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A 73% de humedad

Miro el barómetro: marca 73% de humedad. Hemos llegado a estar, en estos días, al 76%. Cojo el carro del supermercado para hacer la compra, como buen jubileta que soy, y me doy la vuelta a mitad de trayecto. Para mí, que sudo muy poco, estar en la calle con la camisa empapada es casi un insulto. Me conformo con la guía Marca que encuentro en el kiosco, por el camino. Llego a casa con el carro vacío y con hambre y me voy comiendo todo lo que arramblo en los estantes de la cocina, hasta unos pimientos viejos que llevo horas repitiendo. No me llama nadie para darme una buena noticia y llevo meses escuchando lo mismo en la televisión, hasta el punto de que ya no la enciendo. Me han llamado de Telefónica para decirme que debo una cuota de un teléfono que me cortaron hace años, debe ser que están tirando de facturas viejas; lo mismo que el Gobierno de Canarias, que por un lado aplaza el IGIC y por otra saca de sus podridos armarios viejas deudas olvidadas hasta la llegada del coronavirus. En el fondo se escucha la voz de un ciudadano que está frente al cajero de enfrente de casa, intentando hablar con él, en vano. El cajero de La Caixa no le suelta un duro. A mí, cada vez que meto en él la tarjeta me suena La Marsellesa. No sé si con la fusión con Bankia empezará a escucharse el Cocidito Madrileño en las mismas circunstancias. La humedad se cuela por todas partes, no corre apenas aire y mi calle -creo que lo he dicho alguna vez- parece una caja de resonancia. Un concierto entre una vieja que grita, un niño que llora, un patinete que revienta una alcantarilla y un coche tuneado que jode. Y el del cajero, que insiste.

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