Por qué no me callo

El don de la máscara

Le hemos visto las orejas al lobo y ya creemos que todo cuanto se mueve tras la máscara es pura progenie, manada de lobeznos. No habrá manera de sacarnos de esta pesadilla y suspicacia, vamos a pasarnos una temporada desconfiando de lobos como la Caperucita Roja de Roald Dahl, que eliminó al suyo particular y […]

Le hemos visto las orejas al lobo y ya creemos que todo cuanto se mueve tras la máscara es pura progenie, manada de lobeznos. No habrá manera de sacarnos de esta pesadilla y suspicacia, vamos a pasarnos una temporada desconfiando de lobos como la Caperucita Roja de Roald Dahl, que eliminó al suyo particular y se paseó airosa por el bosque con un sobrepelliz de piel. Contra todo pronóstico, hemos cruzado el Rubicón y estamos ya en otoño, que era la estación mítica de una muy controvertida eventualidad de otra ola de COVID cuando nos las prometíamos felices y confiábamos, aún novatos, en que el confinamiento había dado al bicho con la puerta en las narices.

A estas alturas, ya no sabemos si meternos en un búnker hasta el 2023 o meternos con Isabel Díaz Ayuso como en Vallecas y el Madrid menesteroso. El otoño es la puerta de las gripes. Me vacunaré de la estacional, como cada año, y tendré en mis oraciones a la de Oxford, que tiene problemas. En la carrera por la vacuna se ha abierto una especie de segunda vuelta de la conquista del espacio. Pero en lugar de los rusos -cuya temeridad no tiene límites, como hemos visto con su vacuna Sputnik V, aprobada pasándose por el forro todos los ensayos clínicos-, son los chinos los que optan al cetro, como venían haciendo, a la chita callando, con su Nueva Ruta de la Seda. Y el yanqui está a lo suyo, a las elecciones de noviembre y el sálvese quien pueda. No hay rumbo en el mundo, por primera vez en décadas. Como en aquella sentencia de Flaubert, los viejos dioses han muerto y los nuevos no han llegado todavía. Este es el momento en que el ciudadano está solo. El tablero se recompondrá y cada trebejo ocupará su escaque, y el que no se ha escaqueado tiempo ha tenido.

Nos ha caído encima otoño como un diktat. Esta semana nos la jugamos, decía el presidente del Cabildo, en todos los sentidos: epidemiológicos, turísticos, escolares, sociales. Si la fiera es contenida a tiempo y se amansa con el otoño cálido que al parecer tendremos, vendrán turistas y les haremos la PCR. De lo contrario, con fuertes rebrotes de COVID y la vacuna de Oxford haciendo aguas, nos aferraremos a la mascarilla, que, según expertos de California, actúa como un elemento de variolización al estilo de los tiempos de la viruela, en que antes de que se diera con el antídoto, se inoculaba en el individuo para preservarlo. La mascarilla, de la que hemos descreído, como un retal azul detestable, que diría Bernard-Henri Lévy, resulta que, a todos los efectos, es nuestro clavo ardiendo hasta que rusos, chinos, británicos y americanos se dejen de conquistas del espacio y lancen una vacuna universal solvente. El estudio afirma que protegernos la cara con el tapabocas equivale a inmunizarnos en la práctica, pues allí donde se hace de modo generalizado, los que contraen el virus son asintomáticos en un 80 por ciento de los casos. ¡Quién da mas!