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Andrea Abreu: “Panza de burro’ es una especie de exageración de mi vida”

Alguien le dijo a Andrea Abreu que no pasa nada en esta novela. En Panza de burro hay bulimia, homofobia, menstruación, envidia, abandono, masturbación, maltrato, homosexualidad, desigualdad y tristeza
Andrea Abreu, escritora
Andrea Abreu, escritora
Andrea Abreu, escritora. Fran Pallero

Por Vanessa Díez Tarí

Alguien le dijo a Andrea Abreu que no pasa nada en esta novela. En Panza de burro hay bulimia, homofobia, menstruación, envidia, abandono, masturbación, maltrato, homosexualidad, desigualdad y tristeza. Esta novela ya comienza como un volcán en erupción y con su crudeza nos va adentrando en el monte, metiéndose casi bajo las faldas del volcán. “El vulcán estaba tapado por las nubes y una neblina baja se balanceaba entre las sábanas que estaban tendidas en las azoteas de las casas”. La panza de burro en la novela se describe y se siente, esa tendencia a la tristeza que arrastra a sus personajes.

-Panza de burro es un libro atravesado por la precariedad y después por la pandemia.
“Está escrito en unas circunstancias de precariedad y si lo pienso es un privilegio, porque yo hambre no paso. Realmente yo no vivo de la escritura. Ahora voy a dedicarme un poco más. En ese momento estaba trabajando en una tienda y tenía que compaginar eso con escribir. Los alquileres en Madrid son caros y queriendo dedicarte a algo que ves resultados con el tiempo, como es escribir, a veces te sientes como que estás perdiendo un poco el tiempo. Así, está escrito en unas circunstancias económicamente difíciles y cuando va a salir la promoción llegó todo lo de la pandemia y todo se complicó. Pero a pesar de eso ha salido bastante bien. No me puedo quejar de nada”.

-El tema cultural, si ya estaba crítico, ahora mismo ha frenado en seco. ¿Qué piensas de todo lo que está pasando con la cultura?
“Creo que es un reflejo hiperbolizado de lo que tenemos metido en la cabeza. No nos puede faltar nuestro café, pero sí nos pueden faltar los eventos culturales, los libros, la música, ¿no? Y creo que eso es un mensaje que nos da el sistema. Como que la cultura es lo último, es lo menos importante. En realidad es una incongruencia. Se me va a pegar el coronavirus por ir a una presentación, pero no se me va a pegar por ir a un sitio cerrado. Es como la exageración máxima de la mentalidad que tenemos en general. Desde que se restringe el mercado de actuación lo que se prioriza es el consumismo de ropa y comida. Tampoco es que se esté haciendo nada para que la cultura pueda subsistir. Negocios como librerías, que ya antes de la pandemia lo tenían difícil, ahora están cerrando”.

-¿Quién no ha estado encerrado durante el confinamiento y no se ha puesto a ver una película o serie o se ha leído algún libro?
“La cultura en realidad es una necesidad. Creo que nunca ha habido una época de la historia en que hayamos tenido acceso a tantos productos culturales. Y sin embargo podríamos darle un poquito más de valor. No obstante, yo soy bastante positiva con eso, porque pienso que cada vez más estamos acostumbrados a pagar por ese tipo de cosas, porque pensamos que tienen un valor importante en nuestras vidas. Antes era impensable pagar por una película o suscribirse a un sitio como una plataforma de series. Hoy en día creo que vamos incorporando más eso. Pagar por cosas culturales. Al menos en mi caso me da sentido consumir productos culturales. Me da sentido leer un libro o ver una peli porque estoy como adicta a las historias y supongo que nos pasa a todas que continuamente queremos consumir historias”.

