por qué no me callo

Generación COVID

Con un millón de muertos se puede hacer literatura, pero en el mundo no se muere solo de coronavirus. El riesgo de hacer de esta enfermedad el monotema de la salud, como ha ocurrido, es que perdemos la perspectiva y el gran angular. En el mundo se muere a diario de cáncer, del corazón y […]

Con un millón de muertos se puede hacer literatura, pero en el mundo no se muere solo de coronavirus. El riesgo de hacer de esta enfermedad el monotema de la salud, como ha ocurrido, es que perdemos la perspectiva y el gran angular. En el mundo se muere a diario de cáncer, del corazón y de obesidad, entre múltiples afecciones que estaban presentes antes del 14 de marzo y siguieron estándolo con posterioridad al 21 de junio, es decir antes, durante y después del estado de alarma. Lo que ha hecho la COVID es monopolizar la atención, seducir a los científicos y prometer votos a los políticos a cuenta de la vacuna. Dicho lo cual, aceptemos la gravedad del virus. Se mire por donde se mire. Sanitariamente, no tanto por ese millón de muertos, que compite en inferioridad de condiciones con los 35 millones del sida o de la malaria, como por el colapso de hospitales y la saturación del personal médico. Y económicamente, porque ha partido por la mitad el PIB de la Humanidad entera y nos va a dejar a todos una larga temporada fuera de combate. Esta es la generación de la COVID, llamémosla ya por su nombre. No la del 5G, ni la de Ansu Fati. Y lo que le ha tocado vivir y lo que te rondaré morena es lo no visto en cien años a la redonda. Venía cargado el siglo XXI con su cohetería tecnológica y su Al Gore y su Greta Thunberg. Y resultó, de pronto, que la verdad más incómoda sería el virus chino, que ha dado el argumento electoral a Trump, quizá el primer muerto político del coronavirus que pretende resucitar en las urnas. La causa contra el cambio climático lo tenía todo a su favor. Las multinacionales ya habían metabolizado la inversión paliativa ante el CO2 y apostado por el coche eléctrico. Ha sido de la noche a la mañana como se ha colado la pandemia y ha obligado a los guionistas a trabajar a destajo en el nuevo culebrón. Saldremos del coronavirus y la generación de la COVID -que le ha visto las orejas al lobo- será ecologista pero del medio ambiente y de la salud. Del planeta y las personas. Lo cual trae a colación -con sus tópicos y simulaciones- aquella vieja teoría de nuestro globo como la metáfora de un organismo vivo, aquella hipótesis Gaia que nos llevó a leer hace 40 años las ideas entonces revolucionarias del químico Lovelock, como de Allan Poe pasamos a Lovecraft, atrapados por la Tierra y el terror. Ambas cosas están ahora mismo de máxima actualidad y, a mi juicio, darán sentido a nuestras vidas futuras de inmediato. Como quiera que el miedo se ha adueñado de nosotros quizá para siempre -ya no quedan curanderos que nos quiten el susto con albahaca y oraciones-, vamos a tomarnos en serio, en lo sucesivo, lo del calentamiento global y las pandemias. Cousteau escribió aquella carta de los derechos humanos de las generaciones futuras, que envió a la ONU desde un buzón de La Laguna. Falta alguien que, a la vista de los acontecimientos, escriba la misiva de los derechos y deberes de la generación COVID. Y acaso deba hacerse, también, en la misma ciudad que prepara una cita con Fernando Simón, que viene, por cierto, de volar en globo.