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El virus, como el tiempo, pone las cosas en su sitio. Hay un ruido aparente que termina por acallarse, porque solo es eso: ruido. El cuentagotas molesto y persistente de los audios de Corina y Villarejo ha tenido como colofón un cierre de serenidad unánime y sin críticas excesivas. A mi me sirven El País y La Vanguardia como termómetros de la moderación, y puedo asegurar que la despedida de Juan Carlos I a su mal llamado exilio se ha llevado a cabo con todos los reconocimientos, como si la prensa se estuviera adelantando a la historia, haciendo el juicio ecuánime de un periodo político cuyos valores es necesario defender y seguir manteniendo en pie. Esto es positivo.

Ahora el tema ha pasado al terreno de los paparazzi que se esforzarán en localizarlo con sus objetivos convirtiéndolo en el Pokémon de turno.

El mundo sigue siendo más o menos igual. Cuatrocientos mil millones de langostas han sido fumigadas en el cuerno de África, y ciento cincuenta personas han muerto y cinco mil han resultado heridas en una explosión en Beirut. Lo de las langostas parece tener un mayor interés informativo, al menos para el plumífero que titula que han muerto en una batalla. ¿Cuál es la batalla? ¿La del hombre contra el insecto indefenso víctima de un exceso de feromonas o la del que preserva sus cultivos para no morir de hambre?

Esto me sirve para darme cuenta de la relatividad con que se observan las cosas. Con lo del rey pasa igual. Hay algunos que se escandalizan, aunque solo sea en el ambiente de las redes, donde sus acólitos se encienden en descalificaciones insultantes. Alguien me dice que podría ser normal, pero es que están en el Gobierno, y yo respondo: “¿y qué? Eso no añade ninguna novedad, siempre ha sido igual”. La democracia tiene esas cosas. Cuando no pueden ser de otra manera hay que aceptarlas tal como vienen. Yo me acostumbré hace mucho tiempo, yo diría que desde el principio, a que cada ideología tiene su lenguaje y hay que aceptarlo con la misma naturalidad que se aceptan los acentos en un país diverso. No es una exclusiva nuestra, ocurre en todo el planeta.

El mundo de ficción que nos invade nos hace creer que todo cambia, pero continúa siendo igual. Ya no se discute en los bares ni en los clubs ni en los casinos de los pueblos. Ahora se hace en el espacio etéreo de las redes sociales. Es más escandaloso, porque la palabra tiene que pasar por el filtro del teclado y hay tiempo para pensar lo que se dice.

Sin embargo, los dedos han aprendido a transmitir el odio y el insulto como si fueran un apéndice directo de nuestros pensamientos más groseros. Hasta en eso estamos aprendiendo a robotizarnos. La tan cacareada nueva normalidad se convertirá en vieja dentro de poco tiempo, porque, por naturaleza, nos resistimos a dejar de ser quienes somos. La evolución tiene un ritmo y nuestra condición otro.

Al final, para que la primera sea efectiva, las dos acabarán por coincidir. Voy a poner un ejemplo. Me han hablado de la frustración que ha producido en algunas mujeres el tener que trabajar online. Ya no tienen que pintarse ni arreglarse para sentarse delante del ordenador que tienen en casa, y eso les hace entrar en una situación de desencanto absoluto. Han dejado atrás un ingrediente que era imprescindible para sus vidas. Para el feminismo debería ser una conquista, pero se ve que no lo es.

Hemos construido un mundo falso en el que aparentemente las mujeres odian a los hombres, y cuando se acercan a ellos es en el ambiente imprescindible de la frivolidad. Esto ocurre solo en la tele, en torno a la figura híbrida de Jorge Javier Vázquez. A pesar de la audiencia y de las adicciones a la telebasura, las señoras se lo toman como un entretenimiento. Un espectáculo en el que los amores eternos de Corín Tellado han pasado ha ser asunto de un día. Nada nuevo.

Otra vez el cuplé relata la realidad: “Yo soy la Mistinguett, que, de flor en flor, va por los cabarets en busca del amor”. Una amiga me confesó que todas quieren encontrar un novio para toda la vida, pero que eso está muy difícil. Yo creo que lo buscan donde no deben, o lo tienen delante de sus narices y no se dan cuenta. Siempre la mantequilla se hará con la nata que se deposita sobre la leche. Será por eso que engorda, pero es bueno distinguir entre una cosa y la otra.

Hoy amanece un bonito día de verano. Los meritorios, que no están de vacaciones, le andan siguiendo la pista a un rey que se ha esfumado de un lugar en donde los periodistas le estaban haciendo la vida imposible. Los columnistas han hecho de su gestión un saldo favorable. ¿Qué más queremos? Salvo las desgracias habituales, todo sigue igual. Hasta Pedro Sánchez parece un poco más creíble.

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