tribuna

Buscando sombra debajo de una mesa

Los menores extranjeros no acompañados solían ser buenos estudiantes, con mejor rendimiento académico según procedían de países con peor situación económica

Los menores extranjeros no acompañados solían ser buenos estudiantes, con mejor rendimiento académico según procedían de países con peor situación económica. Lo cual convierte a los MENA, según un estudio de 7.000 inmigrantes de una treintena de países, en una estupenda paradoja. Esta nueva crisis migratoria tiene, en cierta forma, que ver con el señuelo de Canarias (la cercanía, el paralelismo de la historia y su papel de lugar de paso), una tierra pobre que emigró para dejar de serlo y vuelve ahora a la casilla de salida, sin turismo y con los versos de Pedro Lezcano arrepintiéndose de hacer de nuevo la maleta, “la que mi abuelo se llevó a La Habana, mi padre a Venezuela”.

Las clases bajas nos despiertan más simpatía, nos unen los orígenes. Los que nacemos sin hacienda vamos por la vida sin estoperoles, como dicen en América, nunca seremos ricos, en esencia, como el negro nunca será blanco ni falta que le hace. El racismo es una paranoia que resurge en Estados Unidos del dislate de la represión policial, pero subyace en nuestras aulas y en ciertas voces públicas inauditas que se incomodan con la foto falsa de los migrantes en la piscina de un hotel y prefieren la de Efe de un puñado de africanos apiñados a cubierto de una mesa, bajo un sol de justicia en el muelle humillante de Arguineguín. Cuatro mil africanos se reparten entre carpas, pabellones, terreros y apartamentos turísticos vacíos en Canarias. Y ya han empezado a registrarse incidentes. Todavía esto no es Lesbos, la isla presidio de los migrantes de Grecia (que se frota las manos con su Canarias particular de tapón de pateras), en cuyo campamento de Moria, con más de 12.000 refugiados, se suceden los incendios de protesta y la policía responde con gases lacrimógenos. ¿Qué tiene que pasar aquí para que el ministro de Migraciones tome un avión y venga a donde no nos comemos a nadie? Viéndole engrosar la nómina ilustre de godadas ministeriales, encaja entre torpes, indolentes y cabezas de turco que le precedieron. El ministro debería venir en patera como en la penitencia de la viñeta de Suja en DIARIO DE AVISOS.

En vísperas del curso escolar, digamos que hay ejemplos admirables del éxito académico de niños inmigrantes. La escuela es un foro de mestizaje, que aglutina a más de cien nacionalidades en centros del sur de Tenerife. Los chiquillos senegaleses tenían fama de aplicados en la escuela en la crisis de los cayucos. Los niños de Casamance eran fieles a su historia, a su estuario de los esclavos a manos de galos y portugueses y emigran por instinto. El compositor e intérprete Youssou N’Dour se movilizó para evitar que aquella generación abandonara el país y alentó a las madres a unirse para impedirlo. No son tiempos idóneos para emigrar, porque el mundo se ha quedado sin paraísos, de cuando los canarios hace setenta años arribaban apretujados en motoveleros clandestinos a La Guaira, Carúpano, Margarita o Trinidad, en la Venezuela de los años dorados de nuestra diáspora. Emigrar es romper amarras, volver a nacer tras cortar el cordón umbilical, dejar atrás la sombra para ir en busca del porvenir limpios de polvo y paja. En nuestro caso es una eterna retahíla, de la que no nos libramos, por activa o por pasiva. ¿Quién nos asegura que no volveremos a emigrar como antaño, cuando hacíamos travesías más largas y temerarias que estas pateras que salen de costa a costa a tiro de piedra?

Me acuerdo siempre de Salimata Sangaré, de Costa de Marfil, que batió un récord de 15 días de supervivencia en una patera viendo tirar a los muertos por la borda. De los 11 cadáveres momificados del yate de las Barbados, en el Caribe, que había partido de Cabo Verde, cuya pista rastreó el periodista Juan Manuel Pardellas. De los niños muertos que eran extraídos de las aguas como peces en la costa de Los Cocoteros (Guatiza, Lanzarote). De este suicidio colectivo que cruzan con los ojos vendados por el sueño de la suerte hasta que la fortuna les sonría. En estas islas no estamos para fiestas. La que nos ha caído encima y lo que está por llover auguran tiempos difíciles. Pero hemos sido siempre hospitalarios. No es un mero cliché. Hemos tendido la mano a los vivos y dado sepultura a los ahogados. La inmigración es la historia que remueve las aguas de la conciencia y se busca en sus orillas. Todos los pueblos han emigrado y lo volverán a hacer. Los hombres, mujeres y niños que emigran hacen grande el destino de la humanidad. Si nuestros antepasados se hubieran quedado paralizados en sus confines, nosotros no estaríamos hoy aquí. Estoy hablando de la historia de las civilizaciones. De los seres humanos que nos precedieron con su impronta nómada y su arcano constante, que propulsaron una estrategia de expansión partiendo un día de los orígenes más remotos, de Botsuana, de África, al sur del río Zambeze. Del ámbar de África. Del cielo copioso y claro de África. De la tierra, desierta o habitada, de la auspiciadora África. Del germen. Y del ámbito de su mar, que es el mar de este coloquio de las migraciones humanas. Los gobiernos pasan. El emigrante es, por definición, el mundo en movimiento, el cultivador, aquel que esparce la semilla y deja crecer a su paso todos los frutos de su imaginación. El que no se lo piensa dos veces, suya es la idea y la acción. De ahí venimos, de ellos y de nosotros, que hicimos las Américas en telémacos y valbaneras, entre la vida y la muerte. No se entendería Europa sin la incontinente África, como no se entenderían las islas sin nuestra sed de continente.

El paraíso, si ha de volver a ser tras la ínclita pandemia, será con los de dentro y los de fuera. Porque no hay paraíso sin visitante y huésped. Ni nada como la estancia y la acogida que dé más sentido a este caravasar. Las visitas nos interrumpen la siesta, nos alteran la rutina, la famosa soñarrera, pero son la bienvenida. O estaríamos acabados. Ahora mismo nos enfrentamos a los antagonismos de la recepción. Se alzan voces contra los parientes lejanos de la costa de al lado, y, a su vez, bebemos los vientos por ver entrar por los aeropuertos las riadas de turistas a que estábamos acostumbrados. Nos pasa lo mismo, a los inmigrantes y a nosotros, en estos momentos. Buscamos sombra debajo de una mesa.

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