda facilitar un contagio del virus. Tiene un bono de cinco clases por 80 euros. Y otro de 10 clases por 140.

En sus horas de trabajo solitario, una gran cantidad del tiempo lo dedica a retratos. “Un 70% de los trabajos que tengo. Muchos son de gente que ha fallecido. Yo creo que un cuadro le da a la imagen una dimensión más inmortal, la foto se gasta más. Y hay un interés por el arte que creo que está grabado en la memoria de los laguneros”.

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