tribuna

Benedetti, centenario, con Lezcano a la par

Como Proust y como otros, Benedetti era asmático. Su poesía era asmática. Su vida entera de exilio y desexilio lo fue. En el ahogo continuo iría sobreviviendo hasta bordear los 90 años

Como Proust y como otros, Benedetti era asmático. Su poesía era asmática. Su vida entera de exilio y desexilio lo fue. En el ahogo continuo iría sobreviviendo hasta bordear los 90 años. En La Habana lo conocí joven, cejijunto y trasterrado; en Arona, muchos años después, lo reencontré felizmente triste, era el poeta uruguayo más conocido y reconocido en el mundo y aquel día casi se nos muere, se retiró a un rincón, recobró fuerzas y volvió como nuevo tras un golpe de asma como si hubiera superado un golpe de Estado con ayuda del ventolín. Estaba cerca Juan Cruz, de la misma cofradía del asma, y lo cobijó, le dio aliento y reanudamos la mesa redonda de Son Latinos con Juan-Manuel García Ramos, entre otros invitados. Benedetti tenía una tímida pulsión huraña que ya le había descubierto en La Habana entre paréntesis. “Doy por hecho que me dejará leer antes la entrevista”, puso como condición y no se lo prometí, pero se incomodó lo justo y cedió a mi descortesía veinteañera. La Habana era un hogar prestado en su caso tras dejar Montevideo en el 73, el año de los golpes en América Latina.

Yo había leído profusamente a Benedetti, tenía su Inventario grabado en la memoria, la vasta antología de Visor de solapa negra. Dos poetas coetáneos, Benedetti y Lezcano (con quien me cito para otro día en este compartimento estanco de nuestro diario), los dos nacidos a la par, en 1920, y centenarios este año, por tanto, coincidieron en Montevideo. César Rodríguez Placeres se lo encontró en la calle y lo invitó a entrar en el hotel a saludar a Pedro Lezcano, que había dado una conferencia en la ciudad fundada por canarios con Benedetti de faro. Los dos eran dramaturgos y prosistas y poetas sociales. Por razones que desconozco, Benedetti iba a ser un referente en mi propia vida, cuando ya lo era para toda nuestra generación, en la que estábamos inmersos, como nunca ha vuelto a suceder durante casi medio siglo, en el ámbito de la canción popular. Benedetti era un poeta predilecto, un filón de los recitales de aquella culturalidad musical que nos envolvió en las contiendas sociales donde se fraguaba la llegada de la democracia. Así, visité, sin premeditación, las mismas capitales donde fue haciendo escala en su largo exilio. Buenos Aires, Lima, La Habana…

Aquella vez me citó en una casa, que no era la de las Américas, donde se movía como pez en el agua colaborando como escritor y editor, y a la que yo acudía con frecuencia en los continuos viajes para visitar al cubano de origen palmero Mariano Rodríguez Álvarez, el pintor de los gallos, y a Roberto Fernández Retamar, sus directores en los años 80. Nos vimos en una salita soleada donde me contó su vida, sus trabajos de contable, su devoración de libros, sus primeros pasos en las letras con obritas autocosteadas, descreído de editores como le pasaba al pobre César Vallejo, su fidelidad a un estilo transparente como aquel mediodía en que me mostraba su mundo cotidiano con la sencillez autobiográfica de sus versos desnudos. Benedetti era critico literario, pero los críticos no le querían. Era el poeta de los lectores más que de los grandes premios. Ganó pocos galardones rimbombantes y es falso que le trajera sin cuidado ese ringorrango. Sufría el desdén académico hacia su austeridad literaria, del mismo modo que disfrutaba de su popularidad universal como un Bob Dylan uruguayo. Cuando la canción popular nos abdujo, cantábamos de memoria “si te quiero es porque sos/mi amor, mi cómplice y todo,/y en la calle codo a codo/somos mucho más que dos”.

En Tenerife, hace ahora 20 años, recibió, como Ángel González, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, el premio Son Latinos, en la muestra musical de Arona del mismo nombre; dio un recital poético una noche confortable, hizo proselitismo beneditiano y fue fiel a su melancolía bronquial, con la que definió al pesimista como un optimista bien informado. Era un santo poeta grial, consagrado por jóvenes y cantautores. Serrat lo sedujo y grabaron el icono de aquellos días de discos díscolos, El sur también existe. Daniel Viglietti me lo describía extasiado sobre el escenario leyendo sus poemas bajo los acordes de la guitarra, en una célebre gira uruguaya. Y Benedetti escribió una biografía de Viglietti, que cantaba “a desalambrar, a desalambrar”. Era todo un actor, un hombre bajito que se crecía bajo los focos. En El lado oscuro del corazón, Eliseo Subiela le encargó el papel de un marino que recitaba versos en alemán a una mujer en una cantina portuaria. Hablaba alemán desde niño y fue el primero en su país que tradujo a Kafka. Escribía novelas como La tregua, que fue llevada al cine y nominada al Oscar. Su éxito era el premio a su perseverancia en el frente de la poesía simple con las metáforas en la retaguardia para ser comprendido en los cantegriles. Benedetti no se dejó malear, era un mito uruguayo como Onetti, como Galeano, como Ida Vitale y como Idea Vilariño, también centenaria este año. Era dueño de su hipótesis humanística, de la escuela Raumsólica de Logosofía en que militó de adolescente.

En Canarias, si no fuera por la lepra (la vanidad), Pedro Lezcano sería nuestro Benedetti, pero muchos de los poetas nuestros se creen por encima del bien y del mal, tocados por la mano de Dios, que es la mano de Maradona metiendo aquel gol a los ingleses, como la inmortalizó este uruguayo que nació hace cien años. Lo leí siempre con respeto, sin la desconsideración de Gamoneda, que lo relegó a poeta menor por no escribir oscuro. También me ofreció su fuente para que tituláramos un libro sobre Jorge Valdano, hace la friolera de 25 años. Esa tarde de sequía para dar el libro a la imprenta con un título acertado, recuerdo haber leído por azar su famoso cuento El césped, donde el protagonista confiesa haber tenido sueños y, al ser preguntado qué clase de sueños, contesta para mi satisfacción: “Sueños de fútbol”. Solo guardo gratitudes para el poeta universal del paisito, que tenía el carisma de una venta, adonde entra el pueblo a surtirse y encuentra de todo.

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