por quÉ no me callo

La limpiadora rusa y el pato rector

El caso de la limpiadora elegida alcaldesa en un pueblo ruso cobra especial interés, dada la confrontación política de la segunda ola de COVID. En medio de la gresca de la clase política española,24 horas a la greña, salta la noticia de esta mujer de la limpieza que se presentó de pega porque se lo pidió el anterior alcalde ante la falta de rival. Lo que iba a ser un paripé terminó siendo un volantazo en toda regla. Y así esta joven de 35 años pasó de la mopa al bastón de mando. Tomó posesión el jueves y tuvo que recibir un cursillo exprés de gobernanza, anticorrupción y gestión eficaz de bienes. En el pueblo viven unos 400 vecinos, pero este caso incide en un fenómeno que no es nuevo, el hartazgo. La foto de Marina Udgódskaya, la flamante alcaldesa de moda por su meteórica y metafórica ascensión desde el servicio de limpieza del Consistorio de Povalíjino (en la región de Kostromá, al noreste de Moscú), la ofrecimos en la edición de ayer. Porque es importante ponerle rostro a la noticia. El ya exalcalde, Nikolái Lóktev (de Rusia Unida, el partido de Putin), cayó humillado en las urnas, con el 34% de los votos frente al 61,7% de una oponente a la carta.

En el país que envenena a Navalny por desafiar al jefe de Estado y cuya influencia en la elección de Trump parece probada, no cabía pensar en esta clase de erratas en el sistema electoral. Marina Udgóskaya es fruto de un exceso de confianza. El alcalde se creyó Putin y se dio un patinazo. Necesitaba un adversario paniaguado y el escrutinio lo mandó a la papelera. La chica de la limpieza, ese día, no pasó a recoger la basura; estaba tomando posesión.

El máster de alcaldesa duró 48 horas. A la mujer que limpiaba el polvo de la sede municipal la enseñaron contrarreloj a limpiar el Ayuntamiento de casos de corrupción, entre otras asignaturas que incluyen bases de psicología, relaciones ínterpresupuestarías, comunicación, trabajo en equipo, resolución de conflictos y lecciones básicas de gobierno local. Un buen temario para que lo estudien también nuestros alcaldes. Quién sabe si este fenómeno pronto no va a resultar un caso anecdótico. La treintañera alcaldesa representa a un partido de los Pensionistas por la Justicia Social, lo cual tiene algo de oxímoron (de contradictorio), pero es posible que también esto se extienda y veamos candidatos jóvenes en nombre de sus abuelos y abuelas. Lo de políticos novatos puede crear tendencia y dar alas a ujieres y acomodadores (dos oficios extintos), pastores como don Nicomedes, el amigo de Chijeb (actividad rara por escasa), alguna de las valientes Kellys (el turismo cero fulminó también a las camareras de piso), etcétera.

Marina Udgóskaya, cuya primera decisión es hacer una piscina para que los niños puedan bañarse, sería, incluso, una justa premio Nobel de la Paz, para lo que ya ha sido nominada de extranjis por los periodistas de un diario moscovita. Esta mujer se ha ganado el cielo. No cabe mayor demostración depurativa de democracia que la de un hombre o mujer de la limpieza entrando a barrer una institución y haciéndose con el poder gracias a los votos de los ciudadanos. A Ayuso, la presidenta de Madrid, por lo visto, los suyos le están buscando recambio tras el rebote con Illa. Irene Montero, que fue cajera de supermercado siendo una empollona camino de Harvard, llegó a ministra. Corcuera fue electricista y ministro de Interior con González. Pero la rusa me recuerda a un pato. En la Universidad de La Laguna, en plena Transición, alguien presentó de coña a un ganso a las elecciones y salió elegido rector. Aunque el perdedor tomara posesión por razones obvias, sin poder evitar el mal trago.

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