Tribuna

El pobrecito Frankenstein

Arrimadas escribe sobre salvar a Frankenstein o a España. No está mal la disyuntiva, lo que ocurre es que, por el momento, Frankenstein es factible aritméticamente, y de España existen tantas versiones de salvación como alternativas ideológicas hay sobre la mesa para darle salida a los problemas de la crisis. Cada una presenta sus soluciones […]

Arrimadas escribe sobre salvar a Frankenstein o a España. No está mal la disyuntiva, lo que ocurre es que, por el momento, Frankenstein es factible aritméticamente, y de España existen tantas versiones de salvación como alternativas ideológicas hay sobre la mesa para darle salida a los problemas de la crisis. Cada una presenta sus soluciones que, como siempre, serán acogidas por sus parroquias como las únicas posibles. Pero hay una realidad acuciante que no se arregla dando satisfacción a las exigencias de clase; al contrario, todos saben que eso empeoraría las cosas. Habla la presidenta de Ciudadanos de que el Gobierno se apoya en unos socios que presentan la ruptura en el horizonte inmediato de sus objetivos: la segregación territorial y la liquidación del régimen del 78. Los esfuerzos por captar el voto del radicalismo independentista catalán y vasco, por una parte, y las declaraciones de algunos miembros de la coalición sobre la Jefatura del Estado y los jueces, así lo indican. Frankenstein está hecho a trozos y sus costurones le otorgan un aspecto poco agradable a la vista. Solo una campaña de cambio estético forzado puede conseguir alterar esa impresión. A fuerza de repetirlo, se puede lograr establecer un nuevo canon de belleza para que lo feo sea admitido como el prototipo de lo deseable. Parece un disparate y un contrasentido, pero es así. ¿Qué es lo que ha ocurrido para que lleguemos a estos términos? En 1978 hicimos un gran pacto donde enterramos las diferencias ideológicas y pusimos al país por delante para crear un marco de convivencia en donde cupiéramos todos. Pasado el tiempo, el cemento que puede garantizar proyectos unitarios retorna a la dicotomía izquierdas derechas, que es de donde salimos hace cuarenta años. Se puede rechazar el independentismo, pero si es de izquierdas me vale; se puede abominar de un radicalismo que no condena acciones terroristas de lucha armada, pero si está en la casa común del progresismo no me provoca tanto rechazo; se puede recriminar a un régimen dictatorial y a quienes lo apoyan, pero si está encuadrado en el paraíso de los restos revolucionarios no nos parece tan mal. En el otro lado las cosas son iguales, y se justifican pactos con grupos ultras que defienden aspectos de segregación y exclusión inadmisibles en una sociedad moderna y democrática. Son los nostálgicos del peor tiempo. También en esa parte existe un Frankenstein armado con piezas de desecho, con la frente grapada porque dentro alberga varios cerebros que luchan por imponer su forma de pensar. Hay quien se esfuerza en convencernos de que se puede convivir con el monstruo, o, lo que es peor, que haya dos esperpentos asidos al garrote de la intransigencia golpeándose en medio de la plaza sin avergonzarse. Arrimadas dice que España saldría mejor parada si el proyecto para sacarla adelante estuviera basado en la lealtad a lo que tenemos y que nos ha funcionado tantos años; en la unificación en torno al constitucionalismo, retornando a los votos que fueron capaces de construir una etapa de progreso sosegado. Habla de una segunda oportunidad: el acuerdo presupuestario para rectificar lo que ella considera un error, construir una alternativa con una mayoría sacada a cachos de un cementerio. Me temo que esto va a ser imposible, a pesar de que coincida con el deseo de millones de españoles. Hay quien piensa que es mejor tenerlos cabreados que tranquilos. Así siempre habrá alguien al que echarle la culpa de la desgracia. Ahora estamos donde estamos y es absurdo llorar sobre la leche derramada. Las oportunidades pasaron y nadie fue capaz de subirse al tren de la moderación. Como decía Ramón Gómez de la Serna, hemos perdido el andén.