santa cruz

Leto Valladares, un chicharrero centenario

Popular vecino del barrio de Regla, que durante 40 años trabajó en la Refinería de Cepsa
Leto Valladares Barbuzano. J. M. L.
Leto Valladares Barbuzano. J. M. L.
Leto Valladares Barbuzano. J. M. L.

Leto Valladares Barbuzano cumple hoy 100 años. Nació el 9 de septiembre de 1920 en la casa de sus padres, sita en el número 14 de la calle Regla, en el barrio de Los Llanos, en la Villa y Puerto de Santa Cruz de Añazo. Fue bautizado en la parroquia matriz de Nuestra Señora de La Concepción. De niño fue a la escuela de doña Carmen. Llevaba una banqueta para sentarse porque no había sillas ni mesas. Esta maestra daba clase a todos los niños y niñas de Los Llanos en la misma aula. Le gustaba jugar a la pelota en la playa de Añaza, o en el campo de Chovito, donde entrenaban el Regla y el Real Unión. Llegó a ser portero titular de El Español, equipo del barrio del Toscal. Fue miembro de los Exploradores de España, con los que ascendió al Teide en 1931.

Su infancia la pasó merodeando por la fábrica de gas, situada al lado de su casa, la cual había sido inaugurada en 1906 y funcionó hasta 1932. En su lugar se encuentra hoy el Intercambiador de Transportes y el Palacio de Justicia. Fue uno de los pocos niños que nació después de la epidemia de fiebre española (1918), cuya mortalidad fue del 5,4 por cada 100.000 habitantes, y cuyos enfermos pasaban la cuarentena en el Lazareto, en el actual Palmetum.

En la playa de Añaza, también llamada de La Carnicería, solía presenciar la matanza de animales en el matadero municipal, con el consiguiente reguero de sangre que corría hacia el mar. En los veranos se bañaba en la playa de Regla, donde hoy está el Parque Marítimo. Le gustaba acercarse hasta el Reducto, situado al final del camino de Las Cruces, donde los mayores del lugar se reunían a charlar.

Cuando solo contaba dos años de edad, todo el barrio de Los Llanos volvió a quedarse aislado del centro de la ciudad, pues durante el temporal que asoló la Isla en diciembre de 1922, las aguas del barranco de Santos derribaron el puente del Cabo, una vez más. Por ello, cuando se inauguró el puente Galcerán, que unía las dos márgenes del barranco Santos, su padre le llevó a ver la prueba de carga y la inauguración, el 19 de octubre de 1929. También, en 1944 presenció la apertura del Puente Serrador, que comunicaba el barrio con la ciudad, a través de la calle del Norte (Valentín Sanz). Puente realizado con el fin de que los ciudadanos pudieran venir a comprar al Mercado Nuestra Señora de África. Ambos proyectos fueron llevados a cabo por el Mando Económico.

Leto siempre tuvo la ilusión de realizar las maquetas de las ermitas de Regla y San Telmo, la Iglesia de La Concepción, el Castillo Negro… Los estudios de bachillerato los inició en el Establecimiento de Segunda Enseñanza, en la plaza Irineo González de Santa Cruz. Los terminó en el Instituto de las Islas Canarias, en La Laguna, siendo la primera promoción de bachillerato del plan 1932. Desde aquella época ya se fugaban de clase en el día de San Diego, para ir a contar los botones al Santo. Luego estudiaría la carrera de Aparejador, en La Escuela Politécnica de la Universidad de San Fernando, de La Laguna, finalizando en 1945.

Fue llamado a filas en octubre de 1938, como mozo perteneciente al reemplazo de 1941. Ingresó en el cuartel de San Carlos, pues fue dispensado de ir a la Guerra Civil española por tener dos hermanos luchando en el frente de batalla. Aunque se licenció en 1942, durante los veranos de los tres años siguientes realizó las Milicias Universitarias en el cuartel de Hoya Fría, obteniendo el grado de Alférez de Complemento en el cuartel de Artillería del Córdoba en 1946, donde tuvo la oportunidad de ver torear a Manolete.

