EL CHARCO HONDO

Cansino

Escribió Stefan Zweig -Encuentros con libros, recomendable- que la escritura puso fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual. Desde que existe el libro nadie está completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, y quien no conoce ni se sumerge […]

Escribió Stefan Zweig -Encuentros con libros, recomendable- que la escritura puso fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual. Desde que existe el libro nadie está completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, y quien no conoce ni se sumerge en los libros -dejó escrito el vienés- vive encerrado dentro de unos muros infranqueables, sordo a cualquier reclamo, ahogado en una brecha insalvable, llegando a conocer únicamente lo que llega por causalidad a sus ojos u oídos, aislado como lo están quienes, de regreso a los días que nos ha tocado vivir, mantienen con la opinión en contrario (con quienes piensan diferente) una relación semejante a la que tienen con los libros quienes no leen. Agua y aceite. Sordos. Ciegos. Impermeables a las experiencias o perspectivas de terceros. Incapaces de establecer vínculos entre unas miradas y otras, unos pensamientos u otros, renunciando así a contemplar el mundo con sensibilidades abiertas; volviendo a Zweig, cerrándose a la posibilidad de formarse una imagen soberbia de los acontecimientos. La relación con su tiempo de los actores que en nuestro país protagonizan la escena pública -no solo política, ojo- se asemeja a la que tienen con los libros quienes no saben o no quieren leer. Metidos en las burbujas que les construyen los guionistas, ni escuchan, ni atienden, ni les interesa, ni leen, ni ponen interés a lo que les llega de lo que queda o se respire al otro lado de argumentarios de hormigón. Pandemia. Asalto al Capitolio. Tormentas de nieve. Tanto da cuál sea lo que la actualidad les ponga en el plato, el pensamiento único se reduce a devolverla, golpear más duro, desgastar, disparar sin preguntar, sin profundizar, sin tender puentes, sin propiciar puntos de encuentro o consensos. Resulta cada vez más cansino que en Madrid los partidos se hayan abonado a la bronca como único recurso, apuntándose a las algaradas domésticas o extranjeras con automatismo, de oficio, por defecto. Con permiso del ensayista, biógrafo y novelista, cojo prestada una invitación suya – trasladándola de los libros a las responsabilidades públicas- para sugerir que a medida que crezca la intimidad de los dirigentes con la política profundicen en las distintas perspectivas que la realidad admite, en la opinión en contrario, y no solo en lo que les dictan sus relatores. Cansa. Agota verlos tirándose a diario los platos, las jeringuillas, los populismos, las bolas de nieve o lo que toque en cada momento.