tribuna

El año de la máscara, biografía de 2020

Este es el último domingo de 2020 y una de las últimas piezas que moveremos en este tablero de ajedrez. El día que empezamos a vacunarnos y a evacuarnos de un año de dígitos tramposos que llegaron como dos inocentes parejas de baile y acometieron este triste vals. Apenas restan cuatro días para poder echar el candado y hacer el correspondiente inventario, a sabiendas de que la moviola nos saturará de percances de un año bisiesto fiel a su mala fama de hundimientos ‘titánicos’ y hasta del caos de la Armada Invencible, un año cenizo que nos tocó los telenguendengues y se acaba, por fin, en diciembre, como todos los años, con un corte limpio de la implacable guillotina, otro invento, por cierto, de la saga del bis sexto. Requiescat in pace.
Estas imágenes pueden herir su sensibilidad, rezaría en la carátula del annus horribilis que inaugura la década como elefante en cacharrería. El libro que el DIARIO publica hoy, El año de la máscara, es una biografía de 2020 que congela la imagen de estos meses, cuyo tumultuoso pasado tiene el peso, o la pesadilla, de una losa, que solo la vacuna será capaz de quitarnos de encima. Cuando escribí estas 260 páginas, a partir del día de noviembre en que la vacuna se hizo realidad, había otro motivo para sentirnos felices. El triunfo de Joe Biden en las elecciones de Estados Unidos ese mes. Y acaso la combinación de las dos mejores noticias del año animaban lo suficiente para ponerse uno a escribir el recuento del cuento de estos días desdichados. Todos hemos vivido años buenos y años malos, y cada cual habla de la feria como le ha ido en ella. Pero esta vez estaríamos sin excepción de acuerdo en la definición, descripción e infamia del año, pronto, muerto. El año de la máscara. Recorro los pasajes de los meses sobrevividos, la mayor parte de ellos relativa a la pandemia, pero también aquellos otros que tuvieron lugar al margen o a pesar del virus, sin que falten episodios hasta cierto punto aliñados con buen humor en medio de la desgracia. Algo me aconsejó fingirme por momentos sobrevolando la realidad, como en un globo ubicuo, para contemplar a vista de pájaro los estragos de la epidemia, las ruinas de la economía y las ciudades desiertas. Era un campo de batalla, la guerra no era quimérica, sino real. Confieso que biografiar 2020, acaso un concepto desmesurado, no cura de espanto, ya estamos repuestos del susto, pero no del miedo, que permanecerá en nosotros cuando el virus se haya ido hasta el próximo invierno. El miedo es con la máscara la doble huella de la apariencia invisible de una especie de sigilo cruel que penetró hasta el tuétano del mundo. Este, concebido como un organismo vivo para hacer su semblanza, enfermo pulmonar del virus y mentalmente enfermo del pánico. Contar esto es sacarnos el tumor del miedo, extirparnos esa huella psicológica, pero como está tan adentro de nosotros se irá yendo lentamente, con dosis de otra vacuna que todavía no existe. La de hoy es la del virus. La del canguelo será cuestión de tiempo. Hablar y leer sobre lo que nos pasa y ha pasado ayudará algo, por puro desahogo. Si el libro contribuye a aliviar el espasmo, tendría cierta utilidad; si no, es un parte de guerra y eso basta.
Al abrir los ojos este domingo lo primero que tenemos que celebrar es la llegada de la vacuna. Las autoridades nos dijeron que sería un regalo de Navidad o de Reyes. Y así ha sido. Creo que es el mejor regalo que podíamos recibir en estas fiestas. Me alegra y conmueve que a nuestra gente mayor se le reserve el derecho a ser protegida con preferencia. Las palabras de Maggie, la nonagenaria inglesa que inauguró la vacuna de Pfizer en Coventry, “si yo puedo recibirla, usted también”, nos recuerda a nuestras madres, a nuestros padres, a los parientes ancianos que han estado expuestos a este bombardeo indefensos, sin escudo, sin búnker, y, en ocasiones, sin palabras de afecto. “Sácame de aquí, hay muchos muertos”, es uno de los testimonios familiares de las residencias que publicaba ayer El País. Ahora ellos tienen la oportunidad de cubrirse las espaldas con la vacuna para dormir tranquilos, a buen recaudo, a salvo de la fiera. El año se va con la máscara puesta; nosotros tardaremos en descubrirnos el rostro. Aún ausente, el virus seguirá siendo temido, hasta el día que podamos dar la cara, dar la mano, dar un abrazo y dar las gracias a otro año que nos saque la muela del año bisiesto.
Lo que en esas páginas denomino el síndrome de Flaubert, desde el primer capítulo, me ayudó a explicarme la falta de dioses como un imponderable que dimensionaba nuestra soledad. “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”, escribió Gustave Flaubert, un solitario convencido. Dos mil años después, estábamos en las mismas, en una era sin líderes ni mitos a los que encomendarnos, con Trump rampante y todas sus hijuelas de pésimos gobernantes regados por medio mundo, con amenazas incendiarias de misiles cruzando el cielo, con los bloques a la greña, con los rusos haciendo su guerra sucia, con las nostalgias fachas de Europa y los ingleses rompiendo amarras del continente…, en fin, jodidos con todas las letras. No existe clínicamente tal síndrome, pero me pareció adecuado al objeto de desenmascarar este año, buscando las claves del daño que nos había infligido. No sé si bastará para interpretar los hechos con cierta perspectiva, pero retrata cómo hemos estado: solos y sin patriarcas.
Fue en las postrimerías de 2020 cuando empezaron a suceder cosas, a aparecer síntomas de un cambio de época. Si Biden venció a Trump el año que este recibió más votos, algo me decía que los nuevos dioses empezaban a llegar a ocupar los escaños vacantes para dar otra normativa, otras leyes al curso de los acontecimientos venideros. Así que este es un libro que brinda por el futuro, desde un periódico que cumple ahora, cuando solo restan cuatro días para pasar página, nada menos que 130 años de existencia. Como buen centenario que atravesó el siglo de las guerras y venció en 2020 al virus de los periódicos de papel. Feliz año nuevo, ya en la orilla.

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