-Volviendo a Panza de burro, ¿qué te cuentan los lectores?
“Me están pasando cosas muy curiosas. Me está leyendo mucha gente que por lo general no lee. Y eso me interesa mucho. Me gusta más cuando los productos culturales llegan a gente que normalmente no accede a ellos. No me gusta el gueto intelectual. Que la gente tenga un grupo exclusivo al que no se pueda acceder siendo gente de barrio, la gente más normal. Yo me siento de barrio, lo que pasa es que he tenido la suerte de tener acceso a la cultura porque mis padres me han dado una educación. Pero me gusta que un producto llegue a mucha gente y creo que cada vez más, gracias a determinadas vías, como las redes sociales principalmente, mucha gente que apenas tenía acceso a productos culturales como un libro, por ejemplo, lo está teniendo. Y vivir la experiencia de leer un libro, que es una experiencia maravillosa de la que muchas veces se nos priva, porque se plantea como una cosa realmente difícil de acceder si solamente pertenece a un grupo muy cerrado de gente. Estoy contenta por esta parte, porque el libro está llegando a gente que por lo general no lee”.

-Detrás de ese deseo de llegar a todo tipo de gente está ese uso coloquial del lenguaje.
“Escribo de igual manera para gente de aquí como para gente de la Península, como para gente de Sudamérica, como para gente de cualquier lugar. Pienso no solo que en cada ciudad, en cada provincia, hay una forma de hablar propia, en cada barrio hay una historia y unas realidades que son contables con una peculiaridad y una variedad como para aparecer en un libro. Para mí la clave está en tomar conciencia de ese tipo de historias de gente normal como se considera, pero que en realidad no lo es, es gente extraordinaria a la que le pasan cosas inusitadas e increíbles. Cuando pones valor a eso surge un libro así. En realidad parece que intento como enfrentarme a la academia o medio reírme del concepto de español estándar, cuando en realidad lo que hice fue dejarme ir y usar el lenguaje de mi barrio. Dejar pasar a través de mí a todas las personas que he escuchado a lo largo de mi historia. Y lo que tú dices es importante, porque sí que es verdad que las culturas que me han enseñado a hacerlo y me han dado la legitimidad para hacerlo son autoras latinoamericanas. Buena parte de ellas han bebido de la tradición oral que allí es superimportante y en Canarias también lo es. Lo que hago así es relatar una realidad que por lo general se queda fuera de los libros. Hay que usar la riqueza de los lugares, de lo local, de lo propio. Que los libros tengan diferencias y no sean como libros que no parecen de ningún sitio, como libros traducidos. Al final de lo particular nace lo universal. Y creo que si al final se conecta con un libro que habla de un lugar completamente diferente al tuyo es gracias a la experiencia humana que hay dentro de él”.

-Escribe Sabina Urraca en el prólogo de Panza de burro que no es una historia que refleje el habla canaria, ya que cada sitio tiene su manera de hablar.
“Claro, un lugar en concreto a través de la mirada de una persona, a través de la mirada del personaje que esta persona creó. Puede haber varias miradas sobre una realidad. Al final hay infinitas historias que contar. Una cosa que ocurre con el libro es que hay gente que me dice que no ocurre nada. El sopor ese del verano, la sensación de aburrimiento de no salir del barrio está ahí presente, pero en realidad esa era mi intención. Una de las cosas que tiene narrar la vida del barrio es que narras lo cotidiano y no se parece tradicionalmente a lo que asociamos con ocurrir cosas, con la acción”.

-Pues no estoy de acuerdo. A parte de que narras lo cotidiano sí que pasan cosas.
“Claro, nunca había pensado que no pasaba nada porque para mí las cosas que pasan dentro de Panza de burro es la acción de la vida. Son cosas importantes que deberían aparecer en un libro, como el descubrimiento de la sexualidad y las cosas que ocurren de puertas para adentro, como la menstruación. Muchos de esos momentos que han estado en la escena privada de la vida. Hablar de lo cotidiano, de lo privado y de lo que ocurre dentro del hogar, como hace Natalia Ginzburg, aunque su literatura no tenga nada que ver conmigo”.

