el charco hondo

Facilismo

En el pasado, la cultura fue a menudo el mejor llamado de atención ante los problemas, una conciencia que nos impedía dar la espalda a la realidad cruda y dura de nuestro tiempo. Ahora, más bien, es un mecanismo que nos permite ignorar los asuntos problemáticos, distraernos de lo que es serio, sumergirnos en un paraíso artificial, poco menos que el sucedáneo de una calada de marihuana o un jalón de coca, es decir, una pequeña vacación de irrealidad. Fin de la cita. Mario Vargas Llosa retrató así de bien, 20 años atrás, La civilización del espectáculo. He recordado aquel libro -editado por Alfaguara en 2012- ahora que ante la segunda ola del virus reincidimos en la vacación de irrealidad de su primera entrega. Creo que fue Javier del Pino (una de las inteligencias más elegantes del país) quien verbalizó nuestro proceder durante la primera ola: instagramear. No nos llevamos bien con la realidad real. Somos una generación criada en la ficción, entrenada para relativizar los contextos. Durante el confinamiento y la desescalada optamos por instagramear la pandemia, envolviéndola en un celofán de aplausos sincronizados y eslóganes a los que les sobraría espacio en los sobres de azúcar -saldrá bien, saldremos mejores u otros-. Y no. No salimos bien, ni mejores. Nos hicimos trampas al solitario. En marzo, abril y mayo nos refugiamos en un relato más infantil que adulto, nos envolvimos en cifras, no fuimos capaces de poner cara, nombre, historia, familia, viudo o huérfano a decenas de miles de muertos. Cometimos el error de cerrar los ojos a las UCI, a los encamados, al dolor sin filtros, a la muerte, a la guerra que se libró -y sigue sufriéndose- en los hospitales. Posiblemente sin filtros habríamos comprendido la gravedad de la situación, y hoy no estaríamos, con la segunda ola encima, a la cabeza de contagios y muertes en Europa. Maduremos. Convivamos con la segunda ola como adultos, dejemos que las cámaras nos muestren lo que realmente está pasando, pongamos cara a los muertos, no caigamos otra vez en el error de construir un relato construido para poder ser emitido en horario infantil. Quizá haciéndolo distinto esta vez -sin repetir las torpezas de la primera ola- lograremos que el sentido común arrincone a irresponsables e inconscientes. Algo no estamos haciendo bien los españoles, probemos a cambiar la actitud. Volviendo a Vargas Llosa, no nos dejemos arrastrar otra vez por el facilismo y la superficialidad de la civilización del espectáculo.

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