tribuna

Regicidio

No quieren que Juan Carlos I se vaya, quieren la guillotina para él y para todos los suyos. Ni soy monárquico español, ni soy republicano español. Solo soy un hombre mayor, algo envejecido, y canario, pero las reacciones del pueblo peninsular español son sorprendentes y, desde que Sánchez está en el poder, me parecen laberínticas, conflictivas innecesariamente. Todo está desajustado, la política, la economía, la misma estructura del Estado y de la convivencia en general de sus territorios y de sus poblaciones. Al jacobinismo centralista del franquismo lo ha sucedido un enmascarado jacobinismo demagógico que trata a cada cual como le viene en gana. Bien a los vascos, casi bien a los catalanes, cero a los canarios.

La España post-Covid 19 está en quiebra, pero esa no es la noticia hoy cuatro de agosto. Los 20.000 millones mendigados en este momento a la UE no son la noticia. La noticia es que el exrey tuvo una amante y fue traicionado por ella, los españoles prefieren a Shakespeare antes que a Adam Smith. Primero las pasiones, luego la economía.

El pueblo se empobrece, pero lo que nos debe importar son las antiguas correrías de un rey de pasado nebuloso que un 23 de febrero de 1981 contuvo, con todas las interpretaciones que se quieran aportar (ninguna negará el resultado histórico) el último golpe de Estado del siglo XX, y pasó a convertirse en el mejor embajador del triste empresariado carpetovetónico. La mayoría de los contratos internacionales de las tímidas patronales españolas fueron gestionados por el monarca hoy vilipendiado. Y en ese momento nadie puso un pero a tal intermediación institucional. Ni a las dádivas recibidas por el plenipotenciario.

Al parecer, todo lo vivido desde ahí, desde lo que se llama la Transición, es decir, Suárez, Felipe, Carrillo, hemos de ignorarlo, el mundo, el siglo, el milenio, empiezan con Pablo Iglesias y su secta, donde tampoco dejan de ser protagonistas las amantes deslenguadas. Ahora solo queda esperar que la Real Academia de la Lengua deje de ser Real. Todo ha de dejar de ser Real de ahora en adelante. Lo que quizá no estaría nada mal.

España se enzarza cíclicamente en problemas intestinos que no hacen sino autocanibalizarla, se come a sí misma. Se desgasta, se desaparece por autoconsunción.
Cuando España debiera estar demostrando a esa Unión Europea, que la va a regar graciosamente con 140.000 millones de euros para que salga de sus terribles dificultades tras la pandemia que nos azota, un ejercicio modélico de conducta política, económica e institucional, lo que se le ocurre es echar abajo el modelo de Estado y perseguir a los jefes de esa estructura como si fueran facinerosos. Así todo queda convertido en un patio de monipodio ibérico, en una corte de los milagros trasladada de París a la Zarzuela y a sus entornos.

España es un país sin rumbo desde 1898. Como bien decía Jorge Luis Borges: todavía España no se ha enterado de que perdió su imperio. Sigue empeñada en perder hasta su misma posibilidad de mínima existencia como Estado europeo. Ya sea autonómico, federal o confederal. Ahí nos la jugamos todos.

A nuestro entender, las reflexiones y los debates políticos de hoy han de girar sobre cómo libramos a las próximas generaciones de los errores que hemos cometido los que hoy gestionamos los asuntos públicos.

Y nadie parece estar por eso.

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