CONVERSACIONES EN LOS LIMONEROS

“No quisiera morirme sin ver publicada mi ‘Historia de la Cámara de Comercio”

Salvador Gómez Rodríguez, historia viva de Santa Cruz, nació en la capital tinerfeña en 1937, cuando media España disparaba contra la otra media

LIMONEROS SALVADOR GÓMEZ RODRÍGUEZ
Salvador Gómez Rodríguez. Fotos: Tony Cuadrado

Salvador Gómez Rodríguez nació en Santa Cruz en 1937, cuando media España disparaba contra la otra media. Vivió un tiempo en las Cuatro Torres, allí donde la ciudad se allana, y es descendiente de Pepe el Sopo, que enseñó a luchar al maestro Camurria. Se quedó sin padre muy pronto, a los 12 años, y empezó a trabajar en la Cámara de Comercio, Industria y Navegación como meritorio y acabó siendo jefe de negociado y Medalla de Plata y de Oro de esta institución, tras más de medio siglo luchando por ella. Fue uno de los hombres que inventó la publicidad en las Islas, gracias a su trabajo como publicista -en sus horas libres- en Alas, Enazul, Arcán, Atlantis y Diana. Ha escrito, en más de 200 folios, la Historia de la Cámara de Comercio de Santa Cruz de Tenerife, pero no ha conseguido publicarla. Saca el original de una bolsa plástica, en los Limoneros. Lo he ojeado y merece ser llevado a la imprenta. Es un poco la historia viva de Santa Cruz. Salvador habla por los codos, tiene una memoria prodigiosa y, qué curioso, es un enamorado de la música paraguaya. Casado, dos hijos, se graduó en Comercio en la Escuela de Santa Cruz, también en sus horas libres.

-¿Cómo se pueden hacer tantas cosas al mismo tiempo?

“Y además me divertía, porque todo era cuestión de organizarse”.

-Se puede decir que ustedes, unos pocos, inventaron la publicidad en la Isla.

“Bueno, yo trabajé con los mejores. Con don Juan Fuentes Bertrán y con su hijo Juan, con Conesa, con Fernández de Vega, Rafael López, César Fernández Trujillo, Pacolín. Y un montón de gente más.

-¿Qué fue de Conesa?

“Vive, vive. Está en Las Canteras y rara vez se deja ver. Pero ahí sigue el hombre, ya jubilado”.

-Te voy a contar una anécdota: una vez, cuando yo hacía un programa de radio en La Laguna, en Radio Popular, al llamar al ascensor me encontré a Conesa en el foso. Se había caído y lo ayudé a salir. Menos mal que era la planta baja. Parece que abrió la puerta, no había cabina y se fue al foso.

“¡Dios mío! Gracias a Dios que llegaste tú. Imagina que llega primero el ascensor”.

-Bueno, había margen; si se agacha, escapa.

“Aquella era una etapa heroica. Mi tutor en la Cámara fue Rafael Clavijo, que era el secretario, antes de lanzarse a la política. Rafael era un tipo extraordinario y un chicharrero ejemplar. Su etapa en el Cabildo fue muy buena, yo diría que de las mejores”.

-Tú sí que eres un gran chicharrero, Salvador. Y con una memoria prodigiosa.

“Me he pasado la vida trabajando. Cuando saqué a la luz la primera de mis catorce publicaciones, que se llamaba Índice Comercial, Profesional e Industrial de Canarias, en el año 72, me fui a Madrid a tratar con Rivadeneyra, propiedad de la familia Montiel, que editaba Semana, As y algunas otras publicaciones. Les dije: “Miren, yo no tengo un duro, no les puedo ofrecer avales, ni firmas, estoy tieso”.

-¿Y qué te dijeron?

“Aquello era un asunto de dos millones de pesetas del año 74. Era mucho dinero. Me dijeron que se lo iban a pensar. Permanecí en Madrid, esperando la solución. Me llamó el señor Montiel en persona y me dijo que de acuerdo, que se fiaban de mi palabra. Y salió la guía, con 1.800 páginas. Publiqué catorce ediciones sucesivas, no todas allí, a diez toneladas de plomo cada una –se hacía con linotipias-. Se pagaron religiosamente y con lo que gané con ellas me compré un coche y un apartamento en Los Cristianos, que aún mantengo”.

-Luego vinieron otras publicaciones.

“Claro, porque yo tenía mucha facilidad para componerlas, con los datos que aportaba la Cámara. Una guía de profesionales, dos guías portuarias de Tenerife y Las Palmas, otra de empresas, un montón de cosas, hasta 14 publicaciones que hoy ya son historia”.

-¿Y qué ocurre con la Historia de la Cámara de Santa Cruz de Tenerife?

