Por qué no me callo

La escuela de Marcel Marceau

Cada colegio es un mundo. Desde este martes todo girará en torno al día a día del aula global. McLuhan año 2020. El aula global fijará el posterior desarrollo de las políticas gubernamentales. Si todo va bien y la población infantil aguanta el tirón y sale airosa, el colegio dejará de ser demonizado como el […]

Cada colegio es un mundo. Desde este martes todo girará en torno al día a día del aula global. McLuhan año 2020. El aula global fijará el posterior desarrollo de las políticas gubernamentales. Si todo va bien y la población infantil aguanta el tirón y sale airosa, el colegio dejará de ser demonizado como el supercontagiador de la nueva ola de COVID. Pero si el foco se traslada a la granja docente, a esa kibutz, tendremos como Israel que aplicar confinamientos, cerrar filas de nuevo y hacer cuarentenas y toques de queda, solo que jamás volveremos a hibernar la economía. Pero en la practica, habrá un estado de alarma con el nombre que se le ponga en cada autonomía, y si la incidencia acumulada se nos va de las manos, habrá turismo cero de facto, que fue lo que adoptamos cuando el cierre de fronteras. El colegio, la burbuja, el aula y el hogar van a ser el siguiente polo de atracción, entre ellos habrá un hilo conductor y se aplicará la lupa como al ocio nocturno. En multitud de regiones y países se están prescribiendo restricciones ad hoc. En unos sitios se limitan las reuniones a media docena de personas, en otros se confina con criterios quirúrgicos a partir de una hora determinada, y en muchas partes, como en Canarias, se rastrea a colectivos enteros y se promueve la PCR en cribados estratégicos, pues la OMS aboga por la detección precoz de la enfermedad. Ahora parece que en las casas se va a contener la respiración hasta que pasen unos días y se normalice la rutina como parte de esa dieta cotidiana de calma tensa, cual Letizia presintiendo a su hija Leonor sin clase presencial y expuesta al virus por un caso positivo en el centro. Hasta que la vacuna, inyectada o nasal, americana, rusa, china o inglesa no salga al mercado y esté a la venta por unos euros, nos tenemos que acostumbrar a la inmunidad de rebaño. Que era el abc de los coronavirus precedentes hasta que estalló este de Wuhan y se colapsaron los hospitales exponencialmente. No olvidemos dónde estamos y qué estragos hace, por ejemplo, la gripe estacional, para la que sí contamos con vacuna. En 2018, la padecieron en España unas 800.000 personas y fallecieron unas 15.000. De COVID hay aún menos de 600.000 y el doble de fallecidos. Cuando las vacunas entren en escena, el SARS-CoV-2 devendrá en gripe estacional. Seguiremos saludándonos mímicamente, como quiere Tedros Adhanom, que nos acaba de prohibir el saludo con el codo, después de meses de entrenamiento, para volver al repertorio de ademanes orientales, de cabezadas y manos al corazón, o, como ya sugerían al inicio en China, mediante el Wuhan shake, consistente en tocarse el pie de derecha a izquierda, a riesgo de perder el equilibrio y darse un partigazo. A Marcel Marceau le pregunté por sus pantomimas y mimodramas con suéter a rayas y sombrero de copa gastado con una flor sentimental, y me pareció un personaje insólito de acrobacias histriónicas obligadas por una especie de ley del silencio. Pero la realidad es esta, hoy todos somos Marceau, con la boca tapada y haciendo gestos en el aire como marionetas.