En España convivimos mal. Hay una ruptura en la sociedad, como si un foso profundo dividiera al país en dos bandos, sin apenas diálogo entre ellos. Aunque no es menos cierto que hay millones que nos sentimos incómodos con esta situación y que reclamamos entendimiento y respeto. Ha habido momentos mejores y también bastantes peores. La desaparición del terrorismo de ETA, hace ahora quince años, supuso una mejora muy importante en la convivencia, especialmente en el País Vasco. Fue un triunfo de la sociedad española, con los gobiernos de la democracia al frente. Ocurrió finalmente el 20 de octubre de 2011, siendo José Luis Rodríguez Zapatero presidente del Gobierno. Debemos y decir que ETA fue la peor herencia de Franco y recordárselo a quienes elogian la figura del dictador. En el Preámbulo de nuestra Constitución, escrito por Enrique Tierno Galván, se dice “La Nación española (…) proclama su voluntad de garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo”. Convivencia democrática significa algo más que vivir juntos, supone también que tengamos una sociedad que es justa, en lo social y también en lo económico. La convivencia supone aceptar la diversidad, aceptación y respeto, con todas sus consecuencias. En la política se trata de ser tolerante y respetuoso con el que discrepa. La Constitución en su primer artículo propugna el pluralismo político como uno de los valores superiores del ordenamiento jurídico, junto a la libertad, la justicia y la igualdad. Es un valor de máximo rango que tengamos pluralidad política, que no pensemos todos igual, ni actuemos de la misma manera. Hoy el odio hacia otras opciones políticas está extendido y hay muy poca tolerancia. La palabra «socialista» en boca de algunos se ha convertido en un insulto, mientras que otros lo consideramos elogioso, al menos los que así nos consideramos. No es posible que haya decencia social si no desterramos el insulto y la mala educación. Días atrás, Javier Milei, presidente de Argentina, ha estado en nuestro país y ha atacado al presidente del Gobierno. Lo hizo en presencia del presidente del Senado, que no protestó. ¡Qué diferencia con lo que hizo Zapatero con Chávez hace ya casi veinte años! ¡Qué indignidad! La convivencia exige evitar la violencia, la física y la verbal, y también el matonismo, que se extiende hoy por algunas capitales europeas. Lo encontramos en el Congreso de los Diputados y en el Senado, en Asambleas Parlamentarias de las Comunidades Autónomas y en Ayuntamientos. Si eso ocurre en las instituciones políticas, no debe extrañarnos que también esté en la sociedad. Lo que ocurre en España no es muy distinto de lo que pasa en el Mundo. Un dato muy preocupante nos llega desde Estados Unidos: hace 30 años, el 65% de la población no veía obstáculos a los matrimonios de republicano y demócrata; ahora es el 20%. Muchos nos preguntamos “¿qué puedo hacer yo?”. Aportemos cada uno lo que está en nuestras manos. Por ejemplo, no insultemos a aquellos políticos que dicen y hacen lo que no nos gusta. No les votemos y argumentemos para que no se les vote. Defendamos lo que pensamos que es mejor para la sociedad y rechacemos lo que no nos gusta. Incluso en la calle. Respetemos a las personas, no necesariamente a sus ideas. Menos aún despreciar a nadie por el voto que emite. Me gustaría que después de las elecciones España tenga un Gobierno que se implique a fondo con la convivencia democrática. También es un asunto de dignidad nacional que seamos una sociedad dialogante. La próxima semana escribiré sobre la España unida y la España rota.
NOTICIAS RELACIONADAS
