TRIBUNA

Discursos vacíos

Una de las cuestiones que ha puesto de manifiesto la crisis, primero sanitaria y posteriormente económica, es la enorme vulnerabilidad que vivimos en las Islas Canarias

Una de las cuestiones que ha puesto de manifiesto la crisis, primero sanitaria y posteriormente económica, es la enorme vulnerabilidad que vivimos en las Islas Canarias. Nuestra dependencia económica del exterior, particularmente pero no solo del turismo, genera situaciones indeseadas que no se atacan acertadamente con el fin de corregirlas. Vaya por delante que no se trata de restar capacidad a un turismo al que hay que reconocerle lo mucho que nos ha aportado y lo que deberá seguir aportando a nuestro bienestar. Más bien de conseguir que otros sectores ganen peso específico en la distribución de nuestro PIB regional.

Lo anterior no se consigue con discursos vacíos y proclamaciones rimbombantes por parte de políticos incapaces de ir más allá. Hace unos años, con ocasión de la Gran Recesión, fueron usuales las llamadas a mirar hacia el sector primario, intentar conseguir que personas que habían sido expulsadas del mercado laboral, encontraran una nueva oportunidad en el campo. El compromiso, por tanto, se mostraba como instrumental, el interés era solo rebajar cifras de desempleo inaceptables y abrir oportunidades en aquellos sectores que pudieran ofrecerlas. No era una convicción, tan solo una necesidad de quienes precisan votos como forma de garantizar sus futuros profesionales.

Nada de esto se ha conseguido, los problemas que existían entonces, siguen siendo los mismos que hoy sufrimos. Nuestra producción local sigue en guarismos muy lejanos de lo que pareciera razonable si se liberasen las capacidades de los canarios y para ello habría que poner en práctica ciertas ideas que no parecen sean del agrado de nuestra burocracia. No somos capaces de producir, no ya para la población flotante que nos visita, es que siquiera podemos abastecer a la local si el turismo desapareciese. No somos capaces de autoabastecernos, pero hay una ligera diferencia entre aceptar esa realidad y tirar la toalla sin pelear por alcanzar una importancia muy superior a la actual, existe mucho margen.

Habría que dignificar el trabajo en el campo, pero para ello primero habría que entender qué supone. Desde luego, esto no se consigue con subvenciones que tardar periodos larguísimos de tiempo en ser satisfechas. La ganadería, como la agricultura moderna, requiere tecnificación y apuesta por la inversión.

No pueden seguir esas grandes manifestaciones y luego, cuando se diseña un plan general, admitir terrenos para la ganadería intensiva con 10 mil metros cuadrados de los cuales solo 300 pueden ser construidos, insuficiente incluso para el resguardo de la maquinaria. El tipo de solución burocrática, que sobre el papel presenta un aspecto y la realidad, la que debe afrontar el empresario ganadero o agricultor que en nada se le parece.

Hay interés en hacerlo, nosotros mismos somos desde Graneros de Tenerife estamos comprometidos con ello, pero requerimos de certidumbre y seguridad jurídica porque no parece razonable realizar una inversión sin tener las garantías de que modificaciones posteriores la amenacen. Esto está ocurriendo y supone un desafío para los que ya estamos y un freno a los que desean venir, multinacionales que empiezan a creer en la potencialidad del kilómetro cero como un factor de diferenciación, de mejora de la oferta y de cualificación ambiental. Lo mismo que ocurre con las grandes superficies, que de consuno con sus clientes, son cada vez más sensibles a la posibilidad de evitar grandes desplazamientos de los productos que consumen aun pagando un precio un poco superior.

Son tiempos complejos, pero suponen todo un reto. Se puede apostar por el crecimiento y la mejora de Canarias, lo que requeriría campañas de sensibilización con la producción más ecológica, que los habitantes sepan lo que implica comer un producto elaborado en las Islas y no seguir sin conocer lo que se llevan a la boca cada vez que se compran productos de sitios alejados sin las mismas obligaciones sanitarias que las nuestras. Sin contar los efectos que tiene sobre el medio ambiente los largos desplazamientos que deben efectuar antes de aterrizar en una mesa canaria.

Si no se corrigen estas ineficiencias, estamos abocados a una paulatina desaparición que nos obligará a estar pendientes de los barcos que entren por los muelles para proveernos de alimentación. Siendo malo, peor todavía es la imagen de pueblos y caseríos del Archipiélago que se despoblarán ante la inminente ruina que provocará el abandono de sus campos. Estamos a tiempo pero, ¿querrán apostar de verdad?