Tribuna

Expertos en terracota

Al final todo se arregla con una comisión de expertos. Estos son los que tienen autoridad, en el último minuto, para alterar lo planteado anteriormente

Al final todo se arregla con una comisión de expertos. Estos son los que tienen autoridad, en el último minuto, para alterar lo planteado anteriormente. Da igual que existan o no, que sean de carne y hueso o como el ejército de terracota del mausoleo de Qin Shi Huang. Lo cierto es que, en caso de apuro, sirven para hacer lo que ellos digan, sobre todo si lo que aconsejan es lo contrario de lo que se había propuesto con anterioridad. Ahora parece ser que se han reunido para decidir sobre el aumento del IRPF. Sánchez había dicho que no habría subida impositiva mientras no alcanzáramos los niveles del PIB anteriores a la pandemia, pero Iglesias anda por territorios opuestos. También dijo que el sistema constitucional y la monarquía, incluida en él, eran intocables, pero, ya ves, ahora estos elementos se han colocado en el platillo de la negociación de los presupuestos por parte del vicepresidente Iglesias. Alguien se pregunta cómo acabará todo esto. Me temo que igual que siempre, porque aquí se ha descubierto que las promesas y las declaraciones no sirven de nada, porque la credibilidad es un valor que ha dejado de existir, que es cambiable y manipulable, y lo que ayer era una verdad rotunda hoy deja de serlo. Basta con que la señora Calvo se asome a los medios y diga aquello de: “eso fue antes de mayo”. El gran cambio consiste en el descubrimiento de que el personal está dispuesto a tragárselo todo, y que, con expertos o sin ellos, se puede mudar la opinión y la senda de lo proyectado y no pasa nada, porque hay un pueblo adormecido, como hibernado, al que poco le importa lo que ocurra si viene envuelto en el debate estúpido de las dos caras eternas de la moneda. En la batalla de comunicación que se libra entre lo racional y lo emocional gana esto último por goleada. Así ha ocurrido en todas las partes del mundo cuando han estado a las puertas de entrar en lo catastrófico y han logrado atravesarlas. Después vienen las lágrimas sobre la sangre derramada, pero ya no hay remedio. Como grupo no conseguimos acertar con nuestro comportamiento, a pesar de que la ciencia estadística asegure que dentro de lo que marcan las medias es donde vamos a estar más seguros. Nada se gana diciendo la culpa es de todos. Entre ellos habrá alguien que tenga más responsabilidad que los demás. Mal de muchos, consuelo de tontos. Estamos asistiendo al espectáculo del matrimonio mal avenido al que la suegra recomienda que se paseen del brazo por la plaza mayor para evitar habladurías. “Tú vete con la cabeza bien alta, mi niña. Ya se callarán.

Demuéstrales que todo es normal”. Lo peor es cuando la culpa la tiene un antiguo pretendiente que fue negado cada vez que mostró su predisposición. Ya se lo decía la abuela: “Cásate con él, es lo más conveniente”. Pero ella erre que erre. Las abuelas saben de eso. “Hija, lo importante es que te quiera y te respete”. Hay ruido en el gallinero. El de la coleta quedó herido en la última batalla y va a por todas para intentar restañarlas y recuperar lo perdido. Esa debilidad no es conveniente recordarla y cada día que pasa lo metemos más en el carro del triunfo aparente, dándole el chance que no tiene, y, a veces, cuando se trata de jugar con las cosas de comer, quitándoselo, como en el caso de la fusión de Bankia con la Caixa. Ahora saldrán a decir que devuelvan el dinero del rescate, de la misma forma que todos nuestros problemas se resolverán siguiendo la pista del que le regalaron a Corina. Villarejo, el deleznable manipulador de las cloacas, se ha convertido en el colaborador número uno de los antisistema, aunque ellos no lo pretendan. Por si alguien tenía dudas vamos al mismo escenario de la censura y de la investidura, con todas sus cesiones e ingredientes. Salomé, moviendo la coleta y bailando medio petuda, le está exigiendo a Herodes la cabeza del Bautista, y éste se la va a dar. Tiene toda la pinta. Solo falta que se lo aconseje una comisión de expertos, inmovilizados como ese ejército chino de terracota que hace guardia en la tumba de un emperador. Poco poder podrá tener ese imperio sustentado en un símbolo esculpido en piedra. Lo malo es que nos arrastre a todos a una ficción de cuerpos embalsamados, gatos disecados y barcas para navegar por tierra firme. Está en la Historia, y yo creía que lo habíamos superado.