Al regresar a Tenerife, comenzó a trabajar como aparejador técnico en el Cabildo Insular, a la vez que desempeñaba el cargo de secretario accidental del Colegio de Aparejadores. De esta etapa recuerda haber colaborado en el replanteo del tramo de carretera que unía El Palmar y Teno Alto. Como prueba de fe de vida, todos los años acude al Colegio de Aparejadores y les dice: “¡Aquí estoy yo!”.

En 1948 entraría a trabajar en la Refinería de Petróleos de Santa Cruz de Tenerife, donde permanecería 40 años. En los primeros años de expansión de esta empresa, llegó a formar parte del equipo de ingenieros americanos que vinieron a realizar la ampliación del muelle de La Hondura. También fue enviado a realizar las obras de montaje de Cepsa en El Aaiún, y de la Refinería de Algeciras. Durante estos 40 años, todos los días se levantaba a las seis de la mañana, jamás faltó a su cita, y nunca estuvo de huelga. Recuerda el año 1985 en que reventó uno de los tanques de la Refinería y provocó tres heridos. Junto con sus compañeros colaboraría en la extinción del incendio. Al regresar a su casa iba prácticamente sin ropa, chamuscado, agotado, pero con la satisfacción de haber cumplido con su deber.

En 1949 se casó con Blanca García Santos, joven palmera con la que había mantenido relación epistolar durante varios años. El matrimonio se instaló en Santa Cruz de Tenerife, donde con esfuerzo, dedicación y cariño, tuvieron una familia, formada por Piluca, Javier, José Carlos y Blanca, quienes le han dado 7 nietos y 5 biznietos, de los que se siente más que orgulloso. En su mente y en su corazón siguen presentes su padre, su esposa y sus dos hermanos, Juan y Basilio.

Repasando su álbum de fotografías, al ver su promoción de bachillerato (1932-1939), no puede reprimir unas lágrimas: “Me he quedado solo. Mis recuerdos que solo son ausencias, / calman la soledad en que ahora vivo / y en las ausencias todo está presente”. Conoce muy bien Santa Cruz, pues desde que era niño recorría la ciudad de la mano de su padre. En sus cien años de vida ha sido testigo de su crecimiento y expansión.

Sufrió en carne propia la expropiación de la casa familiar y el patio anexo, cuando en 1958 se llevó a cabo el Plan General de Ordenación (Plan Cabo-Llanos), para la ejecución de la avenida Marítima de acceso al Puerto de Santa Cruz. Este desplazamiento les ocasionaría un enorme desarraigo vecinal, al estar acostumbrados a la convivencia y concordia entre los vecinos; aunque esta armonía sigue perviviendo cada 8 de septiembre, cuando se reencuentran en los alrededores de la ermita de Regla para celebrar todos juntos su festividad.

Leto ha sido y es un hombre de ley, orden y paz, partidario de la armonía y el entendimiento. Su honradez y caballerosidad le han hecho amigo de sus amigos. De niño, fue monárquico; a los 11 años, republicano; a los 18 años, del Bando Nacional; en la época franquista, del Sindicato Vertical. Votó ‘Sí’, a la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado. Ha sido juancarlista y ahora es felipista. Y sigue pagando sus impuestos.

Ha conocido a una veintena de alcaldes, ha vivido los cambios en la política nacional e internacional y nunca ha entendido el terrorismo. Ha sufrido el pleito insular; aunque, como gran aficionado al Tete, el equipo de su vida, la única pelea que le divierte es cuando le ganamos a la Unión Deportiva. En las reuniones familiares, a la que también acuden sus sobrinos y algún que otro allegado, suele cantar boleros, tangos, vals, isas, malagueñas, etc. Y siempre cierra su actuación con el himno familiar, la habanera La Perla.

Condujo su coche hasta la edad de 90 años. Curiosamente, le renovaron el carnet hasta este 2020, de su centenario. Todos los jueves solía recoger a sus amigas para ir a jugar a la canasta en el Real Club Náutico y, después de

una merienda-cena, las volvía a dejar en sus hogares, pues no era prudente que unas damas anduvieran solas por la calle a esas horas.
Leto, un gran chicharrero centenario, solo ama a su familia, más que a su ciudad, Santa Cruz de Santiago de Tenerife.

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