“Pues es una pena que no se haya publicado, con lo que significó esta institución para la economía de las Islas. Está completa, incluso con las biografías de todos sus presidentes, de los quince que han existido hasta el momento, pero lamentablemente no encuentro editor y no sé si la Cámara, en su actual estado, tiene posibilidades”.

-El papel de las cámaras de Comercio ha bajado mucho.

“Exactamente desde que las cuotas no son obligatorias para las empresas y desde que cercenaron su economía los políticos”.

-En el año 68 se celebró en Sevilla la Feria Iberoamericana. Tú estuviste allí.

“Yo fui designado director del Pabellón de Canarias. Nos concedieron la Giralda de Oro al mejor pabellón. Aquel fue un éxito internacional de las cámaras de Canarias. Teníamos el pabellón montado en la zona del parque de María Luisa, cerca de la plaza de España. Por allí pasó todo el mundo, desde el general Merry Gordon, que era el capitán general de Sevilla, hasta el cardenal Bueno y Monreal. También los entonces príncipes de España, Juan Carlos y Sofía. Logramos un gran éxito. Recuerdo que repartíamos puritos de Álvaro, atún de los Rodríguez López y caballas de los Novaro Parodi de La Gomera. Aquello se ponía de bote en bote todas las tardes. Llegaron a actuar Los Sabandeños, en sus primeros tiempos, con Elfidio a la cabeza”.

-Tú has estado siempre muy unido a esa familia, a los Rodríguez López, ¿por qué?

“Pues porque Rafael Clavijo casó con una de las jóvenes de la familia y porque don Corviniano, el médico oculista, fue también otro de mis mentores. El que fundó la dinastía de “los Gallos” fue don Juan Rodríguez González, que se casó con doña Rosalía López del Rey y tuvieron 10 hijos. Don Juan fue, en 1879, el primer profesor mercantil de Canarias. Y don Corviniano, que nació en 1901, el primer médico de la saga. No me olvido ni de don Álvaro, ni de don Heliodoro el viejo”.

-Me hablas de la Feria de Sevilla. Con lo pejiguera que era la Aduana de Sevilla, ¿cómo te las arreglabas para entrar el material?

“No me hables de eso. Era yo el que iba al aeropuerto a buscar los productos canarios que regalábamos. ¿Qué cómo me las arreglaba?, pues soltando puros a los aduaneros, que entonces eran artículos de lujo. Así lo pasaba todo para después repartirlo entre el público. Álvaro, el famoso industrial lagunero de los tabacos, hizo un gran negocio porque logró introducirse en la Península con todos los honores. Y el atún y la caballa, no digamos”.

(Salvador Gómez entró en la Cámara de Comercio en 1954 y salió de ella en el 2003. Me cuenta una anécdota del viejo Santa Cruz. Cine Avenida, en Los Llanos. Una película de terror, en blanco y negro. Un enorme animal persigue a una pareja. Él cae en un pozo. Cine en completo silencio. En el pozo habita un enorme pulpo que con sus rejos impide gritar al protagonista. Ella lo llama, desesperadamente: “¡Robert, Robert!”. Y él nada, atragantado, atrapado por el cefalópodo, no puede contestar. Ella lo sigue llamando. Y de repente, en el silencio del cine, un tipo del gallinero que se levanta y dice: “¡No lo llames más, que está pulpiando!”. Fue tal el escándalo que se armó que optaron por detener la película y echar a todo el mundo a la calle).

-Ustedes, los publicistas, formaban un buen equipo.

“Mira, cada Navidad nos reuníamos en el Platillo Volante (famoso bar de la calle Robayna), para celebrar las fiestas. En esas reuniones participaba Joaquín Reguero, inolvidable periodista y publicista, ¡y abogado!, porque también trabajó en Dragados como letrado. A alguien se le ocurrió decir que deberíamos llevarnos a casa, cada uno, un jamón de los que vendía allí don Eligio. A lo que Reguero se negó. Cuando le preguntamos el porqué, Joaquín se sinceró: “Si aquí vendieran látigos yo compraría el jamón y un látigo, porque si yo entro en mi casa con un jamón, aquella jauría se me echa encima y yo sin un látigo no podría controlar la situación”.

-Tú eres un hombre de Santa Cruz. Naciste y viviste en la calle de Los Molinos, conoces a todo el mundo. ¡Cómo hemos cambiado!

“Yo soy un hombre de mundo, he viajado, paso largas temporadas en Madrid, donde vive mi hija, pero es verdad que esto ya es otra cosa. Todo se ha deshumanizado. Yo procuro leer cada día, a mi edad, todos los periódicos. Voy al Recreo, donde llevo 56 años de socio, y hablo con la gente. Tengo muchas bodas de oro ya encima: la del Recreo, la mía con mi mujer, la del Círculo Mercantil, la del Fútbol juvenil, creo que son cinco. He vivido mucho, pero cualquier tiempo pasado fue mejor”.

