por qué no me callo

El toque y la quedada

El toque de queda de Tenerife es como un contrasentido, y lo cierto es que la isla está acojonada porque lo siguiente es el confinamiento. Como venimos desglosando en estas páginas, la impresión que existe en los círculos bien informados es que la pandemia no la ha cogido con Tenerife por manía. Fue la isla donde se expandió el temor a la primera ola en todo el país con la cuarentena del hotel del Sur, y aquí, bien por el desmadre carnavalero de aquel febrero premonitorio de calima antes que el coronavirus o por algún secreto supercontagiador asintomático que andaba pululando entre nosotros, lo cierto es que desde primera hora la estadística se ha dado gusto con los tinerfeños. Pero, junto al incivismo indiscutible de sectores de nuestra sociedad insular (no estigmaticemos solo a los jóvenes) cabe preguntarse por las demás causas encadenadas que explican este accidente.
En la ronda de consultas realizada ayer por este periódico, representantes empresariales, políticos y vecinales vienen a decir al Gobierno, de acuerdo, metan mano dura, pero pongan más rastreadores, refuercen los medios de vigilancia y control, desplieguen una campaña informativa que martillee la conciencia contra la fatiga social por la pandemia. El reclamo es de libro ante el oxímoron de una isla en alto riesgo dentro de un archipiélago donde remite el coronavirus. No se entiende. Es francamente chocante, que atenta contra la lógica epidemiológica (una isla en plena escalada y el resto gozando en zona mesetaria). En las actuales circunstancias, con la incidencia regional (siete islas, exceptuada la nuestra) en la buena senda, solo cabe atribuir el caso de Tenerife a un castigo bíblico, un enigma esotérico. Y no van por ahí los tiros. En estos diez meses de experiencia contra un enemigo escurridizo y sagaz que ha sabido esperar en la puerta a que la gente saliera de las casas en la desescalada para volver a la carga, hemos aprendido que la curva siempre se aplana con disciplina, método y eficacia. Esta última ha fracasado en Tenerife, no así en el resto de Canarias.
Una de dos, o el pueblo tinerfeño es mayoritariamente negacionista y ha decidido inmolarse en la inmunidad de rebaño a la buena de Dios, o la suma de distintos factores nos darían las respuestas acertadas. Para deshacer el misterio no cabe otra manera que auditar contrarreloj el comportamiento de la sociedad y el funcionamiento del protocolo oficial, a la vez. Diagnosticar la eficacia de los medios sanitarios y policiales, enumerar los efectivos destinados al rastreo y aislamiento de positivos y asintomáticos. Conocer el verdadero alcance de los contrafuegos. Testar las aglomeraciones en los centros comerciales. Verificar y multar las conductas incívicas como en los primeros días de la contraofensiva, cuando la incidencia acumulada era nefasta en toda Canarias y no solo en Tenerife. Y, por último, evitar las conclusiones simplistas de culpar al tinerfeño de pasividad en los cribados voluntarios, máxime si esos operativos no se organizan con la adecuada promoción y el convincente sello de la DGT. Si esto es una guerra, en Tenerife no lo parece. No hay una ofensiva que lo acredite.
Repito que el ciudadano es el que tiene la última palabra. Y suya es la responsabilidad de estar donde estamos. Pero el Estado no puede escudarse en el pasotismo de la gente, o pecará también de pasota. La misma intensidad sancionadora en Las Palmas de Gran Canaria sería deseable en Santa Cruz y La Laguna. El mismo celo, la misma diligencia en las PCR de los casos sospechosos. ¿Se actúa exactamente igual? En Tenerife te ordenan cuarentena (y al círculo de contactos correspondiente) hasta más ver, en que pasen por tu casa a hacer la prueba. Y pueden tardar más de una semana. Las quejas están contrastadas. En fin, no es nigromancia, sino puro razonamiento científico. Una supuesta isla a la deriva sin más no se sostiene. Eso es una quedada.

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