tribuna

El látigo de la indiferencia

El problema no es solo la diferencia que nos desplaza de los ejes y las capitales del poder y la cultura (que nos pregunten a los canarios), sino, a su vez y a menudo sobre todo, la indiferencia, como acaba de alertar el papa desde la biblioteca del palacio apostólico

El problema no es solo la diferencia que nos desplaza de los ejes y las capitales del poder y la cultura (que nos pregunten a los canarios), sino, a su vez y a menudo sobre todo, la indiferencia, como acaba de alertar el papa desde la biblioteca del palacio apostólico. De ella se derivan muchos inconvenientes; venimos padeciendo una catástrofe global por esa causa precisamente. Si los gobernantes se hubieran mostrado receptivos, y no indiferentes, ante los continuos avisos de una inminente pandemia, quizá nos hubiéramos ahorrado un año protervo y lo que resta.

Frente a la indiferencia, conviene andarse con cuidado: donde las dan, las toman. Y el mundo de 2021 o se reconstruye con cooperación y solidaridad o no se levanta ni con las vacunas. La indiferencia mata, ha afirmado otras veces Francisco, que ahora hablaba con conciencia del infierno, como pocos papas antes que él, pues de dónde venimos si no, y alertaba del nuevo año como si pensara en el Evangelio de los meses sobrevividos, que no habremos dejado atrás si no cambiamos el chip de los valores vigentes en ese infausto contexto. ¿Ignoramos que el mundo de 2020 era el de los profetas de aquella bisutería de Trump, Putin y Jinping, con sus cánones vandálicos de desgobierno, destrucción y negacionismo climático? No todo está conseguido con la derrota del yonqui del tuit, ni Biden cayó del cielo, aplastó al virus y cabalga en el caballo blanco para salvar el planeta de los tres restantes jinetes del Apocalipsis. Es la indiferencia hacia el cambio climático y hacia las demás tribus la que nos puede arruinar ahora si no se detiene este reloj que en mala hora y empieza a marcar las horas como Dios manda.

De 2020 sabemos por las huellas dactilares del virus, por las pérdidas humanas, y por los casi dos mil ahogados de los cayucos y pateras en este paso fronterizo, que su signo no era otro que avanzar a degüello. Lo que nos compete en este umbral del año nuevo es gestionar las secuelas de la mala salud y la mala economía consiguientes. Y no empeorar el escrutinio, sentando las bases de un nuevo decálogo y manera de actuar. El clima, la inmigración, el retorno a los acuerdos de desarme y un modelo de paz que trascienda lo militar para reconciliar los sistemas de salud y prevención ante virus futuros y las bases de una ciencia global que depure al ser humano y nos conceda una civilización más justa. Hay tela para rato, tanto por hacer y deshacer, pues de ese reseteo se trata.

Existe un vértigo evidente de año de riguroso estreno, porque se han depositado demasiadas expectativas en 2021. Desconocemos si 2020 fue el año de la pandemia o el primer año de la pandemia. De momento, este es su aniversario. Hay meses, quizá un semestre, todavía por delante de los posibles embates de las olas del patógeno. En el caso de Canarias, se cuenta por barrios y después por Islas. Tenerife parecía el pandemónium de la COVID y con la relajación el foco regresa a Gran Canaria, a paso lento y progresivo. Pero el tsunami de otras olas ya no nos va a inundar. Se está hilando más fino en la estrategia de rastreo para abortar los brotes a tiempo. ¿Se le tiene cogida la medida al virus? No exactamente, pero un año de mili se nota. Esta guerra de guerrillas nos ha llevado meses de avances y retrocesos, y estamos en condiciones de quemar los últimos cartuchos, porque ya están aquí las vacunas y nos sentimos, por primera vez, con la moral que aporta la llegada de los refuerzos.

El problema, decíamos, es la indiferencia. La ha habido con unas cuantas asignaturas pendientes de primero de civilización. La revista Time acaba de designar La niña del año a una quinceañera del estado de Colorado, Gitanjali Rao, científica e inventora, que lucha contra el acoso y la contaminación. En nuestro ámbito, al margen del virus, actuamos con escepticismo, no ya solo con respecto al medioambiente y el cambio climático, sino en relación con cuestiones más puntuales que nos atañen por historia o proximidad, como todo lo relativo a África: la inmigración, el racismo, el afán expansionista marroquí… Desde siempre, en las Islas se ha actuado como si África no existiera, la non trubada, cual San Borondón. Y los cayucos y pateras son recibidos con un sortilegio como si aparecieran entre las tinieblas y no de un continente que está ahí a lado. Nos negamos a creer en la vecindad de África, y de esa calima viene esta indiferencia. Marruecos ha puesto la directa y las cartas boca arriba, diciendo lo que quiere, qué busca al sur de Canarias, y hace ostentación del adueñamiento del Sáhara y sus caladeros. España sigue missing en África y evita malquistarse con Rabat. Tenerife vio en vísperas de Navidad cruzar el cielo a dos cazas exasperados, encargados de defendernos desde Gando de cualquier amenaza en esta región, pero en materia de aviación militar, en breve, los nuestros serán juguetes ante la flota de que se dota Mohamed VI. La lógica marroquí no es otra que pertrecharse con ayuda de Estados Unidos por lo que pueda suceder. Para España todos sus problemas aquí abajo se terminan en Gibraltar, como acabamos de comprobar con el brexit.

La indiferencia es nuestra verdadera enemiga. No podemos tener indiferencia con lo que nos espera. Vienen el paro y la crisis económica, como sabemos de sobra. Y se debe evitar la sangría de miles de trabajadores engrosando las listas de desempleo. El Gobierno tiene la obligación de adelantarse a los efectos perversos de la economía, al tiempo que despliega toda la artillería de vacunas. En esa doble dirección reside el optimismo que irradia el año recién nacido. En que hay vacunas y Presupuestos aprobados, garantes unas y otros de defensas y estabilidad. Pero el Estado ha de mantener abierto el paraguas de los ERTE y los ICO, o una cascada de cierres empresariales y despidos devendría en otra pandemia sin vacuna que la remedie.

Los deseos del nuevo año se reducen a unas pocas demandas previsibles que hacen de la carta a los Reyes Magos una misiva universal de los deseos humanos de salud. Creer en el futuro no es creer en papá Bruselas a los efectos del talón que nos extienda Ursula von der Leyen procedente de los generosos fondos Next Generation. Es, en puridad, creer en nosotros mismos, que venimos de tener los hoteles vacíos y los comercios y restaurantes en estado de desnutrición. Es, por tanto, saber cómo y cuándo nos ponemos en pie en 2021, sin diferencia de Islas, y sin indiferencia de ninguna clase.

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