tribuna

Cuando éramos felices y no lo sabíamos

La pandemia continúa desplegándose, llegó el verano y no necesitamos otra serpiente que ocupe su turno

La pandemia continúa desplegándose, llegó el verano y no necesitamos otra serpiente que ocupe su turno. Curiosamente, el coronavirus nos ha vacunado de espanto. Pero hubo un tiempo, antes de que llegaran los cataclismos, en que éramos felices y no lo sabíamos. Porque de saberlo, como decía Umbral en Mortal y rosa, “nos habría fulminado la angustia”.

Pasaban cosas convencionales, la vida cotidiana era normal. Ignorábamos aquella suerte de cara; el infierno, tras las cortinas, aguardaba al cambio de siglo para irrumpir. Nos ahogábamos en un vaso de agua, lo cierto es que nuestros percances eran nimios, vistos en la distancia y comparados con los monstruos de verdad que luego hemos conocido. Aquellos eran contratiempos de medio pelo: sustos de salud, cierto trance laboral, un desengaño amoroso, una polémica, un vecino malquistado… A cambio, perseguíamos sueños verificables, viajábamos, leíamos con avidez las novedades literarias… ¡Cuánto gozo en la lectura! Devotos de García Márquez, Julio Hernández recitaba de memoria los comienzos de El amor en los tiempos del cólera o Cien años de soledad, y yo le encendía el puro de América, fumábamos juntos Montevideo, la casa de Uslar Pietri en Caracas, la Cuba indómita de Fidel…, al calor del café de la tarde y la sombra del quiosco Numancia, que era un yate boca abajo.

Nunca se vivió tanto de día y de noche. ¿Santa Cruz un muerto? Santa Cruz la nuit, como decía Francisco Pimentel. Díganmelo a mí, que nací noctámbulo, depuré el insomnio hasta altas horas y siempre cogí a la noche por la palabra. Hasta en las grises horas matutinas de la banca, cuando trabajaba en la entrañable Caja de Ahorros, había afinidad, allí encontré a algunas de las mejores personas que he conocido, como si predominara un fenotipo social conciliador.

A tal punto llegaba nuestro entusiasmo que abrazamos la idea de que una paz definitiva era posible. Fue cuando los bloques parecían resolver sus diferencias, como si dos placas tectónicas hicieran las paces tras duros encontronazos en la astenosfera. Algunos líderes mundiales como Gorbachov -cito al que conocí- hicieron albergar aquellas esperanzas románticas, siquiera del modo en que John Lennon y Yoko Ono, en mitad de la guerra de Vietnam, habían celebrado sus encamadas de la paz.

Los años felices duraron décadas en un confort que ahora añoramos reducido a las cosas más simples. Íbamos al cine, compartíamos tertulias y teníamos, por lo general, proyectos. De aficiones menos sofisticadas que hoy, había hobbies que nos resultan simpáticos y pueriles, si bien jugar al trompo avivando su efecto giroscópico y desplazarnos en patineta han vuelto y la nostalgia adquiere visos de modernidad.

¿Cuándo se jodió el invento? Calculo que la etapa dorada que cito se prolongó desde mitad de los años 70 hasta finales de siglo. Fueron nuestros mejores años. Hubo un golpe de Estado fallido, pero ahora comprendemos que no era lo peor que podía pasarnos. Todas esas décadas -he incluido el llamado tardofranquismo, en que escapé al acecho del comisario Herrera cuando todos los días nos iban a detener- son ahora los sueños invertidos de nuestras vidas, como si nos propusiéramos imaginar tener un destino como aquél. Valía la pena estar allí y vivirlo, porque los sueños se palpaban en el ambiente, eran inminentes. Le vimos, al fin, el rostro a la democracia, que, tapada por el embozo de la dictadura, era la gran desconocida, y huelga decir que cogimos carrerilla y nos prometimos un porvenir próspero y halagüeño. El hecho de ver nacer un país libre fue un parto impagable. La motivación daba alas a la sociedad y nuestras fuerzas parecían hercúleas, capaces de cualquier empresa. La resaca de ese ímpetu llegó, años después, en el Mundial de Sudáfrica, que ganó España y santas pascuas, cuando lo siguiente ya era el final de la ensoñación. Nuestro pequeño pueblo insular dependiente, atrasado y fatalista también tuvo su porción de fiesta en la tarta, cuando tomó las riendas del autogobierno y nos parecía mentira. Todo era un debut promisorio. España había sido una isla con Franco y ya era un país. Y Canarias, el país de las islas, conservaba las fotos migratorias para saber de dónde veníamos, cuando llegó exultante el turismo y le dio la vuelta al calcetín. Hubo un instante en 2007 en que hasta el paro crónico descendió por debajo del diez por ciento. ¡Era como vivir en el paraíso!

El día que impactó el asteroide que trajo estas desgracias dormíamos la siesta de los nuevos ricos. Es posible que el golpe de realidad llegara en septiembre de 2001, ese día, el 11, y desde entonces hemos ido encadenando inclemencias hasta esta pandemia. Los milenaristas invocaban el efecto 2000; quizá el demonio llegó con retraso a su cita con la historia. El cambio climático, la Gran Recesión, el terrorismo viral y esta fogarada de coronavirus han sido nuestros jinetes del Apocalipsis. Instalada la nueva realidad, nuestros sueños se derriten. La democracia que nos amamantó entró en barrena y quien la trajo encarna el cuento del tesoro de un rey emérito que leerán los niños de mañana con desencanto.

El virus puso todo patas arriba, y este estado de desánimo quizá idealiza aquellos años felices. A las puertas de Radio Club, el paisaje era bucólico, el mar del muelle y el macizo montañoso de Anaga… Gilberto Alemán disfrutaba, a la hora del güisqui del mediodía en la terraza del Montecarlo, contemplando la bahía con la esperanza de ver asomar entre las aguas el fantasma de San Borondón. Habíamos creado un club de solteros de oro y los fines de semana la Avenida de Anaga era un hervidero de pubs, nos hacinábamos sin temor a contagio alguno. Cruzábamos la calle y despedíamos la noche en la terraza del Jet Foil, donde hicimos amistades perdurables en la maresía íntima de Santa Cruz asomados al mar, en aquella quietud de cubierta de barco que era tan agradable. Acaso esa fuera la mejor travesía de nuestras vidas a bordo de la isla, en estado de gracia. ¡Qué felices éramos y no lo sabíamos!

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