Tribuna

La realidad

El mes de agosto -y no solo en España- marca una frontera temporal de contenido social y político superior a la Navidad y el Año Nuevo. Termina el curso político y también el académico; concluye el año judicial; se clausuran las temporadas artísticas teatrales y musicales; y en todos los órdenes de la vida septiembre, […]

El mes de agosto -y no solo en España- marca una frontera temporal de contenido social y político superior a la Navidad y el Año Nuevo. Termina el curso político y también el académico; concluye el año judicial; se clausuran las temporadas artísticas teatrales y musicales; y en todos los órdenes de la vida septiembre, el séptimo mes del primitivo calendario romano, es un mes de comienzos, inicios e inauguraciones. Incluso las vacaciones en ese mes parecen tener un contenido más intenso y profundo, suponen un descanso más auténtico que las que se disfrutan en cualquier otra época. Pues bien, desgraciadamente también en la pandemia agosto nos señala un antes y un después. Porque la nueva normalidad que ha sucedido al estado de alarma deja de ser nueva y se convierte en la única normalidad que tenemos; una normalidad de mascarillas y distancias sociales que es la única que existe; que es la única realidad y que transforma la vieja normalidad en una utopía soñada e inalcanzable por ahora. Debemos acostumbrarnos a vivir -y aceptar- la normalidad realmente existente, aunque el propio concepto de normalidad pugne con la realidad en que nos vemos obligados a vivir.

La globalización de la pandemia hace que todo esto suceda en todo el mundo, con diferencias que nacen de las diferencias entre unos países y territorios y otros. Por lo que respecta a España, las mascarillas y la distancia social será lo menos preocupante que nos espera. Hemos tenido la mala suerte de que el virus nos ha llegado cuando sufrimos un Gobierno demagogo e irresponsable, cuyas políticas están agravando los efectos de la pandemia. La deuda se está convirtiendo en inasumible; la presión fiscal que se anuncia va a destruir a la clase media que todavía subsiste; las pequeñas y medianas empresas están siendo condenadas a la ruina y la extinción; y las pensiones están en serio peligro. Y todo se fía a que Europa nos mantenga sin condiciones. De ahí a la intervención solo hay un paso.

La realidad nos está mostrando también las miserias socialistas, que no se limitan al Gobierno nacional. El mal perder y la concepción mafiosa del poder que mostraron en la moción de censura de la capital tinerfeña, con amenazas en las redes incluidas, se ha mostrado también en la derrota de la vicepresidenta Calviño en su intento de presidir el Eurogrupo de los diecinueve países del euro, una derrota que debilita su posición moderada frente a Iglesias. Sobraban esas excusas de que algún país no cumplió con su voto prometido. Conviene recordar que hace cinco años, cuando la acumulación de votos de países pequeños en torno al holandés Jeroen Dijsselbloem determinó la derrota del entonces candidato español, Luis de Guindos, la reacción de Pedro Sánchez fue muy crítica y descalificadora. La paralela retirada de la ministra de Asuntos Exteriores de su intento de presidir la Organización Mundial de Comercio nos muestra la debilidad internacional de este Gobierno. Su excusa de que quiere dedicarse en exclusiva a su Ministerio suena a lo de las uvas verdes.

Por desgracia, este catálogo de realidades socialistas miserables se completa –por ahora- con la situación creada en el Ayuntamiento de Arona, que nos muestra que la corrupción política española en torno al urbanismo y la calificación de terrenos no tiene fin –y tampoco remedio-.