tribuna

Desburocratizar

Hace no muchas fechas, la catedrática de Economía de la Salud y profesora en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Beatriz González López-Valcárcel, hizo unas interesantes declaraciones

Hace no muchas fechas, la catedrática de Economía de la Salud y profesora en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Beatriz González López-Valcárcel, hizo unas interesantes declaraciones en las que, entre otras muchas cosas, confesó que durante el estado de alarma se había tenido que aparcar la Ley de Contratos Oficiales porque, caso contrario, todavía hoy estaríamos esperando las primeras mascarillas, así de enrevesada es la burocracia en España. Nadie debería protestar por que se actuase de esa manera, porque aunque el fin no justifica los medios eran vidas las que estaban en juego. Pero tampoco nadie debería rehusar el debate y reflexionar sobre si esa misma burocracia inflexible que podría haber costado un número de vidas todavía más elevado, no es el mayor freno a nuestra economía. También sobre si los medios a emplear deben ser similares.

Si damos por bueno el dato de que a Canarias vendrán 5.000 millones de euros procedentes de los fondos europeos para superar este momento de crisis, deberemos hilar muy fino para no desperdiciar semejante estímulo económico. No valen solo proclamaciones más o menos grandilocuentes señalando la importancia de la construcción, ahora que la máquina turística se gripó. Es evidente que por talento, por oportunidad y por vocación, la capacidad del sector para tirar de la economía es muy considerable. Y los empresarios estaremos siempre por la labor de no perder un vagón que puede ponernos rumbo a la historia y a un nuevo futuro. No pedimos demasiado a cambio: flexibilidad para que los proyectos no se trunquen, se pierdan en el tiempo o se eternicen sin que puedan contribuir en la medida de lo deseado a paliar los problemas derivados de este maldito virus.

Existe la tentación de caricaturizar nuestros planteamientos con una frase que aspira a ser definitiva, como si alguna vez hubiese formado parte de nuestras intenciones, aunque haya hecho fortuna en el imaginario popular: no es barra libre lo que solicitamos, no un escenario en que cada cuál haga lo que le dé la gana sin atenerse a responsabilidad alguna. Al contrario, pretendemos licencias rápidas y exigencia para todos, porque no hay dos partes en la que de un lado están unos piadosos protectores de los intereses generales (arrogándose una exclusividad que es muy discutible) frente a unos malvados empresarios que solo mirarían por lo suyo. A muchos nos duelen las islas, básicamente porque creemos que podemos hacer mucho más de lo que en la actualidad nos permiten. Miramos estupefactos cómo se anuncian costosos programas de infraestructuras sin reparar en que siquiera los áridos estarán disponibles para ello, por impericia burocrática, como no nos cansaremos de denunciar. Un problema de planificación de quienes creen que todo requiere planificación. ¿Se pueden hacer obras sin áridos? Pretenderlo es solo creer en que es posible amoldar los hechos a la voluntad pero los que nos dedicamos a esto sabemos los inconvenientes que presenta. Sirva como ejemplo lo que sucede con las licitaciones de la Autoridad Portuaria, muy por debajo de su potencial al no poder las contratas garantizar el suministro de relleno imprescindibles para llevarlas a efecto. O se arreglan esas disfuncionalidades o, sencillamente, será imposible acometer el desafío.

Funcionarios, no solo políticos, imbuidos de un poder superlativo sin análoga responsabilidad. Con capacidad para retrasar proyectos sin que tengan que responder por su actitud, genera una asimetría en la labor de los distintos actores. Ellos exigen plazos a terceros que jamás operan cuando de ellos se trata, como sufrimos quienes desesperamos viendo como se encarecen artificialmente proyectos por esa inacción. Una propuesta de valor parada carece de él y da igual la inversión que haya sido precisa, hasta que no está entregada en mano de su comprador, lo que vamos acumulando son pérdidas que normalmente no son fáciles de presupuestar.

Reflexionemos si no ha llegado el momento de liberar todo el talento empresarial que existe en las Islas, ponerlo a su exclusivo servicio con las cartas sobre la mesa: diseñemos lo que se puede hacer y permitámoslo, sin trampas ni vueltas atrás. Es el modo en que podría aspirarse a facilitar el crecimiento de todo lo relacionado con el lujo turístico, aquel que permite aumentar el ingreso sin necesidad de incrementar el número de visitantes, permitiendo la construcción de muelles deportivos de primer nivel o haciendo viable la creación de una sala VIP en los aeropuertos para quienes viajen en su avión privado. Ese tipo de cosas, que requerirá de la acción coordinada de empresarios y el arrope de las administraciones, no tanto para financiar como para facilitar. Será siempre mucho más productivo que seguir planificando sin conseguir pasar del papel a la realidad.

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