por quÉ no me callo

Los tres test de estrés

Los tres test de estrés que enfrentan las Islas son tres bombas capaces de generar una onda expansiva en toda la realidad canaria. Cada uno arrollaría al Archipiélago en condiciones de normalidad. Como confluyen en una tormenta perfecta y venimos de un año apocalíptico, solo cabe encogerse de hombros y soportar estoicamente lo que venga.
Los tres tristes tigres del año bisiesto son la pandemia, el turismo cero y la inmigración. Estas y todas las capas de la cebolla de 2020 lo hacen un año para llorar y en esto no cabe lavarse las manos y desentenderse. La pandemia se reveló enseguida como un supremo hándicap que nos superaba, donde no había otra alternativa que encerrarse, distanciarse, enmascararse y esperar a que llegara la vacuna. El cero turístico se impuso tozudamente, una y otra vez, amagando con crueles promesas de levantar vuelo (cuando no era Juana, era la hermana), ora por el veto inglés, ora por el alemán o por la dichosa prueba de antígenos. Y la oleada de pateras y cayucos convirtió el muelle de Arguineguín en un muro de la vergüenza a ojos de toda Europa (de cara a la pared en las islas de Europa).
Dadas las circunstancias, cada uno de estos test de estrés ha querido poner a prueba la capacidad de resistencia (ahora se abusa de la palabra resiliencia) de nuestra salud, economía y capacidad de acogida. Y juntos contienen una carga explosiva.
Estas horas son de innegable entusiasmo, después de meses de bajona. La vacuna inyecta un chorro de optimismo en la sociedad canaria, española e internacional. Viene a revertir la pandemia, pues al cabo de unos meses remitirán los contagios y hospitalizaciones, y los parámetros de medición del riesgo comenzarán a ser favorables. Todos miramos a junio como el mes de la inmunidad de rebaño (cuando el 70% de nuestra población haya sido vacunada), pero igual se adelantan los plazos, y una vez descorchados los viales de Pfizer empezarán a llegar las bandejas de Moderna y demás antídotos y la inmunización se acelera.
Están esperando por ello la salud y la economía. La vacuna cura a dos enfermos, a las víctimas potenciales del patógeno y al turismo cero. Y, siendo, como digo, optimistas, es plausible pensar que ambos, cogidos de la mano, saldrán adelante más temprano que tarde. Las bondades de esta crisis, la de los fondos Next Generation europeos, los ERTE y los ICO hacen albergar expectativas de una salida del túnel antes de lo previsto.
Pero la inmigración africana, el tercer test de estrés de Canarias que heredamos de este año, plantea imponderables que no dependen de la vacuna. Somos el puerto de paso para miles, centenares de miles de jóvenes magrebíes y subsaharianos que seguirán arriesgando la vida para dar el salto a Europa. Han muerto 600 inmigrantes en aguas de nuestro entorno en 2020. Como en la pandemia, las cifras son siempre engañosas y perseverantes. No hay tregua para la inmigración. Porque África siempre fue la diáspora del mundo y nosotros estamos en mitad de ese éxodo. Marruecos es una potencia emergente, que se rearma mientras España sigue en estado de shock, como vimos con las leyes marítimas que rompieron el statu quo de estas aguas. Tenemos ahí un problema de consecuencias imprevisibles.
Saldremos de la boca del lobo de la pandemia. Retornaremos a una estabilidad turística razonable a medio plazo. Pero dos millones doscientos mil canarios vivirán expuestos a situaciones sensibles en un área geoestratégica caliente en plena trashumancia humana. Factores que no son de nuestra competencia crearán el caldo de cultivo de conflictos que desemboquen en tiranteces sociales. El atisbo de racismo que se ha abortado a tiempo en Gran Canaria, en Mogán, por el momento, solo es la punta del iceberg.

TE RECOMENDAMOS