tribuna

Pelé cumple 80 años y el mundo es un estadio vacío

En abril de 1981, cuando lo conocí, Pelé tenía 40 años, y han transcurrido otros tantos, acaba de cumplir 80, aislado en su fortín brasileño de Guarujá y cohibido por la pandemia y las secuelas de movilidad tras las operaciones de cadera que ha sufrido. Por las piernas de Edson Arantes do Nascimento -pensé entonces- ya no corren balones de fútbol, sino ríos de dinero. Ganaba una fortuna como supremo exjugador haciendo campañas publicitarias. Años después promocionó la Viagra de los laboratorios Pfizer, como Gorbachov hizo con Pizza Hut o la maleta de Louis Vuitton. Pelé había sido un balón de oxígeno que puso al planeta entero delante del televisor en sus mágicos mundiales de niño prodigio. Gorbachov, de cuya amabilidad en la distancia corta ya he escrito anteriormente, sucumbió a la publicidad para reflotar las arcas de su maltrecha fundación ecológica después de haber sido, también, un ídolo de masas y haber marcado un gol a la historia que alteró el desencuentro de la guerra fría. Hoy Pelé y Gorbachov, octogenario el uno y nonagenario el otro, son dos mitos de un mundo que ha saltado por los aires: el primero celebra su 80 cumpleaños cuando el fútbol se juega en estadios vacíos, y el segundo está a punto de cumplir 90 cuando Rusia ha perdido su glasnost y envenena a opositores como una dictadura. A Pelé lo traté en el 81 y a Gorbachov en el 89, ya dos estrellas mediáticas de la globalización antes de que Internet creara sus propios iconos propagandísticos de infinita menor trascendencia. Guardo la sensación de que ambos nos hacían felices y de que los cánones ahora son otros, siguen los pedestales pero ya no hay dioses.
El periódico El País me encomendó pasar un día entero con el futbolista inmortal, y una década más tarde recibí el encargo de seguir dos semanas al ruso como si marcara al hombre. Tenía para Pelé la última página del periódico, que a menudo es la más leída de los grandes diarios. Pelé era un poco más bajo que yo -guardo la foto en que posamos, él de impecable oscuro y corbata roja, yo barbado y con chamarra-, era afable y sonriente, íbamos de aquí para allá, según su agenda de negocios promocionando aparatos de sonido y entregando trofeos de fútbol-sala. Tenía un aire desenfadado que no era artificioso, dejaba que lo asediaran. Entrábamos en un pabellón deportivo y lo hacía como Pedro por su casa. Amaba la ovación. Era una leyenda viviente, hasta entonces el non plus ultra de la historia del balompié, solo lo tuteaba Cruyff . Hace 40 años, Pelé no tenía quien le hiciera sombra, ni cabía esperar un extraterrestre como Maradona (“barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?”, narró en el Estadio Azteca Víctor Hugo Morales), ni en el horizonte se tenían sospechas de las musas de Messi que estaban por llegar. Yo le iba preguntando sobre todo lo que se me ocurría, de la vida, del amor y hasta del sexo, pues estaba al corriente de sus debilidades, creo que acababa de conocer a Xuxa, y alguna confidencia me hizo que me comprometí a no publicar. Era firme partidario de tolerar el sexo en las concentraciones. A mí me había ganado Cruyff -que en una entrevista le dijo a Risto Mejide que su aportación al Barcelona había sido imprimir carácter ganador a un club “cobarde”- por su carismática alcurnia sobre el césped. Pero Pelé le quitó méritos y me dijo: “No triunfó en el Cosmos”, donde él lo era todo. “Cuando llegué al Cosmos -me contó henchido de orgullo- sólo había 7.000 aficionados. Hoy van a ver a su equipo 40.000 espectadores”. Y luego me consoló elogiando al holandés por su trayectoria en Europa. No, no le pregunté por Maradona porque estaba verde y Menotti no lo había llevado al Mundial del 78, que ganó con Videla en el poder. Era un pibe como Pedri y, salvo a Pelé, era como una herejía llevar a un niño a una selección. Pelé, O Rei, se sentía inexpugnable en su trono. Venía de Nueva York, donde impartía clases veraniegas de fútbol infantil. Había viajado tanto por el mundo que era un huésped desmemoriado. “No sabría decirte si estuve aquí alguna vez. Ya no sé distinguir los lugares por los que he pasado”. Estaba exhausto de gloria, como si a la celebridad se le agotaran las pilas y necesitara recargarlas para sentirse feliz. Por eso, creo, me contó las cosas que hacía, todas insignificantes comparadas con su carrera futbolística. A los 40 años competía con su propia fama. Ni ahora a los 80, recluido en su castillo, evita deprimirse sin poder caminar. Los recuerdos no le bastaban, sentía añoranza de volver a vivirlos, convencido de que no habría otro Pelé, como no hubo otro Chaplin, otro Sinatra, otro Beethoven ni otro Miguel Ángel, según ha repetido sin pudor.
“El fútbol no lo es todo en mi vida. Viajo, escribo, hago películas, invierto en negocios y compongo canciones”, me dijo como si eso acaso pudiera ser más importante que cuanto ya había conseguido en la vida. Sí, escribía libros y grababa discos irrelevantes para niños, mendigando atención por facetas menores, que nada le añadían. “Me considero mejor compositor que cantante”, llegó a decirme echándose flores que no necesitaba. Era como si Dios quisiera ser Pelé, porque no le bastara con ser Dios. “No tengo un gran estilo escribiendo. Narro lo que pienso y veo en los numerosos viajes que realizo por todo el mundo. Mis lecturas literarias se inclinan por los poetas portugueses”, remató sin mencionar ninguno en una falta de conciencia histórica de sí mismo, cuando yo memorizaba buena parte de su bibliografía milenaria de goles. En aquellos días, le preocupaban las misteriosas muertes de los niños negros de Atlanta, aún hoy sin esclarecer. “El mundo atraviesa grandes problemas y no se vislumbran soluciones”, me deslizó como si quisiera decir algo solemne.
Había empezado a ganar Mundiales con 17 años y sumó tres, y era padre de goles memorables como el de los cuatro sombreros. Ingenuo de mí, indagué en su ideología a propósito de una película de John Huston (Evasión o victoria) que se estrenaba entonces, en la que Pelé marcaba un gol que salvaba la vida a un grupo de presidiarios de un campo de concentración nazi. “A mí no me ha interesado nunca la política”, fue todo lo que le saqué. Pero nadie ha podido dejar de quererle y admirarle.

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