-¿Qué autoras y autores has leído que te hayan aportado a la escritura? ¿Cuál es el último libro leído?
“Acabo de terminar de leer Las malas, de Camila Sosa, que es una historia que va en esta senda de contar la realidad de los márgenes. Entre los libros que me influenciaron para escribir Panza de burro está Papi, de Rita Indiana, que narra la infancia desde una perspectiva que me gusta mucho con toda su crueldad y su tristeza. También Conjunto vacío, de Verónica Gerber Bicecci, que es un libro muy diferente en el que juega con la micronarrativa. La perra, de Pilar Quintana, que es un libro que tiene una estructura muy bien hecha y me ayudó mucho con la estructura de Panza de burro. Hay también en Canarias un autor que me ha influenciado mucho, que es Víctor Ramírez, en lo que respecta a reflejar la oralidad de los barrios rurales de Canarias. Él siempre ha estado en esa senda y me ayudó muchísimo. Siempre que empezaba a escribir Panza de burro acudía a sus libros y volvía a releerlo y releerlo para quedarme con esa sensación de escribir desde lo oral. Necesito escuchar música o leer a Víctor Ramírez para tener un arranque. Estamos acostumbrados a escribir de una forma demasiado académica. Acudir a lo oral a veces es complicado. Ahora me he acostumbrado gracias a Panza de burro, pero al principio me costaba”.

-¿En qué momento te llega un personaje como Isora?
“Isora ha estado toda la vida en mi cabeza. Es un personaje muy ficcionado, pero está basado en una experiencia que yo tuve en la infancia. La relación que esas dos niñas del libro tienen está basada en una relación que yo tuve y la llevo contando toda mi vida. Me di cuenta de que si seguía tirando del hilo de la realidad podía tener una ficción interesante, porque cuando contaba esas historias la gente o se sorprendía de las cosas tan extrañas que hacía o directamente se reía, porque eran cosas muy absurdas o se asustaban porque viví cosas que realmente eran para asustarse. Lo que dije es que si interesa a nivel oral voy a llevarlo a lo escrito con una parte ficcionada mucho más exagerada. Al final escribir es como mentir. Panza de burro es una especie de exageración de mi vida. Al final los personajes no tienen nada que ver con mi vida real. Incluso la protagonista, que en un principio estaba basada en mis vivencias, se alejó tanto de mí que la considero una persona que no conozco. Los personajes han tomado una vida propia. Isora tomó forma cuando empecé a escribir Panza de burro, es la hipérbole de esa amiga que tuve en la infancia”.

– ¿Has pensado retratar lo que está pasando ahora?
“Me cuesta mucho hablar del momento que estoy viviendo. Como que no tengo perspectiva, a veces me cuesta definir cómo me siento en mi vida a día de hoy. No soy capaz de integrar una historia sobre la pandemia. Empecé a escribir cuando empezó todo lo de la pandemia una columna de opinión en Alegando sobre cómo me sentía y me di cuenta de que en realidad no tenía perspectiva suficiente. No soy capaz de hablar del momento actual. Necesito distancia para aportar lucidez. Por eso suelo escribir sobre la infancia, porque creo que tengo la distancia adecuada para escribir sobre ello”.

-Además te han reeditado Primavera de sangre en Demipage.
“Sí, ya salió quedó superbonito. Es un fanzine que yo hice en 2017, porque yo siempre he tenido una relación muy complicada con el dolor menstrual. Se supone que tengo endometriosis, pero nunca me han dado un diagnóstico de verdad. No te dan seguimiento. No te dan soluciones. No te informan adecuadamente. Me sentía desamparada. No tenía compañía en la literatura y a nivel médico no tenía directamente, porque no sabían decirme qué era esto que me pasaba. Lo que hacían era normalizar mi dolor, “la regla duele”, y en realidad no es así. En esa época yo sentía la necesidad de crear una genealogía literaria de autoras que trataran el tema. Entonces empecé a investigar y preguntar a gente y me di cuenta de que había muchísimos poemas y textos que trataban eso, pero estaban bastante escondidos. Me apetecía tomar esa senda. De tratar algo propio. En realidad si escribí sobre eso fue por necesidad. Lo que sentía tenía que expresarlo. Finalmente fueron unos poemas y varios collage y unas fotos. Años después leí el texto Menstruación en el Festival de La Palma y ahí lo escuchó el editor de Demipage y le gustó

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