-Además, has inventado cosas para la Isla. ¿No? Me refiero al mundo de la publicidad.

“No sé si tanto, pero aquí se organizó el primer campeonato de windsurfing en El Médano, que ganó un chiquillo, menor de edad, 13 años, que necesitó el permiso de sus padres para competir y que más tarde fue campeón del mundo. Se apellidaba Duckemberg. Lo patrocinaba uno de mis clientes, Johnnie Walker, cuyo director ejecutivo era don Peder C. Larsen, cónsul de Dinamarca y gerente de Olsen y Compañía. Me invitaron a Escocia para conocer las destilerías. Aquel viaje fue precioso”.

-También estuviste en Asia.

“En los primeros tiempos de la televisión, bueno, no tanto, en 1988, el fabricante Thompson me invitó a Singapur, a un congreso mundial. Yo le hacía la publicidad a una de sus marcas, Normende. Nos alojaron en el Shangri-La. Recuerdo que una noche estaba actuando un grupo en el bar y le pedí que me cantaran India, una canción paraguaya. Y lo hicieron a la perfección. Se me ponía la carne de gallina. Fue muy bonito. Singapur es otro mundo. En el aeropuerto exhibía la maqueta del actual, que dicen que es el mejor del planeta”.

-De tus tiempos de publicista guardas un gran recuerdo. Todo parece que fue ayer.

“Mira, sí. En el 64 empecé en Alas, con Luis Fernández de Vega y Rafael López. Luego, en Enazul, con Aciscla Melián y Paco Conesa. Más tarde, Conesa le compró Arcán a Paco Cruz; también en Atlantis, con la familia Fuentes; y luego refundamos Diana, que Conesa le compró a César Fernández Trujillo, leyenda viva de la radio en la Isla. También hice algunas cosas periodísticas, un programita con Pardellas, en Radio Isla, que ya tampoco existe”.

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Salvador Gómez Rodríguez. Fotos: Tony Cuadrado

-¿Cuántos años abarca tu famosa historia de la Cámara de Comercio, aún no publicada?

“Desde su fundación, en 1901, hasta nuestros días. No me gustaría morirme sin que viera la luz, porque ha sido un trabajo de titanes. Está totalmente terminada”.

-Y llena de nombres propios.

“Claro, don Maximino Acea, Pedro Alemany Sitjá, Rafael Clavijo, Rafael Espejo, José Sabaté, que hoy tiene más de 90 años, tanta gente que ya sé que estaba en todas partes, pero que conformaba la historia de Santa Cruz y de la Isla, las personas más notables de la época: Arturo Escuder, Paco Ucelay, don Ignacio González, el propio presidente actual, Santiago Sesé. Están todos, porque todos trabajaron por los intereses del empresariado isleño”.

-Tú has estado metido en el mundo de la publicidad. Y también en el del humor, porque conviviste con grandes humoristas. Dime dos.

“Reguero y Chela, por este orden. Eran extraordinarios. Qué pena que hayan desaparecido”.

-Hasta el gran periodista Alfonso García-Ramos trabajó en la Cámara.

“Sí, pero en la Cámara de la Propiedad Urbana. Iba un rato todos los días por allí. Era muy amigo de Rafael Clavijo y de Ramón Truhan de Pineda, otro personaje. También frecuentaban el Círculo Mercantil, que tenía una función recreativa”.

(Escribió y publicó Salvador otras guías de éxito: Quién es quién en Canarias, la Guía Azul, ya digo que hasta 14 distintas. Ganó dinero, arriesgó y triunfó. Ahora todo lo suple Internet, pero Salvador se adapta a los nuevos tiempos. El contenido de su pen-drive con la Historia de la Cámara merece ser publicado, porque es como escribir, al menos, la historia de Santa Cruz de Tenerife. Ya ni siquiera va a Los Cristianos, prefiere no salir de Santa Cruz. Si acaso algún viaje a Madrid, a recordar sus tiempos en el hotel Negresco, cuando editaba las guías en Rivadeneyra. Pero ahora el matrimonio se aloja en casa de su hija).

-¿Echas de menos todo aquello?

“Hay que ser feliz en los tiempos que uno vive. Mira, yo vivo bien, lo tengo todo pagado, no tengo hipotecas, ni debo plazos del coche. Vivimos de acuerdo con nuestras posibilidades y no me puedo quejar de lo que la vida me ha dado. Lo he pasado bien, eso sí, trabajando como una mula para poder sacar adelante a mi familia”.

-El mundo ha cambiado por completo con la pandemia.

“Estoy de acuerdo. A mí me cogió en confinamiento, casi, en Madrid. Logré regresar y aproveché los meses en casa para poner en orden mis papeles y mis miles de fotografías. Ha sido un cambio impresionante, pero no sólo exterior, sino interior de cada individuo. Ojalá pase pronto esta tragedia”.
-Ojalá, Salvador.